Rosario Castellanos o el fervor crepuscular, por Eduardo H. González

La literatura —y en especial la poesía—, como condición inequívoca del lenguaje que refleja la belleza y la fealdad, lo sutil y lo férreo, lo descarnado del hombre y la mujer ante la expectativa de convivencia entre iguales, trasciende, como toda disciplina del arte, al mismo creador. Dicha acotación proviene del compromiso adquirido al resguardo de la vida misma, de la tortuosa espiga ardiendo en la consciencia del (la) poeta; quien, en una aspiración de manifestarse desmedidamente (afirmación que no intenta denostar el acto creador), intuye y construye, se lacera reconfortándose, muere cotidianamente para renacer en el poema, ambiciona la lejanía de los sentimientos devastadores, confluye en un abismo escritural (lo mismo que potestativo) donde la ruina emocional está asolando su sutil transitar.

Una vez trascendido el creador, la obra adquiere matices en los cuales se reconocen diversos actores sociales. Ante tal circunstancia Carlos Fuentes afirma que “La fusión de moral y estética tiende a producir una literatura crítica”; conviene añadir que la Ética no puede soslayarse, ya que complementa de manera trascendental lo anterior. Ética en sentido de establecer la delación, es decir, no permanecer ajenos al contexto tortuoso es la consigna. Dicho talante encarna en la plena convicción de la evidencia, los excesos son el objetivo a transparentar, los cuales han sufrido históricamente los grupos minoritarios y, por lo mismo, oprimidos o ignorados (incluidos el y la poeta); particularmente aludimos a los indígenas. Por ello, referir a la señal (voz, esencia y personalidad) trascendida en la denuncia de los excesos provenientes del ser “racional” es referirse a una poeta merecedora de la relectura y el amparo de los creadores ostensiblemente contrarios a la descomposición social: Rosario Castellanos (México, 1925–1974). Poeta yuxtapuesta al sendero por el cual transita el hombre en pleno desconocimiento de su estancia en este universo (lo que también es una denuncia). Poeta en vertiente casi uni/temática y, por ende, fehaciente.

Decir que la imputación vertida por Rosario Castellanos va más allá de consentir al oprimido no es de ninguna manera un discurso consolador por el cual la poeta, en función banalmente consoladora respecto del que sufre, intente mitigar engañosamente su padecimiento, tampoco es un alegato panfletario a través del cual la inteligencia se transforma en un intento protervo de lucimiento. Es fehaciente porque emana del sufrimiento de quien la manifiesta. Rosario Castellanos padeció en sí misma la marginación y el sometimiento desde el momento en que, dolorosamente, no se concebía como parte significativa de la vida. Así, cuando se le cuestiona respecto a su labor como poeta (interrogante extendida a su plano como ser humano), denota que la poesía es una tentativa de “ser y existir”. Penetrante afirma: “Escribo porque yo, un día, adolescente,/ me incliné ante un espejo y no había nadie . . .”. 

Ya en estos versos se distingue al ser marginado que, al no hallar acomodo entre sus contiguos, ni dentro de sí misma, busca afanosamente una forma de entendimiento. Vía nada accesible, al menos no de manera inmediata. Debe bregar contra la hecatombe de sus pasos. Así, inmolada en su transitar cotidiano, nace en el verso fulgurante, en el crepúsculo ciñendo sus poros con la aflicción abrumadora. Nada paradójico lo anterior, puesto que se vislumbra en Rosario Castellanos una fuerte descarga emocional, seguramente como la que sienten los indígenas a quienes salvaguarda por medio de su obra. Sin embargo, lo tortuoso del peregrinaje es manifestación de sufrimiento, es, a la vez, vivir en “La edad de la inocencia/ y el misterio”.

Esta aparente ingenuidad no es otra cosa que la querella contra la congoja existencial, la cual deviene entre argumentos bien evidentes: la indiferencia, el sojuzgamiento, la laceria espiritual, la soledad en que, más que adolecer de la compañía del otro, se adolece de la ausencia de sí mismo. Dichas privativas nos permiten entender que, a la manera de Edgar Allan Poe, Rosario Castellanos sabía perfectamente lo que deseaba transmitir y por ello puntualizaba su aspiración al comunicarse con sus contiguos a través de la incitación creadora. No olvidemos que dentro de las premisas del poeta estadounidense figuraba la certeza como medio de acceder a la transmisión del sentido poético. Dice Poe “Mi pensamiento se concentró en la elección de la impresión, o sea del efecto que debía comunicar”.

Rosario Castellanos lo sabía, su misión era “exponer/se” y al hacerlo causaba un efecto con distintas percepciones: la que juzgaba su trabajo escritural como simplista, la que consideraba la obra como símbolo pagano y  digno de ser sacrificado con el olvido, la que se reconfortaba al leer cada verso y hallándose en cada uno de ellos se sentía diligente respecto a la creación de sentimientos empáticos y los que aceptan que la literatura sin tapujos ni manierismos es, en realidad, el acaecimiento de una gran voluntad. Se reconoce el desiderátum de la poeta como una búsqueda del solio supremo del creador y como la codiciada declaración del yo ambivalente (externo e interno) procurándose un orden supremo, es afirmar que “La soledad . . . me espera/ en el fondo de todos los espejos . . .”.

