Cuento | Quien tenga ojos para ver, por Ana Navarro

[Cuento ganador del concurso El cuento en cuarentena por “la forma en la que reconstruye la cotidianidad del ama de casa, su sensibilidad y el uso de los elementos detectivescos en un argumento alejado de este estilo” y por “su lenguaje tan sencillo que hace natural el artificio”]

Entrevista a Ana Navarro por su cuento “Quien tenga ojos para ver”

 

Ya tengo la cafetera al fuego. Cuando empiece a chillar, el sol y yo tendremos la certeza de estar despiertos. Manuel volvió a llegar tarde anoche. Me empiezo a cansar de hacer cenas para mí, porque los chicos también tienen sus excusas: que si me quedo a estudiar en casa de fulanito, que si tenemos un trabajo de grupo. En cambio, Manuel es una persona de costumbres y, aunque no tengamos nada nuevo que decirnos, en nuestro matrimonio cenar uno con el otro cuenta como actividad en común. Estos días tiene horarios un tanto extraños. Se ha cortado el pelo sin que yo se lo recordara y me ha dicho que le gustaría ir al gimnasio.

En la penumbra de la calle observo desde la ventana al mismo grupo de personas en la parada de autobús. Están las dos señoras parlanchinas, la chica que no para de bostezar y el hombre que lleva un pantalón multibolsillos azul marino. En lo que pongo azúcar al café y dejo la cucharilla en el fregadero, llegará el autobús. El adolescente de la mochila verde aparecerá por el final de la calle corriendo y, con suerte, logrará subir al vehículo. Lo consigue tres de cada cinco días; sin embargo, hoy el cuarentón de los pantalones multibolsillos se ha quedado en la parada. He esperado ver qué decide hacer. Él solo mira su reloj. Se sienta, tengo ganas de saber qué pasará, pero me voy a planchar.

Vuelvo junto a la ventana con la excusa de tomar un vaso de agua sin dejar de prestar atención a lo que me cuenta ese marco en la pared que da al mundo. Tal vez oiga al hombre parando un taxi. Miro con discreción. Ahí sigue, como si nada. Mientras calculo lo que le queda para el siguiente autobús, se levanta de forma repentina y comienza a caminar en la misma dirección por la que había venido. Me asomo sin pudor y observo cómo gira en la esquina. ¿Será que hoy no le tocaba trabajar y se ha dado cuenta estando en la parada?, ¿por qué ha esperado tanto? Me parece extraño. A la mañana siguiente poco menos que echo a Manuel y a los chicos. Uno al trabajo, los otros a la universidad. Manuel obedece casi con agradecimiento. Qué cosas, si yo hiciera las horas que él hace en la empresa estas semanas, estaría racaneando hasta el último segundo antes de entrar a fichar. Y luego están mis hijos, dice el pequeño que estoy rara, que no lea tanto. ¿Qué sabrá él de la vida de su madre? Ninguno lo recuerda; sin embargo, hubo una época en que alguien creyó en mí, hasta yo misma creí. Luego vino una barriga y me lo arrebató todo. Pero solo a mí.

Mientras sereno los pensamientos, abro la ventana. Allí debajo están todos los actores en sus posiciones. Incluido el hombre calvo con el multibolsillos. Hoy me he fijado con atención mientras hacía como si limpiara las gafas a la luz de los primeros rayos de sol. Lleva un polo azul marino, del mismo color que los pantalones, y unos zapatos de puntera reforzada como los que tuvo Manuel en la fábrica hasta que ascendió y lo asignaron a la oficina. Llega el autobús y se vuelve a marchar sin él. Me resulta curioso que se entretenga mirando a la gente que pasa por la acera mientras yo lo observo. Si levantara la vista, podría verme aquí enfrente. Atenta a lo que decida hacer. Se incorpora al cabo de quince minutos y desanda el recorrido que había hecho un buen rato antes. Yo también he de seguir.


Confirmado. Hoy se ha ido casi a la misma hora que ayer y los días anteriores. Mientras preparo la salsa para la carne empiezo a elaborar mi teoría: este hombre oculta algo y hace tiempo en la parada para no ser descubierto. Creo que es solo una excusa que le permite ser visto por muchos testigos. No me voy a meter en problemas salvo que presencie algo extraño y peligroso. Me siento como James Stewart en La ventana indiscreta, solo que con el glamour que puede dar limpiar los baños.

Manuel dice que estoy como ausente y enseguida le he reprochado que para ausente él. Por lo visto seguirá con este ritmo de trabajo. Es cierto que, mientras intentaba explicarme el porqué, yo pensaba en el tipo de los pantalones multibolsillos. Mañana cumplirá tres semanas de paripé. No me siento desdichada con Manuel. Estoy cómoda, igual que en el sofá, porque lo elegí yo y me gusta acurrucarme en él mientras leo. Pero, volviendo al asunto, reconozco que me mantiene distraída, quizá un poco sedada respecto a mi vida y en cierta manera lo agradezco, es un descanso.


