Malgré tout | Rosario Castellanos: cara y cruz

Por  Nancy Hernández García

¿Cómo es que una empieza llorando y termina muerta?, preguntó la poeta Dolores Castro en su conferencia durante el encuentro literario que lleva su nombre, en la ciudad de Aguascalientes, una tarde de marzo del año pasado. La pregunta fue su respuesta a cómo había sido su niñez y su posterior descubrimiento de la poesía; esto nos lleva inmediatamente a la canción de José Alfredo Jiménez que dice “comienza siempre llorando y así llorando se acaba”, refiriéndose también a la vida. ¿Pero qué tiene que ver esto con Rosario Castellanos? Para empezar, Dolores Castro fue su amiga y compañera de escuela, la conoció muy bien y la admiró. Menciono “Caminos de Guanajuato” porque es la canción a la que solemos recurrir los mexicanos cuando la vida nos da un revés; encontramos consuelo plañendo.

La vida de la escritora y diplomática no fue precisamente una lamentación eterna, pero tampoco saboreó por mucho tiempo la miel que esta vida ofrece. Castellanos nació en la Ciudad de México el 25 de mayo de 1925, en el seno de una familia de buena posición económica y social; al poco tiempo de su nacimiento, se mudaron a Comitán, Chiapas, donde creció, en la hacienda de su familia y al cuidado de su nana indígena, pues sus padres se dedicaron a llevar el luto por el hijo muerto. Es en esta primera etapa de su vida que Rosario ampezó a cargar una pesada cruz que la acompañaría por el resto de su vida, los motivos fueron distintos del INRI pero igual de significativos; a veces, la etiqueta fue el rechazo de los padres, sobre todo de la madre, quien le dijo que hubiera preferido que se muriera ella y no su hijo, o el recuerdo que caía como sombra, por lo que cualquier alegría estaba negada para la familia: si el padre por alguna razón sonreía, la madre inmediatamente le decía “acuérdate” y la nube negra volvía a posarse sobre ellos. La inseguridad se arraigó en la adolescente que creció en ese ambiente lúgubre, donde además fue testigo de la gran desigualdad entre su familia y las demás familias de su comunidad, pues Comitán es una región indígena. ¿Qué podía hacer esta frágil Rosario Castellanos?

Para continuar con sus estudios, Castellanos regresó a la Ciudad de México y se inscribió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, con sede todavía en el edificio de Mascarones. Allí conoció a los escritores Jaime Sabines, Augusto Monterroso, Ernesto Cardenal, compartió con Dolores Castro y conoció a Ricardo Guerra, quien fuera su gran amor pero también su torturador emocional y sentimental.

Tras la muerte de sus padres, a finales de los cuarenta, la escritora quedó limitada financieramente y su depresión se tornó más profunda, sin embargo, esta situación generó en ella una enorme necesidad de autoexploración, la búsqueda de su propio ser y función (o misión) en esta vida. ¿Valía la pena tanto sufrimiento? No pretendo dar una imagen de mártir de la escritora, no obstante, es difícil ignorar que Rosario semeja un pararrayos de la desgracia.

Para sobreponerse y darle un sentido a su existencia, la poeta continuó con sus estudios universitarios, se grauó de maestra en Filosofía con la tesis Sobre cultura femenina y viajó a España junto con Dolores Castro para cursar estudios de Estética con una beca del Instituto de Cultura Hispánica. En este esfuerzo por la vida, Castellanos comenzó a escribir poesía; la literatura había sido su refugio desde siempre y en la poesía encontró el lugar de enunciación para verterse pero también para hablar por los sin voz, sobre todo por las mujeres, pues dentro de la desigualdad entre indígenas y no indígenas, la de hombres y mujeres era igual o más atroz, pues en su época ser mujer prácticamente equivalía a no existir, por eso la madre lamentó profundamente la muerte de su hijo varón. Se dedicó desde la literatura a la defensa de los derechos de las mujeres, volviéndose un símbolo del feminismo en Latinoamérica, y también trabajó en la alfabetización de los indígenas a través del Instituto Nacional Indigenista.

En su obra se reflejan esos dos aspectos. Balún Canán es una novela narrada por una niña que tiene una vida semejante a la de Castellanos: crece en una hacienda chiapaneca al cuidado de su nana y también sufre el estigma de sobrevivir al hermano. En opinión de Carlos Monsiváis, “la literatura de Castellanos es autobiográfica, no en el sentido de textos que transcriben hechos y situaciones muy personales, sino en el de la elección del personaje poético y, con frecuencia, del personaje de la narrativa como el depositario de la vida verdadera de la autora”. La observación de Monsiváis es certera: en los relatos la voz de autora se escucha mezclada con la de los personajes femeninos que son ferozmente críticos y sarcásticos, y, por si fuera poco, estas mujeres también se atreven a expresar su insatisfacción y deseos sexuales; lo primero, en este fragmento de “Lección de cocina”:

