Cuento | Me dijo “No morirás”, por Christopher Aguilar Reyna

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Cyntia Kent

Despierto como otras veces, desnudo y con el cuerpo tibio. Con la sensación de haber nadado por mucho tiempo en un mar lácteo. Ebrio y de nuevo sin poder extrañar nada de mi vida pasada. Algo de malo debe haber en esta paz tan inquietante, nada aleja de mí esa idea; sin embargo, deseo esto, este momento para los peores hombres en mi vida terrena; eso habría cambiado el destino de la humanidad.

Por la rendija de la puerta, veo cuerpos estelares espesos que avanzan corriente abajo (o arriba, aquí no hay sentido de la dirección), como ballenas grises, y tampoco a ellos les importa nada sabiéndose seres absolutos que nadie perturba.

Me siento en la orilla de la cama. Sobre la pared, lo que parece un cristal bendito, el portal infinito que jamás me he atrevido a cruzar de nuevo o poner siquiera un dedo encima de él pone en evidencia los años que han pasado, el tiempo transcurrido que sin poder contarlo, entiendo ha sido bastante. Ahí, viendo mi tumba piel, recuerdo una rutina de Seth Macfarlane. Decía, “John, por dios, no hay viejas con pito, solo hombres con tetas”. Entonces, aunque en tierra eso me parecía bastante gracioso, solo me alcanza para delinear una sonrisa tímida.

Verme ahí, con el cuerpo estropeado me hace recordar el pasado. A los 10 vi una noticia en la tele, un ave gigante estaba apunto de devorar a un niño somalí. Desde entonces mis recreos cambiaron, no quise jugar jamás y mis compañeros se dedicaban a meterme el pie en los pasillos. Cuando caía de bruces, me quedaba ahí por mucho tiempo, oliendo los azulejos fríos del pasillo hasta que uno de los maestros me ponía de pie y me limpiaba el uniforme.

La secundaria no fue distinta. Hice algunos amigos, pero, cuando las clases se ponían aburridas, la voz de los profesores se aletargaba y la ensoñación aparecía. Cuando miraba alrededor, podía ver el futuro de cada cual: Jorge iba a morir a los 25 atropellado por un camión repartidor de gas mientras cruzaba la avenida, con dos hijos en casa; Brenda tenía reservado un lugar en el manicomio de la capital sin que nadie supiera por qué, antes de ser internada, luego del 12 de abril de 2026, jamás volvería a salir de su cuarto; Jaime tardaría apenas un par de años luego de la graduación para entrar en el negocio de las drogas; Ismael caería en una depresión de la que nadie lo sacaría y se daría un tiro en el verano del 2020. De entre todos, solo un par conseguirían ser felices.

Me casé en el 2028. Ella se cansó de esto que no dejó de ser una constante y que, aunque en un principio le pareció la promesa de una mente brillante destinada al éxito absoluto, no tardó en descubrir que solo era la irrefutable evidencia de que el ser humano también puede aceptar y vivir serenamente con la idea de estar destinado a no ser nadie.

Tuvimos un par de hijos y los dos me odiaban. Venían a verme de vez en cuando y así como llegaban se marchaban. Es probable que esto suene mal, pero también yo evadía sus visitas, entonces, cuando lo hacían, fingía quedarme dormido sobre el sofá para que se escurrieran por la puerta sin hacer ruido y seguir con lo mio.

Una de esas tardes, cuando revisaba por la ventana del cuarto que uno de ellos en verdad se fuera, conocí al hombre que inventó a Dios. Con las narices asomadas por ahí, vi a la vieja que vivía al fondo de la vecindad. Maltrataba sus trapos aporreados por el tiempo contra el lomo del lavadero. Cuando las primeras gotas de lluvia aparecieron, echó todo a la canasta y regresó al interior de su pieza. Seguro de estar solo, el cuarto de repente me pareció tan grande y frío que me dieron ganas de brindar con alguien, así que fui a la cantina. No había nadie. Bebí un par de rondas y fue entonces que él se presentó. Con la ropa llena de mugre y apestando a orines. Su aspecto era deplorable, funesto, entre la cruda y la depresión. Pidió una copa, pero el cantinero no hizo caso de su presencia, esperando, como todos, que se rindiera y saliera por fin. Entonces tomó una silla en el rincón del lugar como para no molestar a nadie y echó la cabeza de lado sobre su hombro izquierdo para dormir.

