Fughetta #12: Fragmentos (rancheros) de un discurso amoroso, parte I

Este será un paseo distraído por lo que dice del amor lo que tenía más a la mano (al oído) de nuestra tradición musical mexicana, en un recuento que irremediablemente lleva las formas de un conocido texto de Roland Barthes. Quienes se asomen verán, quizá, que, al menos desde el punto de vista de la música aquí citada, en México vivimos en un estado de precariedad amorosa. Las masculinidades hegemónicas, típicamente liadas con la misoginia y un concepto del macho estoico y con delirios de omnipotencia (y de la mujer propiedad y recipiente de las emociones masculinas), celebran relaciones que son un desastre de infelicidad, culpa y violencia. Como si la sensibilidad construida en México, plasmada a través de la música popular, fuera instrumental de una terapia existencial inconsciente y condenada al fracaso, que involucra, entre otras cosas, un vacío central, ubicuo e imposible de colmar. El cuerpo del otro, la persona del otro, se vuelven una suerte de cuerpo fantasmático que suple la imposibilidad de la sutura, pero el vacío es tal que tarde o temprano el otro solo acentúa más y más el trauma constitutivo de la personalidad machista, en una espiral de desdicha y violencia.

Las referencias a canciones remiten a las interpretaciones y a sus respectivos intérpretes, más que a las personas compositoras, para que no digan “is qui Pidri Infinti ni quimpisi…”. Sobre aviso.

“Amor de lejos…”

El destino une y separa, laza a los incautos y azota a los desprevenidos. Nada hay que perdure en el mundo, ni el amor ni los amantes. Estos porque mueren, aquél, porque el corazón es traicionero. De lo que trata la vida es de sufrir hasta morir; el amor, de doler. Acaso uno de los mayores azotes del amor, la distancia, es causa de las más injustas (pero francas) maldiciones que la humanidad haya proferido contra el espacio.

Distancia. Es una magnitud física inversamente proporcional a la intensidad de los encantos que procura a los amantes el goce y disfrute de sus cuerpos (disculpando los tecnicismos jurídicos).

Pedro Infante: “Cuando lejos me encuentre de ti / cuando quieras que yo esté contigo / no hallarás un recuerdo de mí / ni tendrás más amores conmigo. / Y te juro que no volveré / aunque me haga pedazos la vida / si una vez con locura te amé / ya de mi alma estarás despedida. / No volveré / te lo juro por Dios que me mira / te lo digo llorando de rabia / no volveré” (“No volveré”).

“No volveré”, o de cómo una profecía del sentido común también puede sonar a amenaza.

Los Donneños: “Por todos los santos que dicen que existen te juro que nunca tendré amores lejos / porque me han contado y lo he comprobado que amores de lejos nunca son parejos” (“Besos de papel”).

Chava Flores: “Amor de lejos es de pen…sarse / no pienses más” (“Amor de lejos”).

Es posible que en esta canción del admirado Chava Flores, que puede verse de cierto modo como parodia del género ranchero, se diga de forma más (o casi) explícita lo que sentían los Pedros Infantes y José Alfredos con sus reproches. El albur en esta canción completa el sentido del discurso amoroso ranchero, dándonos el detalle pulsional que está en el sustrato de la violencia. Como dato adicional, la moral hegemónica no permitía hablar abiertamente de sexo, pero sí ofender a las mujeres.

 

 

Ausencia. Es el equivalente de la magnitud física de la distancia, trasplantada a metáfora en clave subjetiva. Contrario a presencia, aunque sin duda más rica en sus implicaciones y figuras.

Los Donneños: “Aquél amor que yo te di que fue tan grande / es un despojo que tu ausencia convirtió. / Hasta tu nombre se me escapa de mi mente / tal vez el polvo de tu ausencia lo borró” (“Polvo de ausencia”).

Un Yoda con sombrero y botas diría, quizá, que la ausencia conduce al dolor; el dolor conduce a la ira; la ira conduce al olvido; ¡pero el olvido evita el sufrimiento! [Se sirve otro shot de tequila].

Los Tres Ases: “La puerta se cerró detrás de ti / y nunca más volviste a aparecer / dejaste abandonada la ilusión que había en mi corazón por ti. / La puerta se cerró detrás de ti / y así detrás de ti se fue mi amor / creyendo que podría convencer / a tu alma de mi padecer. / Pero es que no supiste soportar / las penas que nos dio / la misma adversidad / así como también / nos dio felicidad / nos vino a castigar con el dolor” (“La puerta”).

Curioso reproche compuesto de dos momentos: uno nihilista, que clausura el significado del amor para el amante despechado, así como por el reproche per se, que procura dotarle al yo sufriente de razones para explicarse el abandono de la amada. El máximo de significación de la ausencia se da en la frase “y nunca más volviste a aparecer”, que clausura la constelación entera de sentimientos atados a la ausente.

