Cinco poemas de Jocelyn García

Saldo al corte

A veces quisiera rendirme,
no matarme…
aceptar que no soy un adulto funcional
que todo me sale mal
que llevo días comiendo lo mismo
viviendo a medias
y endeudandome más.

Intereses, pago, servicios,
comida, pastillas, transporte…
Todo mal.
¿Al día?, ni eso.

Aceptar la derrota
regresar al lecho familiar
a costa de mi libertad y salud mental…
a costa de la vida quizá.

A veces quisiera rendirme
y entregar lo que queda de mi juventud
al mejor postor, aunque me dé asco,
que me saque de vivir todo el tiempo
preocupada por el dinero,
por el puto dinero.

Qué más quisiera que vivir de mis letras,
de estas letras.
Ir siquiera al día, sin preocupación.
Poder tomarme un trago sin sentir culpa
o pena de mí misma por lo que sacrifico.

Se me va la vida, la tinta, la juventud
y con ello mis ¿mejores años?
¿se supone que esto es lo mejor que hay?
A veces quisiera matarme.

 

Fiesta bajo mi falda

El prozac me pone muy horny.
Los vatos que usé para olvidarte trataron de enamorarme
pero el amor no me entra por la vagina.
Mi humedad extraña tu calor y destreza
El zurdo que me masturba con la diestra.

 

Estroxitocina

Me desestabiliza el pensarte, el quererte…
No por el hecho en sí
Sino porque me he convertido en todo lo que detestaba:
La chica enamorada que siempre quiere más.
La eterna soñadora frustrada.
Una bomba de hormonas y berridos a punto de estallarte en la cara

 

Michifuz

Tu bigote en mis mejillas.
Nos estiramos sincronizadamente.
Te cargo en brazos y beso tu nariz.

Mi lecho ya no es frío
lo calienta tu gatunez
y el masaje mutuo de panzas.

Odias la tecnología que te destierra de mis brazos
y monopoliza mi atención.
Sé que ha sido demasiado
cuando te restriegas en mi rostro y vuelan mis gafas.

Tu bigote es el centro del universo
y enmarca la armonía de tu purrr.

Yo no sé si te pareces a mí
pero sé que me redescubro contigo.

Somos apapacho
felicidad de acurrucarse
fusión de latidos
ronroneo infinito.

 

Marca de agua

Está idealizada la imagen del rimel corrido, sea por buen sexo o por llanto.
En el primer caso, el rostro tan cuidadosamente adornado se transmuta en un orgasmo, los ojos cerrados friccionan las pestañas y tras un suspiro largo la sombra negra pinta la ojera. No solo es el rimel, es el cabello despeinado, la piel rosácea y la boca antes enjugada ya seca de jadear.

En el segundo, el lagrimal retiene una pequeña gota que después es un estanque de sal; un nudo en la garganta lo mantiene amarrado, una vez que se desata no hay marcha atrás, se crean corrientes que buscan su cauce entre las mejillas y comisuras. El jugo del dolor o tristeza, quizá de angustia o coraje, moja la piel y la reseca. Nariz y pómulos se hinchan y enrojecen, la marca de agua deja evidencia de su andar.

Prefiero mis ojos pequeños a medio despertar, limpios, sin ninguna evidencia de gozo o sufrimiento. Fresca con la piel tersa, con el olor más puro: el de mi propia existencia, sin corrupción de nada, de nadie.

 


Jocelyn García Contreras, Ciudad de México, México. (H)artista multidisciplinaria, miembro del colectivo feminista Colectiva Oleaje, pasante de Lengua y Literaturas Hispánicas en FFyL, UNAM, practicante de trabajo colaborativo y redes de apoyo comunitario, especialista en feminismo, literatura y cultura novohispana y literatura infantil y juvenil. “La ternura radical como bandera de empatía”.

Publicaciones periódicas en: https://colectivaoleaje.com/

 

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