Entre dioses, héroes y monstruos | Viaje al Infierno, por Luis Arturo Serna

Cada quien es heroína/héroe de su propia historia, cada quien tiene el potencial del cambio, de la transformación, de ser mejor, de convertirse en alguien superior a su yo anterior. Y ya que todos nos encontramos en un viaje heroico de transformación, cada quien tiene la capacidad de salir con victoria del mismo Infierno.

Un arquetipo universal en las mitologías es la de la figura del héroe, las razones son variadas y cada héroe representa elementos distintos, cada héroe tiene un viaje en el que sufre una transformación y establece o rompe el status quo a partir de sus aventuras. Las aventuras son, de nuevo, diversas como lo son las cosmovisiones a las que pertenecen y una de esas aventuras, que resulta en extremo llamativa, es la de la catabasis.

Catabasis es el viaje en descenso, el momento en el que la figura heroica por alguna razón viaja al Inframundo —Odiseo viajando al Hades, Horus a la Duat, Izanami al Yomi, Quetzalcóatl al Mictlán, Hunapuh e Ixbalamqué al Xibalbá—, sitio que recorre y por el que pasa diversas pruebas —Psique viaja con el propósito de obtener la belleza de Perséfone, Ra viaja para enfrentarse a Apofis—, para finalmente poder salir de esta tierra de muerte y seguir o concluir su viaje heroico.

Cada héroe debe viajar al Inframundo de alguna u otra manera, es algo esencial en su viaje. En ocasiones el descenso es simbólico y no literal, es decir que tienen un viaje a una frontera más allá de lo conocido donde reinan fuerzas ajenas al Orden —como Perseo llegando a la isla de Atlas después de decapitar a Medusa— o tienen un viaje a un subsuelo como una cueva, una caverna, un túnel —como Sigfrido viajando a la cueva entrada al reino de los Nubelungos para asesinar a Fafnir—, etc. El descenso no es necesariamente a la tierra de los muertos (actualmente las figuras heroicas en diversos medios narrativos tienen dichos viajes principalmente de manera simbólica solamente), pero el tener dicho sitio como principal lugar de viaje es algo míticamente común.

La importancia de esta odisea en los Infiernos radica en distintos puntos: ayuda a que los mortales que somos espectadores visuales o auditivos de ese pasaje heroico conozcamos cómo es la tierra de los muertos que nos espera, sepamos a dónde iremos si somos castigados, qué debemos atravesar, qué debemos evitar, qué comportamientos debemos realizar para evitar ir allí, etc.; sirve como un punto de unión de la vida y la muerte, donde el mortal accede a este sitio no permitido a los vivos para establecer una conexión entre ambas o, en ocasiones, aumentar ese punto entre el mundo, el inframundo y el supramundo (sitio donde descansan los dioses o fuerzas muy por encima de lo humano), provocando el comienzo u origen de algo.

Ejemplo de esto último podemos verlo con los semidioses gemelos mayas que van desde la tierra al Xibalbá para después convertirse en el Sol y la Luna (acceso al supramundo), permitiendo crear al tiempo y a la humanidad; también, con Izanami que de la tierra va al Yomi para después ascender al cielo y limpiarse de las impurezas del Infierno, dando nacimiento a Amaterasu, Tsukuyomi y Suusano, además de haber dado origen a la muerte.

Viajar al Infierno significa para la figura heroica enfrentarse a una prueba que parece insuperable, decidir salir es ir en contra de todo lo establecido por el orden natural de las cosas, lograrlo es aparentemente imposible, no obstante, si es digno lo hará. El viaje heroico siempre representa una trasformación de quien emprende dichas aventuras; sin embargo, independientemente de dicha transformación, aquella persona que logró descender y salir siempre sufrirá un cambio radical que le permitirá obtener algo deseado —Hércules al salir con Cerbero está a punto de completar las doce tareas—, poder culminar su causa —Horus obtiene ayuda de su padre Osiris para reclamar su legítimo puesto como faraón—, obtener una recompensa —Sigfrido se vuelve indestructible por la sangre de Fafnir— o salvar a alguien más.

Cada Inframundo comparte rasgos en común, una entrada, una salida, un guardián, una figura monárquica gobernando, fauna, flora y geografía mágica; sin embargo, como las figuras heroicas, cada Inframundo tendrá peculiaridades que los harán únicos sobre los demás sitios de muerte en otros panteones. Cada Inframundo es distinto. Cada catabasis, por extensión, también lo será.

Retomando con lo que abrí el texto, nos encontramos en un viaje heroico constante en nuestra historia, con nuestras propias aventuras, con nuestros propios objetivos y, sin duda, también tendremos nuestra propia catabasis. Nos enfrentaremos a un descenso al Inframundo, a un sitio de muerte aparentemente imposible de superar, donde la salida parece algo inalcanzable y el final parece inexistente.

Pero recordemos que en esos viajes siempre se va acompañado de un compañero psicopompo que nos ayudará a pasar las pruebas, aunque este no será siempre tan fácil de notar —Caronte, un xolo, Anubis, un hermano—; que en ese viaje podemos detenernos a observar el sitio que estamos atravesando para admirarlo, temerle o aprender de él —como lo hicieron Odiseo o Eneas—, y que la única manera para poder salir de allí es siguiendo adelante —ejemplo magníficamente representado en el octavo reino del Mictlán, donde el muerto pierde su corazón y exclusivamente se sale de allí si se sigue avanzando—, de manera que, cuando lo hagamos, sepamos que sufrimos un cambio o una transformación que nos habrá vuelto mejores.

Podemos pensar que atravesamos una catabasis diaria si es que tomamos el metro (muy simbólico al ser subterráneo) para poder llegar al trabajo o la escuela y, así, hacer menos insufrible el trayecto, incluso resultaría un ejercicio creativo interesante pensarse en un inframundo en particular cada que se tome este medio de transporte. El lunes viajé al Mictlán, montado en Quetzalcóatl, donde me enfrenté a Itztlacoliuhqui, dios del castigo, representado en aquel sujeto que venía enterrándome el codo; el martes viajé a la Duat, debido a que la línea A se inundó nuevamente y me enfrenté al dios Sobek en aquel otro tipo que mascaba con la boca abierta frente a mi cara.

O podemos pensarnos o sabernos en una catabasis distinta. Una depresión, quizá.

Sea cuál sea el descenso que atravesemos debemos saber algo: podemos salir del Infierno y, cuando lo hagamos, podremos crear, darle comienzo a algo nuevo.

 


Luis Arturo

Luis Arturo Serna Alarcón, alumno de la carrera de Lengua y Literatura Hispánicas de la UNAM, ha dado clases de Mitología universal en la Facultad de Filosofía y Letras; también, ha dado conferencias en preparatorias (hablando del inframundo mexica y temas relacionados) y fue ponente en el primer coloquio Expo anime-manga de la Universidad Iberoamericana. Actualmente, sigue dando las clases de Mitología.
Facebook: Luis Arturo Serna Alarcón.
Grupo de Facebook: De mitología y otros vicios.

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