Pedro Infante: “En el tren de la ausencia me voy / mi boleto no tiene regreso. / Lo que tengas de mí te lo doy / pero no te devuelvo tus besos” (“No volveré”).

Juan Gabriel: “Querida, / cada momento de mi vida / te extraño y lloro todavía. / Mira mi soledad (bis) que no me sienta nada bien. / Querida, / no me ha sanado bien la herida / te extraño y lloro todavía / Mira mi soledad (bis) que no me sienta nada bien. / Querida, / piensa en mí solo un momento y ven / date cuenta de que el tiempo es cruel / y lo he pasado yo sin ti. / Querida, / hazlo por quien más quieras tú / yo quiero ver de nuevo luz en toda mi casa. / Querida, / ven a mí que estoy sufriendo, / oh, ven a mí que estoy muriendo / en esta soledad (bis) que no me sienta nada bien. / . . . Dime cuándo tú, dime cuánto tú vas a volver” (“Querida”).

 

 

Aquí tenemos a la Querida como sustituto de los estabilizadores de ánimo. Absolutamente más Querida y menos Prozac. La reiterada invitación a mirar la soledad es curiosa, acaso porque el solitario se ha construido precisamente a través de la fantasía de que la Querida puede ver su soledad, es una imagen construida para que ella la vea. La paradoja es que esa imagen doliente que significó para el consumo de la Querida se esfumará en cuanto sea vista y, por tanto, otra cosa, acaso peor, emergerá justo cuando ella se anime a condescender a su súplica. Querida, no te conviene. Amigo, date cuenta.

Los Dandys: “Me espero / no voy a marcharme / no voy a alejarme / sin antes decir / que lloro / que sufro al mirarte / tan cerca a mis manos / sin poderte asir” (“Tres regalos”).

En este caso, se trata de una variable de ausencia descaradamente psicológica, en la que la distancia no tiene ningún efecto en el hecho: la pareja puede estar frente a quien le canta y, sin embargo, alguno de ellos o quizá ambos están ausentes. Cuando ya no le queda más, entonces quien canta decide hacer todos los regalos cósmicos que sabemos que se dan los enamorados, la friolera del cielo, la luna y el mar. Quizá demasiado tarde, mi romántico amigo.

Javier Solís: “Sombras nada más / entre tu vida y mi vida. / Sombras nada más / entre tu amor y mi amor” (“Sombras”).

El desamor —o los complejos o los obstáculos al amor, vistos aquí como un no–cuerpo—, apenas la mancha que deja, sin permanecer, la luz cuando la interrumpe un cuerpo. Pero, ¿sospecha Javier Solís cuál es el cuerpo que interviene la luz de sus amores? “¡Qué va!” —diría él mismo—. Sombras añade, sobre la luz: “Qué breve fue tu presencia en mi hastío / Qué tibias fueron tus manos, tu voz. / Como luciérnaga llegó tu luz / y disipó las sombras de mi rincón”. La amada luciérnaga es aquí como la Querida de Juan Gabriel: el suplemento al vacío cuya ausencia desvela la precaria realidad de quien sufrirá su vacío hasta que se atienda esa masculinidad de la que está malito.

 

 

Presencia. Acaso el más oscuro de los contextos del amor, el más propicio a la ausencia y al desencanto. En la presencia, los amantes se encuentran en su concreción física absoluta, que puede ser una evasión emocional; la presencia es, no obstante, inescrutable. Presencia es más que físico, interpretativo. Más labor de hermeneuta que de topógrafo y menos de filósofo que de bruto. El más presente de los amantes es el menos proclive a la metafísica. El más metafísico de los amantes, sin embargo, siempre encuentra la presencia, pese a la ausencia, la distancia o aun la muerte.

Los Tres Ases: “No existe un momento del día / en que pueda apartarte de mí . . . / No hay bella melodía / en que no surjas tú / y no quiero escucharla / si no la escuchas tú. / Es que te has convertido / en parte de mi alma / ya nada me conforma / si no estás tú también. / Más allá de tus labios / del sol y las estrellas / contigo a la distancia, / amada mía, estoy” (“Contigo a la distancia”).

Aquí la presencia, acentuada a través de la distancia. Esta paradoja —solo aparente— nos revela la faz trágica del deseo: en él, todo es ausencia y la presencia lo trastoca todo. El que desea, ya lo decía Platón, va a lo que no tiene, de otro modo no lo desearía.

Los Dandys: “Yo que soñé / con tener una reina / que mandara en mis adentros. / Ya no tengo que buscarla / porque en ti todo lo encuentro, / ya nomás dime que sí” (“Tres regalos”).

