Fughetta #13: Fragmentos (rancheros) de un discurso amoroso, parte II

Por Silvano Cantú

Dice Octavio Paz en ese bello ensayo en el que pretende entender la mexicanidad de una vez y para siempre, El laberinto de la soledad por supuesto, que “El amor es uno de los más claros ejemplos de ese doble instinto que nos lleva a cavar y ahondar en nosotros mismos y, simultáneamente, a salir de nosotros y realizarnos en otro: muerte y recreación, soledad y comunión”. Oyendo esta música a la que me referiré a continuación, no parece claro el punto en el que se ahonde en uno mismo, ni en el otro, ni en nada.

Antes bien, parecería que, si las canciones rancheras y demás creaciones populares y tradicionales fueran fidedignas con respecto a la sensibilidad hegemónica, el amor mexicano se trataría de una evasión sin fin, una postergación del propio interrogatorio, una suplantación del otro por un conjunto desarticulado y balbuciente de proyecciones y sublimaciones narcisistas que esconden vacíos imposibles de colmar. Más aún, que por encima de ese drama de seres quebrados con núcleos traumáticos y constitutivamente vacíos, se cierne una cultura incapaz de servir de instrumental para construir sentido a la realidad y construir relaciones intra e interpersonales libres de violencia, sino más bien una nube de símbolos pobres que potencian mitos autodestructivos de desentendimiento de la realidad, omnipotencia misógina, irresponsabilidad, desplazamientos de culpa compulsivos y fanatismo emocional.

Esos símbolos nos incomodan, pese a la dependencia cultural que podamos tener hacia ellos. Repárese en la afectación con la que debe cantarse la música ranchera, el engrosamiento de la voz, las bravatas que hay que lanzar, las poses de una supuesta virilidad exagerada a niveles ridículos – y copiadas incluso por las mujeres que cantan el género –, los ademanes generalmente amenazantes, exclamativos o desdeñosos, o bien, la modalidad totalmente fulminado por la desolación, lánguido, extenuado. La falta de naturalidad en la interpretación también nos quiere decir algo, acaso que no hemos tenido mejor repertorio cultural para manifestar nuestras emociones y que debimos resignarnos a performar un montón de despliegues de autosuficiencia falsa e intentos por intimidar al otro frente al terror que nos provoca que nos haga sentir. O que al exagerar hasta la caricatura las emociones, éstas pierden un poco el filo que nos lacera y se sobrellevan mejor. La música llamada “vernácula” podría ser, en ese sentido, más próxima al amor y al desamor que sentimos que la ensayística completa sobre la mexicanidad.

Y es cuanto. No hay moraleja, sólo pedazos de espejos rotos por doquier para quien quiera mirarse y mirar al otro en ellos.

“Besos de papel”

Palabras. Hablar o escribir buscan comunicar, expresar. El amante busca a su amada, tiende el puente verbal, y a veces la encuentra del otro lado. Puede pasar también que lo que se dice hace el amor por sí sólo y hasta inventa radicalmente al otro.

Pedro Infante: “Te vi sin que me vieras / te hablé sin que me oyeras / y toda mi amargura se ahogó dentro de mí” (Cien años)

Las palabras no llegan. Se emiten, pero no llegan. O llegan, y no se entienden, lo que es una forma dilatada (y ociosa) de decir que no llegan. Las palabras se emiten, sucias, desaliñadas, con esa falta de recato íntimamente ligada al sentimiento (forma psíquica compleja, inefable, aunque expresable, más bien, incomunicable pero aproximable). Las palabras se atacan, se riñen entre los sentimientos y las formas de la racionalidad detrás del amor. Entonces el puente artificial que buscan tender se colapsa o lleva a los amantes a otro sitio. La amada, por otra parte, puede colocar al fondo del puente un fantasma, una quimera, un señuelo que, vestido de llamado o desdén, contenga las formas de la más íntima y sincera correspondencia que el machismo permite en una sociedad donde aún es hegemónico: la de la histeria o el silencio.

