Cuento | Instinto materno, por Zaida Zhamar

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Plumón de tinta china y acuarela sobre papel de piedra
Cyntia Kent

Me conmueve cuando un gato negro cruza mi camino. No por el augurio de mala suerte implícito a estos felinos, sino porque me recuerdan al primer gato que tuve. Su primera dueña se negó a venderlo y mi padre pagó un peso por él. Debido a una creencia de que al regalar un gato este no será buen cazador. Y ese era el motivo por el que necesitábamos uno.

La casa donde crecí era de tres niveles, pero con un reducido espacio interior. Más que acomodados, vivíamos apretados: mi madre, mi abuela, mi tío, su esposa, yo y el reciente inquilino: un ratón.

No importó que el felino tuviera pelaje negro, en cuanto mi madre lo vio decidió nombrarlo Tomás. Cuando mi abuela descubrió que no era él, sino ella, fue rebautizada como Soruya y pasó a ser la séptima habitante de la casa. A pesar de que se le proveía alimento, la gata sucumbió a sus instintos y empezó a salir a la calle, pero regresaba puntual a la hora de la comida, en la noche, antes de que mi madre pusiera el cerrojo a la puerta.

No tardó en quedar preñada. Su primera camada nació en una caja de zapatos debajo de la cama. Mi abuela tenía la creencia de que los gatos son animales misteriosos y nos prohibió husmear la caja donde dio a luz. Sin embargo, mi curiosidad infantil fue mayor y un día que me quedé sola, me agaché junto a la cama y jalé la caja. No me resultó sorprendente lo que vi, solo unas pequeñas criaturas, aún amorfas y ciegas, que succionaban de la panza de su madre. La gata levantó la cabeza con desgano y sus ojos, brillantes como un par de gotitas de oro, se clavaron en mi rostro; casi de inmediato volvió a la tranquilidad de su siesta y yo acomodé la caja en su lugar.

Más tarde, estábamos reunidos en la hora de comida. Mi tía, a la que nunca le agradó la presencia de la Soruya, contaba la historia de un niño que había ingerido un pelo de gato. Dijo que ningún doctor pudo sacar el pelo y falleció. Cuando le hicieron la autopsia, extrajeron de su estómago una masa del tamaño y dureza de una piedra mediana, era el pelo del animal que creció dentro de sus intestinos. Nadie hizo comentario alguno, a dos años de vivir con mi tía, ya estábamos acostumbrados a sus historias fantasiosas, las cuales ella aseguraba que eran verídicas. El silencio incómodo se rompió por un maullido agudo y prolongado. Mi madre se dirigió apresurada a la habitación y yo tras ella. Me acerqué cuando sacó la caja debajo de la cama. Adentro, una de las crías luchaba por sobrevivir; arrastraba únicamente con sus patitas delanteras la mitad de su cuerpo, la otra mitad había sido devorada por su madre, quien tranquilamente lamía sus bigotes. Por su suerte, la mitad de gato murió a las pocas horas.

Cuando la Soruya se vio liberada de la maternidad, luego de que regalamos a sus crías, volvió a sus andanzas. Meses después nació otra camada, pero esta vez la llevaron al tercer piso de la casa para mantenerla aislada.

En aquellos días, recibimos la visita de la familia de la esposa de mi tío. Entre ellos, su hermana menor: una joven muy bonita, de piel muy clara y cabello teñido en rubio. Cuando escuchó el maullido de la gata insistió en conocer a las crías que habían nacido pocas semanas antes. Nuevamente la regla de no husmear fue incumplida por mi tía y su hermana. Aquella segunda ocasión, al recordar la agonizante mitad de gato, contuve mi curiosidad y me conformé con verlas subir hacia el tercer nivel.

En la noche, cuando los familiares de visita abordaban un taxi para marcharse, escuchamos un maullido agudo proveniente de arriba. Al levantar la mirada vimos a la gata en el borde del tercer piso sosteniendo en sus fauces una de sus crías. Antes de que reaccionáramos, el pequeño animal se impactó en el suelo muriendo al instante. Mi madre subió a detenerla, pero no alcanzó a impedir que su siguiente víctima fuera arrojada. Ese segundo gato fue el que sufrió la peor parte, sobrevivió al golpe y en las noches su chillante maullido de dolor no nos dejaba dormir. Nadie tenía el valor de terminar con su sufrimiento. Hasta que una madrugada mi abuela se levantó y con mano firme le retorció el pescuezo, terminando así con su agonía de casi una semana.

Esa fue la última vez que la Soruya tuvo crías. Aunque la llevamos a esterilizar, su entusiasmo por salir a la calle no disminuyó. Sobre todo por visitar la fonda de junto, donde hurtaba trozos de carne. Hasta el día que tomó la porción equivocada, la que tenía el veneno. La gata agonizó con su vientre hinchado y espuma brotando de su hocico y su cola. Yo no la vi, mi tía me platicó que la enterraron en el camellón de la carretera.