La presencia usada como elemento de validación del otro en la relación: esto tiene que pasar, porque estás y eres lo que soñé.

Nostalgia. El sentimiento de desear la condición que posibilitó X en un momento pretérito. Cuando se infiere del otro, generalmente lleva una carga narcisista que pretende resarcir daños u oprobios persistentes.

Javier Solís: “Cuando sientas el calor de otras caricias / mi recuerdo ha de brillar / donde tú estés . . . / Cuando sientas la nostalgia por mis besos / llorarás, llorarás, llorarás” (“Llorarás”).

Profecías para el autoconsuelo, Tomo MMMCCCXXXIII…

Los Alegres de Terán: “Qué triste se encuentra el hombre cuando anda ausente / cuando ausente / y muy lejos de su casa . . . / Mayormente si se acuerda de sus padres y su chata / ¡ay, qué destino! para ponerse a llorar” (“Paso del Norte”).

 

 

Los Broncos de Reynosa: “Ahora comprendo / que mi martirio / fue Flor del Río / tierna ilusión / y su recuerdo / es mi martirio / me tiene herido / del corazón” (“Flor del Río”).

En esta hay nostalgia inevitable, podría decirse que en estado “puro”: ella murió.

Olvido. Herrumbre necesario resultante de la deleznable constitución del consciente. En él se oculta la verdad terrible de los resortes del ello.

Pedro Infante: “Me duele hasta la vida / saber que me olvidaste / pensar que ni desprecio / merezca yo de ti” (“Cien años”).

La herida narcisista en esta canción encubre una racionalidad económica del amor. Si yo sentí tanto por ti, ¿cómo es que tú nada sientes por mí?

José Alfredo Jiménez: “Quise hallar el olvido / al estilo Jalisco / pero aquellos mariachis / y aquél tequila / me hicieron llorar”.

Y el estilo Jalisco de amnesia no admite interpretación alguna.

Pedro Infante: “No pararé hasta ver que mi llanto ha formado / un arroyo de olvido annegado / donde yo tu recuerdo ahogaré” (“No volveré”).

 

 

Javier Solís: “. . . y que ya ni te acuerdas lo que hiciste de mí. / ¿Qué rumbo tomaste, mi vida? / ¿Qué puerta a tu paso se abrió? / ¿Qué luna te espera angustiada, oyendo tu nombre, oyendo mi voz? / ¿Qué labios te cierran los ojos? / los ojos que a besos cerré. / Auroras que son puñaladas / las rejas no matan, / pero sí tu maldito querer” (“Las rejas no matan”).

El discurso de Solís remite a un relato como el que sigue: el amante ha sido encarcelado; su amada lo ha “olvidado”, es decir, ha olvidado sus promesas de amarlo, lo ha dejado de amar. Es este un tipo especial del olvido, que no inmiscuye de manera alguna las capacidades cognitivas de quien olvidó. A él, los cerrojos del encierro; a ella, una puerta abierta a su paso.

Los Donneños: “A algunos el tiempo les borra pasiones / a otros el vino les sirve de aliado” (“Besos de papel”).

Ese estilo Jalisco es tan universal, que también se prescribe en Nuevo León…

Los Panchos: “Sin ti / es inútil vivir / como inútil será / el quererte olvidar” (“Sin ti”).

Este texto guarda el rasgo interesante de ligar el olvido a la ausencia (en una lectura más “empírica”, también con la distancia). La presencia se vuelve, así, una suerte de tour de force contra el olvido, un olvido que, sin embargo, se busca y que, intencionalmente, jamás llegará. Es un caso fascinante de autoboicot inconsciente. La voluntad secreta del amante es mantener la herida sempiternamente abierta, pero nos preguntamos si lo hace por dolor narcisista o por amor al otro, sin más. Y claro, es pregunta retórica…

Eternidad. El amor que dura lo que la vida de quien la invoca. La muerte, merced de alguna fe ultraterrena, puede ser un obstáculo salvable para los amantes más entregados.

Los Dandys: “Eternamente te amaré / yo te lo juro / eres la reina de mi amor / la vida mía. / Cuando te beso siento yo / que soy dichoso. / Por eso siempre te diré / que nuestro amor ha de durar / eternamente” (“Eternamente te amaré”).

Los Panchos: “Toda una vida / me estaría contigo / no me importa en qué forma ni dónde ni cómo, / pero junto a ti. / No me cansaría de decirte siempre, pero siempre, siempre / que eres en mi vida ansiedad, angustia y desesperación” (“Toda una vida”).

La eternidad del amor (a la autoflagelación).