Manuelín me ha traído una marca de café distinta a la que usamos. Dice que se lo ha recomendado una amiga de la facultad. Le he mirado de aquella manera y, sin darme tiempo a decir nada, me ha pedido que no le preguntara. En esta casa cada día andamos más lejos los unos de los otros.

Me he duchado y arreglado antes de poner la cafetera al fuego. Es como ir al cine, pero de amanecida. El principio me lo pierdo porque me recuerda al día de la marmota. Luego lo observo a él: tan tranquilo haciendo tiempo hasta que se marcha. ¿Por qué?¿Para qué? He pensado en seguirlo; sin embargo, si alguien me contara que sigue a un desconocido solo porque lo ve en una parada de autobús todas las mañanas aunque no coja ninguno, pensaría que está mal de la cabeza. Aunque tampoco sería descabellado que yo saliera a la misma hora en la misma dirección si tuviera algo que hacer. Simple coincidencia. Tal vez hasta acabáramos hablando y descubriendo que tenemos cosas en común.


Le llamé a la oficina y no lo cogió. Eran las nueve de la mañana. Manuel me había dicho que no tenía tiempo ni de ir al baño, así que insistí y no obtuve respuesta ni a la cuarta ni a la quinta. Quería pensar que me devolvería las llamadas cuando viera los avisos en el teléfono. En realidad, no tenía nada que decirle, solo una fuerte necesidad de escuchar su voz desde la empresa. Sentía que, si descolgaba el teléfono y le oía hablar, por fin calmaría esa ansiedad que llevaba alojada en el pecho desde hacía semanas.

Me senté a leer uno de los libros de geometría de mis hijos mientras esperaba. Podía llamarle al móvil, pero necesitaba que me devolviera la llamada desde la oficina. Me resultaba imposible concentrarme en las figuras y los ángulos, así que me fui al dormitorio. Recordé que en el armario acumulaba mucha ropa bonita con la que ya nunca me vestía. Lo cierto es que andaba todo el tiempo con camisetas viejas de mis hijos con la excusa de las tareas domésticas. Y eso, como diría mi hermana, también afecta a la autoestima. Si te vistes como una mendiga, te lo acabas creyendo. Me puse a rebuscar y saqué algunas prendas para tenerlas a mano cuando me levantara al día siguiente.

Todo fue silencio hasta la madrugada, cuando noté un olor mezcla de colonia, sudor y alcohol muy cerca. Entonces decidí que la conversación la tendríamos conmigo bien arreglada. No a la misma altura de dejadez.

La excusa de Manuel era la habitual: trabajo. Ni siquiera le miré mientras hablaba. Prefería no hacerlo. Ya vería hoy las llamadas perdidas en el teléfono de la oficina, si es que iba. Me giré hacia el armario pensando únicamente en la ropa que había dejado por fuera la noche anterior, no quería prestar atención a su tono de voz ni a las palabras. Me puse una blusa que, con franqueza, me hacía un escotazo. No entendí porqué dejé de ponérmela y Manuel no entendió porqué me la estaba poniendo. Trató de iniciar una discusión absurda. Ya lo tenía calado y no iba a seguirle el juego. Nos despedimos con la mirada. Los chicos se habían ido en cuanto escucharon los primeros gritos. Me fui a la cocina y empecé a llorar mientras preparaba la cafetera. Fue un llanto muy profundo. Se llevaba el aire de mis pulmones.

Regresé al dormitorio y me sequé la cara con rabia, ¿acaso era mi culpa? Yo no quería ser la señora de nadie como mi madre o mi hermana. Y encima me había tocado un tipo arruinado como Manuel. Suspiré decidida a regresar al modo automático como si fuera una cámara fotográfica. Busqué un carmín y volví a la cocina. Me serví el café frente a la ventana y rogué para que el hombre que no iba a trabajar mirara hacia arriba y me viera al otro lado. Pero cuando lo observé fijándose en el reloj, supe que la función había llegado al final y que la vida seguía su curso. Hoy me tocaba limpiar las ventanas. Apreté los labios antes de quitarme la blusa.


No dejé que sonara el despertador. Me giré hacia Manuel y le toqué en el hombro con suavidad. Él, que también había dormido de espaldas, se dio la vuelta y me miró fijamente. Luego suspiró y me acarició la cara. Supongo que fue suficiente para los dos, porque nos levantamos y repetimos las mismas rutinas. Bueno, las mismas no. Manuel le había cogido la colonia a Miguel. En otro momento, me hubiera hecho gracia, pues lo normal es que sean los hijos quienes tomen prestadas cosas de los padres y no al revés. Miguel, tal vez por ser el pequeño, no se lo tomó a mal. Al contrario, creo que se sintió orgulloso. Yo me vestí y esperé a escuchar el portazo para arreglarme y ocupar mi lugar mientras la cafetera gritaba: ¡acción!

