Fragmentarios | Compré una iMac de 1999 y tenía escritos de David Foster Wallace

Por Rodrigo Mora

I

Cuando empezaron las compras de pánico entré a Amazon® para verificar el precio del papel higiénico. No había subido mucho, entonces empecé a comparar marcas y descarté, definitivamente, los rollos Cottonelle que tienen surcos casi horizontales y afirman que por su extracto de karité proporcionan una limpieza delicada. Es mentira: La aspereza del algodón nórdico y la seda natural es, más o menos, un martirio. Escogí un papel que no mencionaré aquí por simple pudor.

Aprovechando la valentía espiritual que nos regala el miedo puse en el carrito:

Detergente líquido MAS® Color, para 62 cargas

Un bote de 5.6 litros de lavatrastes Axion®

Dos paquetes de pasta dental Colgate® Total 12®, cada uno con dos tubos de 100 ml. cada uno y

Dos paquetes con cuatro jabones Palmolive® NEUTRO BALANCE®, dermolimpiadores.

Abusando ya, del coraje y la entereza del carácter:

Una iMac G3® en perfecto estado, color tangerine y con 4GB de Disco Duro.

Recuerdo que dije: “algo valdrá después del fin del mundo”; es curioso pensar que hasta después del apocalipsis el sistema seguirá girando y convirtiéndonos a todos en tornillos perfectamente engrasados queriendo apostar en inversiones con poderosísimos 32Mb de RAM. ¡Qué belleza de Macintosh®!

II

Los productos de limpieza llegaron en una caja y, semanas después, la iMac G3® llegó en otra. Transportar 37.9 libras desde Massachusetts no debe ser fácil, mucho menos cargando todo el peso de los escritos inéditos de una leyenda de la literatura norteamericana. Pages, el procesador de textos de Apple®, tenía un solo archivo guardado y cuando lo abrí me di cuenta de que me encontraba ante un descubrimiento de magnitudes gigantescas, como la del cuento inacabado de Borges por parte del Harry Ransom Center en la Universidad de Austin®; o el poema inédito de Alejandra que encontró Lucía Resnicoff en un libro de Giacomo Leopardi del Fondo Alejandra Pizarnik en la Biblioteca Nacional de Argentina.

Al principio creí que debía dejar pasar mi actitud indiscreta y estuve a punto de borrar aquel archivo sin título. Pero me ganó el chisme. Pensé borrarlo si en una leída rápida observaba que el texto contenía datos explícitos, si no leía palabras comprometedoras ya vería… ya vería.

Quizá sea difícil comprobar la veracidad de estos escritos. El procesador de textos no informa la fecha en la que se modificó por última vez, pero si muestra la fecha de guardado: 28 de agosto de 2008. ¿Qué estaba haciendo el 28 de agosto del 2008? Fue un jueves de segundo de secundaria, seguro bajando mis calificaciones porque me preocupaba más por besuquearme con mi novia en un cine de Calzada de Tlalpan, mientras el gran David Foster Wallace ya estaba en las últimas: había dejado de tomar fenelzina, su antidepresivo principal.

Pongo a disposición pública la traducción de algunos de los escritos inéditos:

III

El comercial de Pepsi en el que se quedó calvo Michael Jackson sólo le costó 1,500,000 USD extras a la compañía y le provocó al cantante dependencia a los sedantes, la morfina y los analgésicos: codeína, propofol, tramadol, oxicodona (para sus convulsiones los doctores utilizan gabapentina, para una gripe común tramadol) y un declive de popularidad. Quizá MJ debió suicidarse después de Thriller, pero sigue bailando.

*

Christopher Hitchsens murió de cáncer de esófago: una enfermedad que hizo metástasis muy cerca de sus cuerdas vocales; adquirió este cáncer en su viaje de Alabama a Luisiana: la organización de su itinerario estuvo mal planeada y tuvo que recorrer 389 millas en una furgoneta negra a la que se le descompuso el aire acondicionado en la milla 93. Iba camino a una conferencia en la que difundiría la inexistencia de Dios. Las coincidencias no son más que deseos mal dirigidos de Aquel, demasiado explícitos.