 

 

Juan Gabriel: “Tú eres la tristeza de mis ojos / llora en silencio por tu amor / me miro en el espejo y veo en mi rostro / el tiempo que he sufrido por tu adiós. / Obligo a que te olvide el pensamiento / pues siempre estoy pensando en el ayer. / Prefiero estar dormido que despierto / de tanto y tanto que me duele que no estés. / Cómo quisiera que tú vivieras, / que tus ojitos jamás se hubieran cerrado nunca / y estar mirándolos. / Amor eterno / e inolvidable. / Tarde o temprano / estaré contigo / para seguir amándonos” (“Amor eterno”).

Aquí el “Divo de Juárez” resume los momentos del amor a espacio y tiempo diferidos. Hay recuerdo, intento (fallido) de olvidar, ausencia, presencia en el recuerdo, nostalgia de la concurrencia de los amantes, distancia insalvable entre el amante vivo y el muerto, esperanza en el amor más allá de la muerte, que vence a la muerte y con ello crea el “amor eterno”, que es eterno porque es inolvidable, por una parte, y, por otra, porque la infranqueable barrera de la physis habrá de disolverse con la muerte de ambos amantes. El relato de la esperanza del amante vivo adquiere plena eficacia en la frase “tarde o temprano estaré contigo . . .”. Es este un juicio apodíctico que colma las ansias de consuelo del adolorido viviente: su esperanza está, por así decirlo, como satisfecha de antemano y la condición de la muerte resulta un mero trámite. Lo único que podría complicar su misión es que el alma realmente no sea inmortal… o que lo sea y su pareja halle a otra alma inmortal —y quizá más conveniente—. Nunca fue tan incómodo vivir como cuando el otro ha dejado de hacerlo.

Javier Solís: “Si Dios me quita la vida / antes que a ti, / le voy a pedir ser el ángel / que cuide tus pasos; / pues, si otros brazos te dan / aquél calor que te di, / sería tan grande mi celo / que en el mismo cielo / me vuelvo a morir” (“Si Dios me quita la vida”).

La teología católica dispuesta al capricho de un misógino. Es decir, una combinación natural.

 

 

Javier Solís: “Te amaré toda la vida / todos los años, los meses y los días / todas las horas y todos los instantes / mientras pueda latir mi corazón” (“Te amaré toda la vida”).

No solo hay demagogia en política.

Pedro Infante: “Y sin embargo sigues / unida a mi existencia / y si vivo cien años / cien años pienso en ti” (“Cien años”).

Roberto Cantoral: “Reloj detén tu camino / porque mi vida se apaga, / ella es la estrella que alumbra mi ser, / yo sin su amor no soy nada. / Detén el tiempo en tus manos / has esta noche perpetua / para que nunca se vaya de mí, / para que nunca amanezca” (“El reloj”).

Romantizando la posesividad se puede llegar a interesantes diálogos sobre los bucles en el tiempo. Y qué mejor forma de plasmar el narcisismo de cuerpo entero que mediante el bucle temporal: una y otra vez ocurrirá lo mismo, más bien, no ocurrirá ya más nada, lo que ocurra esta noche volverá una y otra vez, porque la arquitectura del tiempo tiene a mi felicidad por plano.

 

 

Jorge Negrete: “Por la lejana montaña / va cabalgando un jinete, / iba solito en el mundo, / iba deseando la muerte. / Lleva en el alma una herida, / va con su alma destrozada, / quisiera perder la vida / y reunirse con su amada. / La quería más que a su vida / y la perdió para siempre / por eso lleva una herida, / por eso busca la muerte. / Con su guitarra cantando / se pasa noches enteras, / hombre y guitarra llorando / a la luz de las estrellas. / Después se pierde en la noche / y aunque la noche es muy bella / él va pidiéndole a Dios / que se lo lleve con ella” (“El jinete”).

Esta grandiosa canción, del gran José Alfredo Jiménez, nos regala el mito del amante solitario, que va por caminos deshabitados buscando su aniquilación, el abrazo definitivo con su amada, hecho de fe, desolación y un dolor infinito. José Alfredo no nos dice si el jinete encuentra o no la muerte, pero ignorarlo le presta eficacia a la tragedia: para quienes descreemos de una vida después de la vida, nuestro jinete está irremediablemente echado a un sufrimiento sin tregua ni recompensa… acaso sí con consuelo: el de creer, no importa si a donde se va habrá resarcimiento de la pérdida. En este sentido, el jinete es una de las cumbres románticas del discurso ranchero del amor. El mito de la amada muerta, que ha tomado forma en todas las culturas, podría ser, acaso, un signo de la puesta a la altura de la Cosa que colma el vacío constitutivo del Yo, conforme a Lacan. O podría ser que la gente muere y deja amores y dolores entre lxs vivxs.

 

 


Silvano Cantú. Defensor de derechos humanos y melómano de tiempo completo. Twitter: @silvanocantu

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