La cuestión es moverse | Futbol en contra de todo: la pasión turca, por Fernanda Piña

Nunca le digo que no a una buena plática sobre futbol, ni siquiera a una potencial, las busco y muchas veces acabo por provocarlas. Eso pasó un día de octubre cuando estaba de viaje en Estambul y entré a un restaurante que mantenía una sutil pero constante decoración alusiva al club de futbol Beşiktaş. Pregunté a un mesero cuál era la clave del WiFi del lugar y me escribió karakartal en un papelito, en referencia al apodo de dicho equipo, las águilas negras, que pronto aprendí que en turco se dice kara kartal. Traté de hablar más con él, para saber cómo se vivía el futbol en su país, pues a fin de cuentas una de las cosas que más me motivaban de viajar a Turquía era ver sí los rumores de que la afición por el futbol por allá es desbordada eran ciertos. A pesar de las barreras del lenguaje, resultó una breve pero fructífera conversación a partir de la pregunta “¿cuál es el mejor equipo de futbol de Turquía?”, “Beşiktaş, sin dudas”, me contestó y me contó que con frecuencia iba al estadio con su hija pequeña, me mostró fotos de ambos en las gradas y me dio puntuales indicaciones para llegar al Vodafone Park, casa de las águilas negras, desde el restaurante.

La ciudad de Estambul cuenta con tres grandes equipos de futbol: Galatasaray y Beşiktaş, del lado europeo del Bósforo, y Fenerbahçe, del lado asiático, que protagonizan férreos encuentros y tapizan las calles de la urbe con sus colores en una constante competencia por acaparar el mayor espacio posible. En los pasillos del Gran Bazar, uno de los mercados más grandes del mundo, luce colgada la piratería de diversas calidades alusiva a los tres grandes, mientras miles de turistas y locales navegan entre bufandas, jerseys y sudaderas, siendo hostigados por insistentes vendedores a los que, al parecer, la necesidad los ha obligado a saber a la perfección los idiomas más comunes entre su potencial clientela. “Pasa a ver, todo barato”, “¿Mexicanos? Aquí hay buen precio para mexicanos”, nos abordan desde todas partes. Lo confirmo, el futbol es cosa seria en Turquía. Hasta es atractivo turístico.

Hasta ese momento, todos los caminos me llevaban al Beşiktaş: unos meses antes del viaje había visto un programa documental que mencionaba a los aficionados del club albinegro, en Estambul entré a aquel restaurante por casualidad y el estadio más cercano al hotel en el que nos hospedábamos era el Vodafone Park, al que se podía llegar sin confusiones por medio del tranvía. Mi afición por el Beşiktaş estaba destinada a ocurrir y yo no tenía ninguna duda de ello.

En un día de partido recorrí las inmediaciones del estadio, que se ubica prácticamente a un lado de una mezquita no muy grande (en realidad todo en Estambul está a lado de una mezquita, hasta las otras mezquitas), lo que permite que el llamado al rezo musulmán retumbre y acompañe a los asistentes en su camino hacia su asiento, y entré a la tienda para comprarme el jersey, pues a esas altura ya comenzaba a sentir mucha simpatía por el equipo y, posteriormente, le tomé fascinación a su barra, Çarşı.

Çarşı es un grupo de aficionados de Beşiktaş que surgió en 1982 a raíz de sus reuniones en el mercado local, conocido precisamente como Çarşı, antes de cada partido. Se definen como anarquistas, antifascistas, antisexistas y ecologistas. La frase con la que se identifican es “Çarşı está en contra de todo” y se caracterizan por ser un grupo de choque, sobre todo ante el gobierno actual de Recep Tayyip Erdoğan, quien prácticamente representa todo lo contrario a la ideología del grupo, al ser representado como un dirigente intolerante hacia la diversidad y con nula conciencia ambiental.

A diferencia de las barras de futbol en México, que para el imaginario colectivo no representan grupos de influencia sociopolítica considerable, Çarşı ha protagonizado un sinnúmero de protestas civiles inclinadas hacia la izquierda política. Se opuso, en asociación con Greenpeace, al posible establecimiento de una planta nuclear y se manifestó en contra de los ataques que su nación mandaba a Siria. Junto con otras barras, consideradas rivales, como las de Galatasaray y Fenerbahçe, ha conformado un grupo opositor poderoso, dado el contexto en el que se encuentra el país, en una muestra de que cuando ocurre un suceso que trasciende a los aficionados, estos pueden olvidar sus preferencias futbolísticas en beneficio de la unión social.