Querido Dios:

Te pido regreses a tus raíces críptico-apocalípticas.

*

Katherine Shepard, escritora y profesora del MIT, después de algunos artículos bastante mal dirigidos a revistas especializadas en la obra de Shakespeare, prepara su autobiografía. La autobiografía comprende la transcripción de sus lecturas anuales de Hamlet: “Cada lectura es un nuevo descubrimiento de mí misma. En Hamlet encontré el presentimiento de mi divorcio el año pasado”, afirmó.

*

Alcanzo a ver la portada de la revista “Bon Appétit” que alguien más leía en un tren de la 9th Street Station del metro de Nueva York: Garden Parties, dice el encabezado. Lee la edición de junio a pesar de que estamos en diciembre. El reflejo de sus lentes me proporciona la imagen de una tarta repleta de duraznos en almíbar que, al cortarla, estoy seguro, se desplomará y derramará todo el líquido sobre la mesa, los platos y el suelo. La masa parece bastante sólida, el interior es acuoso, demasiado jugoso e, irremediablemente, desbordable. La metáfora del año 2000.

Tuve que bajarme en la estación 103rd Street sin que la persona cambiara de página. Pasaré con Mr. Sugar a comprar dulces.

*

Cuando me entrevistaron en la ZDF, en Alemania, me avisaron que no debía utilizar el color rojo por una situación con algunos manifestantes. Esa fue la palabra: situación. Preferían mantenerme neutral, dijeron. Cuando me di cuenta de mi descuido ya había llegado a la oficina donde sería la entrevista: Me pidieron quitarme la bandana, muy amablemente; me la quité por inercia, pedí perdón por inercia. La entrevista se hizo. Días después, antes de volar a casa, entré a un bar que tenía empotrada la televisión en una de las esquinas: una mujer gritaba “Ungerechtigkeit! ungerechtigkeit!” y vestía de color rojo. Al aterrizar en Boston busqué la palabra en el diccionario y la corroboré con una amiga que da clases de alemán en la Universidad Estatal de Illinois y leí algunas noticias, también empecé a aprender alemán.

Utilicé color rojo toda la semana, por inercia.

*

Al escribir esa novela de más de mil páginas; escribía sobre el hábito de hablar de un libro a sus espaldas. Por eso las anotaciones. La novela fragmentaria, americana, filosófica y humorística la inventé después, en una entrevista que me hizo el New York Times.

*

El profesor Ronald S. Beesly, profesor emérito de la Universidad de Harvard; una reliquia psicosocial aromatizada con Tide y una colonia de durazno para dama; bastante higiénico,  utilizaba tres maletines de cuero sintético de distintas tonalidades para combinar todos sus trajes; tenía la terrible costumbre de llevarse los gises a la boca como si fuesen cigarrillos, la boca se le llenaba de polvo blanco y se limpiaba sus manos en los pantalones color habano, nogal o sepia; y seguía hablándonos de Ezra Pound y Benito Mussolini… pensándolo bien, su terrible manía era su adicción al tabaco: Murió de cáncer de pulmón a los cincuenta, según el obituario. Que en paz descanse él; sus dos artículos sobre dictaduras marxistas en Sudamérica, sus calcetines blancos y su olor a durazno ahumado.