Cartas. En ellas se vierte el amor y el desamor, convirtiéndose así en testimonios eternos de esos fulgores fugaces que son los sentimientos amorosos. En este sentido, las cartas son extensiones de los amantes, que llevan al amor por sendas tortuosas, dolorosas o maravillosas, en todo caso fantásticas, que conmueven poderosamente la vida del amor que crece o muere en sus agentes. La carta es, así, apuesta, perdición, gloria, barranco o cumbre del fervor amatorio. En ellas cualquier desliz, cualquier indicio menor, incluso no intencional, rectifica el sentido del texto completo. Una posdata puede bendecir o maldecir, un matiz puede hacer perdonarlo todo, un temblor de la mano que escribe, puede asestar el tiro de gracia, el golpe definitivo, el beso rotundo, el abrazo más profundo, la caricia más deliciosa.

Lucha Villa: “Besos de papel/ se los llevó el viento / Igual igual que en tus cartas / Me jugaste rudo con mis sentimientos” (Besos de papel).

El Piporro: “Mataron a la paloma que te llevaba el recado / por eso siempre pensaste que yo te había abandonado. / El recado se quedó en el pico de una loma / allí, prietita querida, mataron a la paloma. / Por eso aunque pase el tiempo, no me podré perdonar / que habiendo tan buen correo / ¡con quién te lo fui a mandar!” (Mataron a la paloma).

Los pretextos en la era de las redes sociales deberían considerarse como deporte olímpico.

Chava Flores: “Cuando recibas esta carta sin razón, Eufemia / ya sabrás que entre nosotros todo termino / y no la des enrecebida por traición, Eufemia / te devuelvo tu palabra / te la vuelvo sin usarla / y que conste en esta carta que acabamos de un jalón. / No me escrebites / y mis cartas anteriores no si las recibites. / Tú me olvidates / y mataron mis amores los silencios que les dites” (Carta a Eufemia).

Los Alegres de Terán: “Aún se acuerda de mí / aún me tiene cariño. / Una carta recibí / donde reclama mi olvido (…) / Yo no merezco su amor / merezco más su rencor / y aún se acuerda de mí. / Reniego ahora / de toditos mis agravios…” (Aún se acuerda de mí).

“Yo soy tu dueño”

José Alfredo Jiménez “…quieras o no / yo soy tu dueño. / Yo quiero que te vayas por el mundo / y quiero que conozcas mucha gente / yo quiero que te besen otros labios / para que me compares / hoy como siempre. / Si encuentras un amor que te comprenda / y sientes que te quiere más que nadie / entonces yo daré la media vuelta / y me iré con el sol / cuando muera la tarde” (La media vuelta).

Ok boomer.

Derrota amorosa. Interpretación subjetiva en que el dolor ha vencido al amor.

José Alfredo Jiménez “Me cansé de rogarle / me cansé de decirle / que yo sin ella de pena muero. / Ya no quiso escucharme / si sus labios se abrieron / fue pa’ decirme / ya no te quiero. / Yo sentí que mi vida / se perdía en un abismo / profundo y negro / como mi suerte” (Ella).

¿Por qué me dejó? ¿Por qué se esfumó su amor por mí? ¿Qué hice para que ocurriera esto? ¿Qué mensajes no entendí, qué molestias de ella en la relación no quise ver, no percibí? ¿Qué debo hacer para que mi pareja se sienta más feliz? Ninguna de estas preguntas forma parte del cancionero ranchero en un país cuyo “eterno destino por el dedo de Dios se escribió”. Pero sí hallamos esta: “…ya estaba escrito que aquella noche perdiera su amor”.

Javier Solís “Llorarás / llorarás mi partida, / aunque quieras / arrancarme de tu ser” (Llorarás) 

Esta es una de tantas canciones rancheras en las que no se distingue entre destinatario y emisor del discurso. ¿Se lo decía a ella o se lo recetaba a sí mismo como consuelo? No es que sea criticable confesar el sufrimiento ni buscar el consuelo, claro, lo significativo es la forma que adopta en mucho de la canción ranchera: si me duele, alguien más deberá sufrirlo.

“…pero más dichoso yo / que no me hace falta nada”

Omnipotencia charra. Sentimiento de inferioridad sublimada en bravata que suele seguirse del desdén de la amada y una botella de tequila.

José Alfredo Jiménez: “Te vas porque yo quiero que te vayas / a la hora que yo quiera te detengo / yo sé que mi cariño te hace falta…” (La media vuelta).

Cuco Sánchez: “Si la tierra es un jardín / las mujeres son las flores / el hombre es el jardinero / que corta de las mejores. / Yo no tengo preferencia / por ninguna de las flores / me gusta arrancar de todas / me gusta ser mil amores. /Dichoso el hombre casado / que sigue en la vacilada / anda jugando con tres / a escondidas de su amada. / Pero más dichoso yo / que no me hace falta nada / tengo a viudas y solteras / y a una que otra casada” (El mil amores).

