Juegos de azar, comentarios a Rayuela, por René Flores

 

Es increíble, de un pantalón puede salir cualquier cosa, pelusas, relojes, recortes, aspirinas carcomidas, en una de esas metés la mano para sacar el pañuelo y por la cola sacas una rata muerta, son cosas perfectamente posibles.

Rayuela, capítulo 155

Podré mecanografiar miles de letras y espacios por el resto de mi vida enfrente del ordenador desde el que escribo esto. Toda la humanidad desde los inicios de la escritura ha escrito miles de letras en todas las combinaciones posibles. El mundo es la inmensa biblioteca de Babel de la que hablaba Borges. Si pensamos en los miles de monos encerrados frente a máquinas de escribir, pulsando letras azarosamente, estamos pensando en la historia de la literatura.

París nos envuelve eternamente por las miles de bifurcaciones que llamamos calles. Caminaríamos de la estación de Sèvres-Babylone hasta bajar al Sena, pasando enfrente de la Academia, y en el Pont des Artes la veríamos, de pie, esperándonos sin habernos esperado: La Maga.

Uno de los refritos más grandes de la literatura es esa frase de Rayuela que encontramos hasta en playeras estampadas y termos o tazas para el café: “andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. El mundo en sus infinitas posibilidades nos guiña sonriendo con sus casualidades. El azar, a fin de cuentas, es un conjunto de resultados que convergen sin orden aparente. Aparente.

Para los griegos, todos los dioses, héroes, carpinteros, pensadores y campesinos estamos atados al Dios Supremo, al Hado, al destino. Para ellos no hay espacio para las casualidades sobre la Tierra, todo ya está escrito, lo que fue, eso será, y lo que se hizo, eso se hará; no hay nada nuevo bajo el sol. ¿Estaría atado Oliveira a la Maga?

Los juegos de azar son aquellos que están ligados al mismo. Lanzar una piedra sobre la Rayuela que es París siempre es un juego de azar, no depende de la técnica del salto o de que tengamos cinco o seis años. Podemos atarnos a lo impredecible y buscar cualquier número que nos rodee, abrir nuestra Rayuela y encontrar esa frase que nos conmueve hasta el alma, que nos hace llorar.

Sí, pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette, saliendo de los portales carcomidos, de los parvos zaguanes, del fuego sin imagen que lame las piedras y acecha en los vanos de las puertas

Capítulo 73

Al abrir un libro siempre nos buscamos a nosotros mismos: no es casualidad que tomemos al libro como se toman los espejos y leamos como indígenas maravillados por occidente. Oliveira siempre está buscando a La Maga, aunque él siempre está buscando, buscando la búsqueda; llega a encontrar a La Maga en la pareja de un amigo de Buenos Aires, del lado de acá.

Se habla de Rayuela como el libro de la búsqueda y no como el libro del azar. Un poco de este numeró los capítulos como los tenemos, el azar permitió a Cortázar encontrarse con una amiga en las calles de París en eso que llamamos “mundo real”.

La eventualidad te permite encontrar el capítulo que crees necesitar, la morelliana que justifica la obra, la canción que escuchaste una vez en la radio, encontrar a La Maga. Vingt ans d’amour, c’est l’amour fol. Ese amor loco del que nos hablaba Bretón es el mismo que nos mantiene atados al azar. El azar nos separa de toda intervención artificial, rompe las barreras que nos separan de nosotros mismos, destapa el otro lado que se intentaba deslumbrar con la escritura automática de los mismos surrealistas.

Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.

Capítulo 1

¿Qué es el destino sino una manera de llamar al azar? ¿Dios no juega a los dados? No hay que decirle a Dios qué hacer.

De un tornillo a un ojo, de un ojo a una estrella. Cortázar advierte que la lectura es caótica, y dentro de ese caos encontramos un orden. Cortázar advierte que la lectura no es la tradicional del libro activo y lector pasivo. Desde un capítulo de sexo en glíglico y notas pedantísimas a un poema de Octavio Paz y una nota periodística de niños que se atoran los testículos en el cierre del pantalón. El relato es discontinuo, se rompe el espejo en mil pedazos y logramos encontrar figuras en el caleidoscopio. Merde alors, el cinocéfalo, la muerte de Rocamadour, honneur des hommes, los mil de ojos de Argos.

El riesgo de Rayuela está en su orden, desorden, la estructura del juego, el montaje. El tarot de Marsella tiene cientos de años más sobre la Tierra y se lee de la misma manera que la obra de Cortázar. El tarot volvió loco a un rey de Francia. Rayuela también es un libro sobre la locura. “Le mat” del mismo tarot se puede asociar a Oliveira durante la lectura de la contranovela. La carta, ausente de número, lo desvela ajeno de este mundo. El futuro del loco está vacío y va sin rumbo fijo, se aleja al azar; por lo que se cree que el animal que aparece junto a él (puede ser La Maga, o Rocamadour, o Etienne o Morelli o cualquiera), le muerde para frenarle, ya que intuye que el loco va hacia el vacío. Tarot de claves olvidadas que unas manos gotosas rebajan a un triste solitario.

De París al circo, del circo al manicomio. Existe en Oliveira un azar ontológico que lo lleva a lanzarse al final de la rayuela desde un piso del manicomio, la locura. Un amigo que me leyó la mano y me ató al destino con un hilo rojo me dijo que la carta más fuerte del tarot es la del loco.  

Sería wikipedesco reducir la contranovela a la relación amorosa entre Oliveira y la Maga, las reuniones del Club de la Serpiente, las notas de Morelli, el lado de aquí y el lado de allá.  El indeterminismo en Rayuela es inherente al libro mismo. Desde el nombre (el juego) al tablero de dirección (el montaje cubista de aparente originalidad) y el mismo Cortázar (el cronopio mayor). Los miles de monos siguen escribiendo poemas de Shakespeare. ¿Encontraría a La Maga?


Para llegar al cielo necesitamos dos cosas: un gis y una piedra. Tome el gis y dibuje primero tres cuadrados numerados, uno encima del otro; después dibujará dos iguales sobre ellos organizados horizontalmente, es decir, el cuadrado número cuatro y el cinco a un lado del otro; el sexto lo dibujara como los primeros tres, centrado; el séptimo y octavo estarán de la misma manera que el cuatro y el cinco; el noveno repetirá el orden del sexto; al final, la décima casilla la dibujará en forma de círculo o medio círculo (depende del gusto del autor) al final del diagrama anteriormente dibujado y a esta casilla será llamada “cielo”.

Aquí ofrezco dos opciones de juego; la primera y más tradicional dicta que debe usted lanzar la piedra sobre las casillas en el orden numérico asignado y debe de brincar sobre ellas en un solo pie evitando tocar la casilla con la piedra, ida y vuelta. La segunda, y más libre, que propongo es que lance la piedra a ver adónde cae (claro, dentro del diagrama) y evite esa casilla. El tiempo de juego depende del jugador.


René Flores. Escribidor ocasional. Dadaista de corazón. Tapatío de esos que odian su ciudad pero que no se largan porque la ciudad los tiene atrapados. Creo que soy un hombre dramático y por eso me gusta la poesía. Aunque la gente crea que no, soy bien barrio. Fui colaborador de la revista de SEMS, Vaivén; y de La Pinche Revista. Si hiciera música sería como Baco Exu do Blues.

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