*

Sentado en un bar de Massachusetts encuentro una visión cotidiana de la vida americana, como si estar en un bar, un jueves, a las seis de la tarde no fuese, ya, una visión americana puramente estructurada: Un hombre, notoriamente más viejo que las personas que lo rodean, se levanta de una conversación en donde se discute sobre la bandera canadiense: La propuesta de 1964 no se desestimó por la imprecisión en la base de las hojas de los arces rojos sino porque parecía el Big Ben triplicado en un caleidoscopio, por ello se hizo más ancha y se eliminaron los dos pliegues de la base izquierda y derecha. Entonces el hombre, al cual le empiezan a crecer las canas en las sienes y usa una camisa azul pasada de moda decide salir porque no encuentra el hilo estimulante de la conversación; lo busca en la boquilla de un Marlboro. No utiliza mucho sus labios, el viento de la 378 Centre St consume casi todo el producto. Pero él no sale a fumar, en realidad sale a encontrar un comentario ingenioso que no involucre la crisis de la mediana edad, los recuerdos de 1969 que ya dirán poco a estos nuevos consumidores del mundo: sus compañeros de trabajo; elegirá un vínculo para conectar, correctamente, simultáneamente, con algún templo de los jóvenes de la barra. Pero, en realidad, espera a que la conversación se ramifique, se haga rizoma y desprenda un mapa a partir de la simbología de su ausencia. Y allí, en un punto del azar rizomático, entra para localizar su intervención y vuelve a su asiento en la barra.

La maniobra da resultado, le preguntan: “¿Qué tal el clima afuera?”.

*

phenelzinephenelzinephenelzinephenelzine phenelzinephenelzinephenelzinepehnelzine phenelzinephenelzineohenelzinephenelzine plenelzinehenelzinephenelzine phenelzine phenelzinepenelzinephenelzineenelzine phenelzinephenelzinephenelzinephenelzine phenlzinephenelzinephenelzine c8h12n2c8h12n2 phenelzinephenelzinephenelzinephenen, zinepjhenelzinephnelziphenelzhinephenelzin phenemlzinephenelziinephenlezjine phenelzinephenelzinephenelzine[1]

La inversión de la beca McArthur. La inversión de mis padres. La promesa de un continuo y mejorado trabajo dentro de una pesadilla demasiado iluminada. “The fellowship is not a reward for past accomplishment, but rather an investment in a person’s originality, insight, and potential”[2]. ¡Un brindis por nuestro conocimiento de los cuerpos, la disforia aguda, la ansiedad con pánico, la apatía diurna y la cuerda SGT KNOTS de nylon torcido!

*

IV

Verifiqué los ensayos y materiales inéditos del libro que sacaron hace tres años (Portátil), pero no encontré nada parecido. Quizá me espere una demanda de Literatura Random House® -o de Vice® por copiar el formato de sus títulos-. La verdad es que no sé qué hacer con estas traducciones, ni siquiera con los originales de la iMac G3® ¿a qué tipo de fundación tengo que dirigirme? ¿quién tiene los derechos de D.F.W.? Esta pandemia hace imposible la movilización de lo intelectualizable; de todo, en realidad. ¿Cuánto me pagará la editorial por descubrir inéditos del mejor escritor norteamericano en los últimos treinta años? Quizá la pandemia, en su saber infinito de tres meses, me dé la respuesta y después del divorcio inminente de mis padres y docenas de parejas insoportables, de los miles de bebés que arribarán al mundo en nueve meses a causa del ocio, después de declarar amor infinito y no hacernos responsables de nuestros deseos… quizá la Macintosh valga más de 150 dólares.

Aunque estoy seguro de que los productos de primera necesidad me van a  durar más que la satisfacción de estas traducciones. ¿Qué tanto vale la última llamada de un animal acorralado?


RMora

Rodrigo Mora (cdmx, 1996). Fantasma de tiempo completo. Ha colaborado en revistas como Rojo Siena, La rabia del axolotl, La liebre de Fuego, Marabunta y escrito reseñas para Cultura Colectiva. Actualmente, tiene una columna en la revista Palabrerías y es parte de En la Web: antología de relato web en español. También experimenta con la crónica, la narración y el diario en Medium. Su color favorito es el rojo-rojo.

INSTGRM: @palinurodemexico

[1] La escritura, hasta este punto, se mantuvo en inglés y con los errores encontrados.

[2] Es la justificación por la que se da la Beca McArthur.

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