Del mismo color teníamos la espalda, mi marido y yo después de las orgiásticas asoleadas en las playas de Acapulco. Él podía darse el lujo de “portarse como quien es” y tenderse boca abajo para que no le rozara la piel dolorida. Pero yo, abnegada mujercita mexicana que nació como la paloma para el nido, sonreía a semejanza de Cuauhtémoc en el suplicio cuando dijo “mi lecho no es de rosas y se volvió a callar”. Boca arriba soportaba no sólo mi propio peso sino el de él encima del mío. La postura clásica para hacer el amor. Y gemía, de desgarramiento, de placer. El gemido clásico. Mitos, mitos. […] Hace un año yo no tenía la menor idea de su existencia y ahora reposo junto a él con los muslos entrelazados, húmedos de sudor y de semen.

Lo segundo, en este de “Los convidados de agosto”:

Emelina depositó la toalla en su lugar y respiró profunda, burlonamente. Después, erguida, ante el espejo del armario, fue examinando, con lentitud, su desnudez.

Conocía su cuerpo centímetro a centímetro. Y gracias a la contemplación cotidiana, los cambios que iba sufriendo le pasaban inadvertidos.

Para la época de Rosario Castellanos, esta expresión del deseo sexual y la insatisfacción femeninos debió ser motivo de escándalo. La mujer no fue puesta en el mundo para hablar de esas cosas, sino para engendrar y criar, atender y obedecer.

De este modo, la poeta se convirtió en precursora del feminismo, llevando sus ideas hasta sus máximas consecuencias, pues para ella ser mujer no era sinónimo de ama de casa o esposa o madre, debía haber algo más, puesto que la anatomía femenina también tiene un cerebro, entonces, la mujer también tiene la capacidad de generar sus propias ideas, pensamiento. Sin embargo, el clima intelectual en el que se desenvolvía parecía ponerla (a ella y a todas las que siguieran sus pasos) ante un verdadero dilema: ser intelectual, es decir, renunciar a la maternidad y el matrimonio, o bien, ser madre y renunciar a su potencial intelectual. Una auténtica encrucijada que se sumó a la depresión que de por sí sorteaba, no obstante, se mantuvo firme en su postura de darle dignidad al hecho de ser mujer buscando otro modo de ser mujer. Este otro modo era demasiado ambicioso, pues significaba la reunión de ambas partes de la ecuación: intelecto + maternidad (hogar).

Este aspecto de su vida no fue exitoso ya que, a pesar de haberse casado con Ricardo Guerra, quien fuera su gran amor, el matrimonio tuvo muchos problemas por las constantes y descaradas infidelidades del filósofo. La maternidad también parecía negársele; sufrió abortos involuntarios antes del nacimiento de su único hijo. Una década después se divorció y continuó con su carrera intelectual.

Su escritura es abundante: cuento, ensayo, poesía, novela, teatro, crítica literaria. El centro, tema u obsesión de esta fue la mujer mexicana, pues, como reflexiona en Sobre cultura femenina, “Muchos autores han querido hacer de la mujer una especie de poder tras el trono o de diablo tras la cruz, y de la cultura una especie de enfermedad que, como la hemofilia, las mujeres no producen pero transmiten”. Convencida de que la cultura y el ámbito intelectual no eran un lugar prohibido para las mujeres, dedicó su esfuerzo a abrir paso a las mujeres que vendríamos detrás y que, como ella, también queremos participar de la cultura y el pensamiento, de la libertad de elegir ser madres y/o esposas o únicamente escritoras, pero aun así estar seguras de que somos mujeres completas y valiosas.

Finalmente, el acto que le valdría el destierro disfrazado de trabajo diplomático fue su osadía de pronunciar el discurso enfáticamente feminista ante la presencia del más represor de los presidentes mexicanos del siglo pasado, Luis Echeverría, “La abnegación, una virtud loca” con motivo del Día Internacional de la Mujer en 1971.

El 7 de agosto de 1974 en Tel Aviv, Israel, al encender una lámpara cuando salió de bañarse, murió víctima de la fuerte descarga eléctrica. ¡Ironías de la vida! La mujer que se empeñó en ir más allá del lugar que por su género le correspondía, murió en un accidente doméstico.

 


Nancy Hernández García (Cuautla, Mor., 1990). Maestra en Letras Mexicanas, interesada en la literatura mexicana del siglo XX; escribe la columna “hojasueltas” de la revista digital Amarcafé y lee poesía en sus ratos libres. Ganó el Premio Bitácora de Vuelos 2018 en la categoría de Ensayo con el libro Palabra e imagen en Morirás lejos: Un acercamiento a José Emilio Pacheco, mismo que se acaba de publicar.

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