Cuento | Extraña, por Julieta Troitiño

Algo pasó. Ya no era la misma de siempre. Algo cambió en su expresión y en su forma de actuar. De un día para el otro era como estar hablando con otra persona totalmente desconocida. Le pregunté si estaba bién, pero evadía todas mis preguntas. Mi amiga me lo hubiera dicho. Me hubiera contado si algo le hubiera pasado. La conocía más que a mí misma. Pero ahora no hablaba. Estaba completamente distante, fría. Como si quisiera alejarse de mí, como si la estuviera molestando. Me dolía su actitud. Más de lo que podía soportar. No lo entendía, pero si eso era lo que quería, bueno, entonces me iría. Llegué a mi casa con sentimientos encontrados. Me pasé toda la noche pensando por qué Sara me trató así, intenté llamarla varias veces, pero no me atreví: estaba demasiado dolida para hacerlo.

Al otro día, al levantarme, mis padres recibieron una llamada, era la madre de Sara. Creo que fue la peor noticia que tuve en toda mi vida. Les contó que habían encontrado muerta a Sara en la entrada de su casa a eso de las seis de la mañana, con signos de haber sido apuñalada varias veces. Cuando me lo dijeron me quedé en shock. Me fui corriendo a mi habitación y me encerré. No podía ser, no lo podía entender. ¿Quién sería capaz de hacer algo así? ¿Quién podría querer hacerle daño a Sara? ¿Por qué? ¿Cómo? Eran todas preguntas que daban vueltas y vueltas en mi cabeza. Me largué a llorar. Pero de golpe me compuse y pensé que no podía ser cierto, tenía que verlo con mis propios ojos. Así que me dirigí a la casa de Sara, al llegar dejé mi bicicleta tirada a un costado y me fui acercando lentamente a la entrada. Pero lo ví, sí, la entrada estaba llena de sangre. Manchas en la puerta, en los escalones, era una verdadera escena dantesca. Pero no pude ver el cuerpo de Sara. No había ninguna ambulancia allí, calculé que ya se lo habrían llevado. Pero yo necesitaba verlo, solo podía estar segura de su muerte teniendo ante mis ojos su cadáver.

Agarré mi bicicleta con rumbo al hospital. Una vez allí pregunté por Sara, pero nadie supo darme ninguna información útil. Me pareció muy raro no ver a sus padres allí, no había ningún familiar presente. ¿Por qué? No lo entendía. Me quedé toda la tarde sentada en la sala de espera del hospital esperando verlos o a algún pariente entrar o salir, pero nada.

Resignada y con una sensación extraña decidí regresar a casa a esperar la invitación al funeral. Pero pasó más de una semana y no llegó ninguna invitación. No hubo ningún funeral.Todo estaba tomando un matiz cada vez más desconcertante. No podía entender qué era lo que estaba pasando. ¿Dónde estaba mi amiga? Necesitaba verla, decirle lo mucho que la extrañaba y cuánto sentía la horrible actitud que tuve con ella el último día que la vi. Quisiera que me explique qué fue lo que le sucedió, quizás hubiera podido ayudarla. Pero ahora ya era demasiado tarde.

Regresé a su casa, necesitaba hablar con sus padres. Al llegar, abrí la puerta desesperada, tenía un juego de llaves que me había dado Sara. Al entrar ví a su madre en la cocina, quien me recibió amablemente. Su conducta me descolocó. Habían perdido a su hija tan solo unos días atrás, pero no se les veía para nada afectados, incluso parecía que estaban de buen humor. Me ofrecieron un café, pero no quise. Estaba furiosa. Rápidamente subí corriendo las escaleras a su habitación sin pedir permiso. Abrí la puerta. La habitación estaba intacta, de hecho parecía que Sara hubiera dormido ahí la noche anterior. Su cama deshecha y arrugada, su ropa tirada, todo estaba como siempre, como si ella siguiera con vida. La ira en mi interior se hizo insostenible. Algo raro estaba pasando. ¿Acaso no se daban cuenta de que su propia hija estaba muerta? Muerta y enterrada. Bueno, ahora lo iban a notar.

Busqué en mis bolsillos mi encendedor y mi paquete de cigarrillos, prendí uno y lo tiré a la cama, prendí fuego a las cortinas, a su ropa. Me quedé unos segundos observando cómo el fuego devoraba todo a su paso con una velocidad fascinante. Bajé las escaleras corriendo antes de que alguien pudiera reaccionar y me fui. A cinco cuadras se veía el humo negro e intenso que salía de la casa.

No sé por qué, pero ahora me sentía feliz, como si de alguna manera hubiese vengado la muerte de Sara. Agarré mi bicicleta y me fui, quería huir lo más lejos posible de ese infierno. Decidí encerrarme varias horas en mi lugar favorito de todos, la biblioteca.

—¡Hola, Lucía! ¿Cómo estás? Hace mucho tiempo que no venías por acá, estás inmensa, cómo pasa el tiempo… disculpá, pero no tenés muy buen aspecto, ¿está todo bien en casa?
—Eh… sí, sí, es que no me siento muy bien, pero ya se me irá a pasar, ¿podría quedarme acá leyendo un rato?
—¡Qué mal! Espero que te mejores pronto. Sí, por supuesto, pasá tranquila. Si necesitás algo avisame.
—¡Gracias! —exclamé.

Mientras me iba escuché a las bibliotecarias susurrar entre ellas en voz baja.
—Pobre niña, a veces su presencia me produce escalofríos…
—Sí, a mí también. —Asintió la segunda bibliotecaria—. Por eso no me extraña nada que esté tan sola, me pregunto si seguirá teniendo amigas imaginarias…

 


Julieta Troitiño (12 de octubre de 1991; Buenos Aires, Argentina). Nació y creció en la ciudad de Mar del Plata. Desde su infancia se apasiona por escribir y leer, aunque hace poco tiempo ha decidido comenzar a compartir sus escritos con otros. Actualmente participa en un taller de escritura creativa. Sus géneros favoritos son el suspenso y el thriller psicológico y su escritor favorito es Edgar Allan Poe.

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