Cuando miré hacia afuera, la lluvia persistía. Tomé de la bolsa un par de billetes y compré una botella de vodka que estaba a medio servicio.

Cuando volví a casa, por el pasillo de la vecindad, junto a los míos, crecían otros pasos torpes y desvalidos. De alguna manera sabía que era él y solo se redujo a decir “Dame un trago”, con el ansia de la muerte en los labios.

Entre trago y trago nos sentamos los dos a escuchar cómo caía la lluvia en el tejado, dejando que se nos mojaran los zapatos y las nalgas. Esperaba que al despertar no estuviera ahí, pero no fue así. Al abrir los ojos, seguía a mi lado. Llevaba ahora unas chancletas de hilo, una camisa de flores rojas, una bermuda de lona y en el rostro, que ahora me parecía delicioso, unos labios humectados y unos rulos en la cabeza perfectamente almidonados. Me dijo “Sabías que deseaba morir”. Yo no quería saber su historia, lo único que me importaba en aquel entonces era su sufrimiento, lo que lo tenía así. Creí que si lo que necesitaba era un trago para terminar con todo eso y si estaba en mis manos hacerlo, lo haría sin titubear. Me dijo, con la voz más dulce y la templanza más pura que yo recuerde, “En cambio, tú hace mucho que quieres terminar con todo esto, ¿no?”. Le dije “No quiero morir”. Y él me dijo “No morirás”.

Así despierto desde entonces. Junto a la cama, una mesa de palo sostiene una botella de ron que nunca termino; en cuanto le robo un trago, del fondo, como un girasol, germina más y más líquido. De todos modos nunca la llevo al final para no arriesgarme a quedar sin provisiones. Bebo un trago y salgo al pórtico de mi cabaña suspendida en el espacio. Desde aquí, con frecuencia paso el tiempo buscando la tierra, pero no he tenido suerte. A veces creo que se extinguió y, sin importarme los hijos que tuve, es una idea que no me altera en absoluto. Me quedo aquí sabiendo que lo único que necesito es no tener la curiosidad de echarme a volar en la inmensidad de la nada.

Ocasionalmente tengo la curiosidad de saber qué pasó luego de mi partida, así que corro la cortina que da al espacio negro donde antes estaba el sol, para ver, como en una cineteca milenaria, que mis hijos jamás regresaron a buscarme. Un par de veces he reído, una de ellas, por ejemplo, cuando mi único amigo, perdiera el pene. La que fuera mi esposa salió corriendo completamente desnuda de su casa en el terremoto del 2050 con su miembro entre las piernas. La otra, cuando a mi padre lo metieron a la cárcel por que le descubrieron en la cabeza las ideas que llevarían al mundo un segundo holocausto.

Cuando regreso las cortinas a su lugar, los astros afuera dejan a su paso algo que se parece al sonido de un arpa jamás escuchada. Luego de eso tengo muchas ganas de volver a la cama y dormir profundamente, seguro de la emancipación del dolor y consagrado en la eternidad.


Texto: Christopher Adolfo Aguilar Reyna es egresado del Diplomado en Creación Literaria en la Escuela de Escritores del Estado de México; es psicólogo, músico y profesor en diversas instituciones de nivel superior. Ha publicado en varias revistas, como Espora y La Colmena. Actualmente es articulista para medios independientes.

Twitter: @adolforeyna

backupPreviewIlustración: Cyntia Kent. Licenciada en comunicación social de la Universidad Autónoma Metropolitana. Actualmente se dedica a la producción audiovisual y al diseño, sin embargo, dedica sus tiempos libres a la ilustración digital.

 

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