El futbol moderno ha mantenido a sus aficionados más románticos en resistencia. El gasto millonario en refuerzos que hacen los grandes clubes de Europa y los nuevos estadios, nombrados a partir de grandes marcas (como el Vodafone Park, que alude a una gran empresa de telefonía móvil), cuyas butacas cada vez son menos accesibles para la clase trabajadora, hacen que cada día sea más complicado que un grupo de aficionados que se denomina anarquista pueda mantener una coherencia en su discurso. Y por supuesto que nadie la mantiene si se inserta en uno de los negocios más lucrativos en la historia de la humanidad.

El caso de Çarşı quizá sea ejemplar más que nada por la situación de marcada opresión a grupos minoritarios que se desarrolla en su país, pero a su vez me recuerda el emblemático caso de la afición del St. Pauli, equipo de Hamburgo que juega en la segunda división alemana. El St. Pauli es probablemente el equipo que más promulga una ideología que parte de la inclusión y se acerca a los movimientos contraculturales de izquierda que han permeado la historia de Alemania. El club mismo ha implementado acciones para combatir el racismo, cuidar el medio ambiente e integrar a la comunidad a través de valores como el respeto, la tolerancia y la empatía. Además, sus aficionados han respaldado a Çarşı al pronunciarse en contra de las ofensivas turcas en Siria.

Quizá el Beşiktaş, como club deportivo, no hace explícita una postura política; sin embargo, sus aficionados (o un buen número de ellos) se encargan de darle una identidad a la institución, a pesar de que se maneje como cualquier equipo grande de Europa en términos lucrativos. Hace fuertes inversiones en fichajes, posee una enorme tienda de productos oficiales dentro de su estadio, ofrece tours para conocer el recinto y los trofeos de sus vitrinas y tiene otras tiendas en centros comerciales de la ciudad. No obstante, en sus tribunas destacan los gritos de libertad e inclusión de la diversidad.

A veces me resulta complicado relacionar a algunas barras con las cuestiones meramente futbolísticas porque pareciera que la Çarşı y el Beşiktaş no tienen tanto que ver, sino que el equipo de futbol ha servido como simple pretexto para organizar grupos de choque dentro de la sociedad turca. Sin embargo, la desbordada pasión por sus águilas negras, ha llevado a algunos aficionados a practicar el hooliganismo y protagonizar campales con aficiones de equipos rivales.

En muchas ocasiones, a lo largo de la historia, el futbol se ha convertido en un lugar sin ley, en una industria tan poderosa que no permite pérdidas económicas a pesar de que en las gradas prevalezcan actos discriminatorios y agresiones que fuera de los estadios podrían ser duramente castigadas, pero dentro de ellos no reciben sanción alguna. En la mayoría de los casos, esto resulta tremendamente perjudicial para los románticos del futbol y para los aficionados del mundo, quienes han dejado de concebir los estadios de futbol como sitios seguros de entretenimiento familiar. Çarşı, por otro lado, ha sabido aprovechar la impunidad que el futbol mantiene como modelo de negocios para alzar la voz con respecto a la represión fomentada por Recep Tayyip Erdoğan en Turquía. A pesar de esto, muchos de sus miembros han sido detenidos en numerosas ocasiones, durante protestas y enfrentamientos civiles. No obstante, la presión internacional que solo el futbol puede generar ha sido un factor clave para que la Çarşı continúe siendo uno de los grupos opositores más incómodos para el gobierno de Erdoğan.

El Beşiktaş no me conquistó por sus jugadores (basta con recordar que entre sus filas está el portero alemán Loris Karius, famoso por sus groseros errores en la final de la Champions League 2018, para desmotivar la afición de cualquiera), sino porque posee una de las aficiones que más resistencia han impuesto al voraz negocio del futbol actual mediante una ideología en la que predomina la armonía de la comunidad, trata a todos como iguales y se preocupa por reducir su impacto ambiental. Cuando la pasión ya no tiene cabida en la industria, es momento de fomentar el odio eterno al futbol moderno.

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