Al aceptar la analogía soledad/caudal-de-excitaciones se sobreentiende el génesis del desahogo, se acepta también al páramo donde cederán, por fin, los impulsos de la creadora. El espejo en que concluirán todos los deseos es la pulsación diaria, el perdurable momento intentando la devastación de la voluntad.

Seguramente, los “conocedores” de la literatura de “altos vuelos” critican —con pretensión provecta— la obra de Rosario Castellanos, intentando denostar la sencillez acontecida en sus versos. Acto erróneo, porque sustentan su versión aludiendo a la afirmación: el desdoro al cual se sometía era una forma plañidera de buscar la atención de los ajenos. Nada más desatinado, pues si algo define el sino creador, el leitmotiv del quehacer literario de la poeta, es realmente la congoja aprisionando permanentemente a todos los seres sensibles. La congoja que es poesía puede definirse en causalidades extremas, mas insoslayables: acercamiento para estar alejados… compañía para estar solos.

Elena Poniatowska asevera que la sencillez encontrada en la obra de Rosario Castellanos “semeja la comida casera”. Esta sencillez encontrada bajo el techo acogedor del hogar es, en realidad, lo que nos hace entendernos vivos, lo que nos da la posibilidad de habitar la estancia en que lo reconocible está al alcance de nuestra mirada. Rosario Castellanos se pronunciaba en demasía sencilla, sí, pero no solo para decirse, sino para escudriñarse dolorosamente. La naturaleza de sus versos es una muestra de real finitud. No postrera, sí palpable: “Este cuerpo que ha sido/ mi albergue, mi prisión, mi hospital, es mi tumba”.

Estos versos —sencillísimos— reflejan el boato de la poesía natural, ¿o acaso la consciencia del finiquito no lo es? Rosario Castellanos, en otra de sus “aceptaciones”, manifiesta ser la mujer abarcando todas las decrepitudes de la mujer: la señora con título de alargada espera; la casada que por acta certificada y fiesta de inconformidad asume el acto de la penetración; la soltera adoleciendo de virginidad porque ha experimentado desde niña la inquietud de saber que es mejor ser una puta con recuerdos que una vieja con el cofre de la memoria vacío; la divorciada calmando su histeria con el trance carnal; la mujer que se abstiene frente a las murmuraciones y se consuela “derramándose” a solas, sofocada por no contar con la anuencia de su confesor; la lesbiana compartiendo la burla de que es objeto, con la decisión de arrojar a la basura a “los indispensables”, y la señorita consintiendo lo mismo al borracho que al mujeriego, segura de redimirlos con su paciencia a prueba de todo.

La vituperación hecha por Rosario Castellanos contra sí misma no es otra cosa que la “denuncia” de la mojigatería social de sus iguales, mayestática forma de evidenciar lo que otras jamás aceptarían. Rosario Castellanos no tiene tapujos para agredirse como medio de enfatizar la moralina circundante. No obstante, al hacerlo grita su desconsuelo, el camino tortuoso que le ha correspondido transitar.

Aun con las muestras de desconcierto, la poesía de Rosario Castellanos es el vínculo con la supremacía que no sabía —o no quiso admitir— existía en ella. Encarna al contexto por medio de la poesía, el lenguaje mortuorio la redime para acaecer en el fin que sabe le pergeña desde su nacimiento: “Sobre el cadáver de una mujer/ estoy creciendo . . . con la tristeza/ pétrea del ángel funerario”.

Cuánta razón cabe en quienes afirman que Rosario Castellanos vivió para “desensolemnizarse”, concibiendo en su poética no la presuntuosa estancia del erudito, sino, como dijera Jaime Sabines, “El puente que une a dos islas solitarias”. Isla ella y la soledad, isla ella y el avasallamiento del poderoso sobre el oprimido, isla ella y la perspectiva de “ser”. Comparsa de la súplica inequívoca y franca es Rosario Castellanos, es la poesía oteando el derrumbamiento vehemente, parto y funeral a un instante. Rosario silenciosa y fúrica; aporía inmarcesible concurriendo en versos cadenciosos, fraternales y denunciantes; mujer bajo el estro crepuscular, signa con él la promesa pálida. Rosario latente y suplicante ante el testimonio del epitafio sonoro.

Rosario exegeta, postrada rogativa, abrasante poeta dilucidando la finitud: “Cuando yo muera dadme la muerte que me falta/ y no me recordéis./ No repitáis mi nombre hasta que el aire/ sea transparente otra vez . . .”.

 

[Imagen tomada de https://bit.ly/380yUQG%5D

 


ehg

Eduardo H. González (México, D. F., 1975). Ha publicado poesía, cuento y ensayo literario en EE. UU., Chile, Argentina, España y México. Ha sido incluido en diversos números de las revistas OpciónMolino de Letras y Castálida, así como en la Antología de narrativa Los muertos no cuentan cuentos (2014). Publicó, como compilador, La tibieza de la melancolía: Varia poética (2016), en la que convoca a varios poetas mexicanos. Asimismo publicó El jardín de las epifanías: Ensayos Literarios (2017). Es director del Programa Literario Que no callen los poetas: Palabras por la Fraternidad. Actualmente se dedica a la docencia e imparte talleres de creación literaria.

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