Dicen que los gatos negros auguran mala suerte y mi abuela dijo que la gata mató a sus crías porque fuimos a molestarla, yo no lo creo. Pienso que las tragedias son una coincidencia. Como la que hubo con las tres mujeres que importunamos el ritual de maternidad de la gata.

La hermana de mi tía quedó embarazada, mucho se murmuró que era producto de su relación con un hombre casado. Tal vez era cierto. Por eso cuando sucedió el accidente en su octavo mes de gestación, estaba sola. Su madre la encontró desmayada con una creciente mancha de sangre en su entrepierna. En el hospital pudieron salvar su vida, pero no la del bebé. Nadie comprendió lo que sucedió, la mujer dijo entre sollozos que era culpa del gato. —¡El maldito gato!—.

Supuestamente, ella estaba descansando cuando escuchó el ruido de un cristal romperse; llegó a la cocina y encontró el cristal de la ventana roto, pero no vio qué lo había ocasionado. Decidió regresar a su cama sin dar mucha importancia a la ventana. Avanzó unos pasos, cuando debajo del refrigerador salió corriendo un animal que se enredó en sus pies. Ella tropezó y su vientre recibió el impacto del golpe. Dijo que el gato gordo que ocasionó la caída se recostó enfrente de ella para limpiar con tranquilidad su pelaje mientras sus brillantes pupilas observaban los intentos fallidos de la mujer por levantarse. Supimos esto de voz de mi tía cuando regresó de visitar a su hermana en el hospital.

Meses después, la que quedó embarazada fue mi tía y decidieron mudarse. Me alegré, nunca me gustó el modo exagerado con el que hablaba. Tuvieron una niña con la que se instalaron en su nuevo hogar. El único inconveniente era que en esa calle vivía un anciano que pepenaba basura. A mi tío, esto no le importaba. Era su esposa quien se quejaba del hombre y del gato que lo acompañaba, dijo que el animal entraba a su casa con intenciones de lastimar a su bebé. Mi tío la ignoró, estaba acostumbrado a sus absurdos dramas.

Aconteció un domingo. Ella tendía la ropa cuando vio que el gato saltó la barda y no pudo evitar que el animal corriera en dirección a su casa. Mi tío escuchó que gritó que el gato llevaba una serpiente en el hocico, pero estaba tan distraído viendo un partido de futbol que no tomó importancia a sus palabras, ni se percató cuando la mujer salió corriendo con su hija en brazos. Fue hasta escuchar el rechinido del auto y el golpe que se levantó del sillón. Abrió la puerta y vio que se concentraba un grupo de gente a mitad de la calle, se acercó y descubrió los cuerpos de su esposa y su pequeña hija. La gente dijo que mi tía salió apresurada e histérica, que no se fijó al cruzar la calle.

¿Y yo? Yo no tengo instinto materno. Lo descubrí esa tarde que viajaba en el metro. Escuché el llanto de un bebé y sentí repulsión en el estómago; por fortuna, la madre descendió en la siguiente estación. Ahí subió una mujer con una caja de donde se escuchaba el llanto de un gatito. Al oírlo me enterneció, me acerqué y vi que era de color negro, la adopté y la nombré Tomasa. Cuando la llevé a revisión con el veterinario, este me dijo que siempre que las gatas entran en celo, tienen todas las posibilidades de quedar preñadas. Pero es parte de su instinto animal, no por el anhelo de ser madres, como algunas personas argumentan al negarse a esterilizar a sus mascotas.

Lo que sucedió con mi tía y su hermana no fue mala suerte, solo accidentes derivados de un descuido. Como la ocasión que quedé embarazada por prescindir de protección.  No todo fue mi culpa, su incipiente erección no se mantenía. Me dio pena ver sus intentos por mantener duro su pequeño pene, él argumentó que era a causa del condón. —No se siente lo mismo— dijo. Y accedí a que se lo quitara.

Nunca le dije que acertó en mi útero. Solo al médico que me recetó las pastillas que expulsaron esas células que apenas llevaban cuatro semanas de vida. La verdad, pocas veces siento remordimiento… no del aborto, sino por no estar arrepentida de haberlo hecho.


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Texto: Zaida Zhamar nació en la ciudad de Oaxaca. Ferviente lectora que escribe con pasión porque piensa que la literatura es un modo de aprendizaje, tanto para quien la crea como para el que la disfruta.


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Ilustración: Cyntia Kent. Licenciada en comunicación social de la Universidad Autónoma Metropolitana. Actualmente se dedica a la producción audiovisual y al diseño, sin embargo, dedica sus tiempos libres a la ilustración digital.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. lavie13 dice:

    ¡Qué relato tan conmovedor! Me encantó. Saludos 🙂

    Le gusta a 2 personas

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