El delirio de omnipotencia griega sublimó las fuerzas humanas y creó a los dioses; la omnipotencia alemana parió al Fausto; la omnipotencia americana, a Superman; nuestra omnipotencia mexicana, al charro machín, borracho y despechado.

Pedro Infante “Pa’ de hoy en adelante yo soy malo / sólo cartas marcadas has de ver / y tú vas a saber que siempre gano / no dudes que hasta a ti te haré perder” (Cartas marcadas).

“Mi último fracaso”

Nihilismo. En el amor, la renuncia absoluta a volver a amar, fruto del terror al sufrimiento que genera una experiencia infausta. Usualmente es un estado temporal.

Los Panchos “Sin ti / no podré vivir jamás / y pensar que nunca más / estarás junto a mí. / Sin ti / qué me puede ya importar / si lo que me hace llorar / está lejos de aquí. / Sin tí / no hay clemencia en mi dolor / la esperanza de mi amor / te la llevas por fin”. (Sin ti).

Pedro Infante “Tú serás mi último fracaso / no podré querer a nadie más” (Mi último fracaso).

Javier Solís “Pude ser feliz y estoy en vida muriendo / y entre lágrimas viviendo / el pasaje más horrendo / de este drama sin final” (Sombras).

José José “Qué triste fue decirnos adiós / cuando nos adorábamos más / hasta la golondrina emigró / presagiando el final. / Qué triste luce todo sin ti / los mares de las playas se van / se tiñen los colores de gris / hoy todo es soledad. / No sé si vuelva a verte después / no sé qué de mi vida será / sin el lucero azul de tu ser / que no me alumbra ya. / Hoy quiero saborear mi dolor / no pido compasión ni piedad. / La historia de este amor se escribió / para la eternidad. / Qué triste todos dicen que soy / que siempre estoy hablando de ti / no saben que pensando en tu amor / en tu amor / he podido ayudarme a vivir”. (El triste).

El último grito del nihilismo amoroso, el canto del cisne del corazón, eso se bebe de la copa de “El triste” gota a gota; fascinante confesión de un ser confundido, deshilachado por dentro y por fuera, cuya depresión se ha vuelto personalidad, que ve los signos de su malestar infinito en la naturaleza (los mares, las golondrinas); cuya desolación es percibida por los demás, y que vuelve al triste un ser que presume, muestra indecorosamente al mundo su tristeza y dice: sí, soy triste, pero por tu amor, el amor que me hizo feliz, mediante el cual “he podido ayudame a vivir”. Es decir, el triste sería mucho más triste sin la tristeza de ese amor, o sería más triste sin cualquier amor, sin pasión, sin arrebato. Los motivos del triste son fáciles de interpretar: es un nihilista consumado, un hijo del siglo, una víctima de sí mismo, pero antes de la sociedad, del mundo, de la cultura. ¿Y qué nos queda decirle a ese triste Triste que no tiene en el mundo más que tristear? Aplaudir su tristeza, compartirla con él, abrazarlo y decirle que todos somos tristes, que ese Triste también soy yo, que yo canté esa canción, que José José la tomó prestada de mí, que me la robó, que la cantó sólo para mí. Todo es triste, el Triste y yo, las nubes y el sol, la vida y el sentido de la vida que no existe, que ¿dónde-se-perdió?, que ¿quién-cómo-cuándo me fue robado? Y ahí, en esa extrema miseria del nihilista, del Triste, una chispa hubo, una centella que iluminó su barranco, que le sugirió las cumbres que lo rodean (porque sin cumbres no hay barranco) y que le dijeron o le dicen: mira, eres Triste, pero pudiste no serlo, porque yo estuve contigo. Al Triste, qué remedio, no le queda mayor consuelo ni mayor sentido. ¿Hace eso del Triste un bienaventurado? No, el Triste es siempre triste, pero ello no significa que no pueda ser feliz, en su muy peculiar y triste manera.

José Alfredo Jiménez “…que te den lo que no pude darte / aunque yo te haya dado de todo / Nunca más volveré a molestarte / te adoré, te perdí, ya ni modo” (Que te vaya bonito).

Ojalá que te vaya bonito.


 

Silvano Cantú. Defensor de derechos humanos y melómano de tiempo completo. Twitter: @silvanocantu

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