El autobús pasó. El hombre miró el reloj y, a su hora, partió sin levantar la vista. Si lo hubiera hecho, le habría saludado y, si me hubiera devuelto el saludo, tal vez le habría invitado a hacer tiempo tomando café en mi cocina. Fregué la taza y al rato llegó un coche. Lo supe porque en ese momento ponía una sartén quemada junto a la ventana. Se me había pasado la fritura mientras hablaba sola. Me sentía ridícula vestida y maquillada como en un anuncio mientras pelaba ajos y cebolla. Aquel tipo no era de fiar, ¿para qué quería saludarle?, ¿qué pretendía con eso? Se me iba la cabeza más que a Manuel.

En la parada estaba el chico de la mochila verde, hoy había perdido el autobús. El coche se detuvo y de la puerta del conductor descendió una mujer a toda prisa. Preguntó al joven si había visto a un hombre alto, calvo, vestido con camisa y pantalón azul de trabajo. Él negó con la cabeza. La mujer insistía, pero no servía de nada. Sentí lástima y le grité que se había ido. Ella al principio dudó buscándome a su alrededor. Insistí y entonces me vio en la ventana. Enérgica le repetí que se había marchado. Intentó contestarme, aunque con el ruido del tráfico solo intuí que me preguntaba por el autobús. Negué con la cabeza y esperé a que los semáforos se pusieran en rojo para evitar el bullicio y decirle que él ya no cogía ningún transporte y que volvía caminando por donde había venido. Ella hizo un gesto de desaprobación. Su marido subía al autobús allí mismo todas las mañanas, de haber hecho el camino de vuelta hacia su casa, se habrían visto, pues ella salía más tarde hacia la oficina. Yo no le respondí. Me asustó verme reflejada en aquella mujer y pensar que la engañaban y se dejaba engañar con gusto.


Durante tres días decidí quedarme en la cama y levantarme más tarde. Miguel fue el único que vino cada mañana a darme un beso antes de irse. Me preguntó si estaba enferma o deprimida. Mi niño, todavía seguía teniendo un papel principal en su mundo.

No tenía ganas de saber nada de aquella historia ni de la mía. Estaba claro que el hombre del multibolsillos engañaba a su esposa y era bastante probable que regresara a su casa una vez ella saliera con el coche. Quizás no quería contarle que había perdido el trabajo o que estaba haciendo algo que ella desaprobaría.


No habría un cuarto día zombi. Yo no era así. Me levanté como de costumbre y cada uno salió de casa lo más rápido que pudo. Cuando todo quedó en silencio me acerqué a la ventana de la cocina. Estaba intrigada, pero al mismo tiempo temerosa. ¿Y si resultaba que aquel tipo era un psicópata asesino que torturaba mujeres mientras su esposa hacía informes y fotocopias hasta las seis de la tarde? Tal vez me estaba pasando. Levanté el cristal de la ventana sin apenas hacer ruido y lo vi. El autobús avanzaba por la calle y los de siempre se preparaban haciendo la cola. Entonces, sonó el teléfono en el pasillo. Tuve que saltar sobre la bolsa de basura que los chicos habían olvidado tirar. Era Manuel, el coche se le había averiado y estaba esperando la grúa. Llegaría tarde a trabajar y más tarde aún a casa. Me limité a contestarle con un suspiro resignado y colgué sin darle tiempo a decir más. Observé la bolsa casi reventando y sonreí. No era culpa mía. Las circunstancias me obligaban a salir. Los contenedores estaban en la misma esquina donde él doblaría la calle.

Era su hora de comenzar a andar cuando abrí la puerta del edificio y lo vi enfrente, poniéndose en pie. Caminé despacio, casi en paralelo a él, hasta el semáforo que aún estaba en rojo para los peatones. Cuando cambió a verde crucé y continué sin forzar el paso. Me acerqué a los contenedores, lo vi girar y continuar por la calle de edificios que llevaban a una zona residencial. Metí las manos en el abrigo después de tirar la basura y le seguí. Me tentaba la risa a cada paso. Hacía tiempo que no me emocionaba con nada de aquella manera. Ni tan siquiera había pensado qué hacer o decir si me descubría. Tal vez todo aquello solamente era una estupidez, pero me reiría mucho más cada mañana cuando lo viera desde la cocina y recordara el día que jugué a ser detective.

Manuel y su historia del coche pasaron por mi mente. De repente sentí remordimientos. ¿Estaba más interesada en averiguar lo que hacía un desconocido con su vida que en lo que hacía mi marido? Me detuve pensando en volver; sin embargo, me pregunté para qué. Yo ya sospechaba lo que hacía mi marido y no quería saberlo. Seguí andando más decidida. Habíamos llegado a la zona de viviendas adosadas, con sus aceras amplias y desiertas. Mi presencia se hacía tan evidente que decidí hacerme con el folleto que colgaba de uno de los buzones mientras él seguía andando. Así dejaba algo más de distancia. Entonces escuché el claxon de un coche. Un toque tan familiar que di un respingo e inmediatamente pensé en Manuel.

Mientras ponía algo de lógica en mis pensamientos desconcertados, el vehículo pasó de largo y el conductor volvió a hacer sonar la pita. El hombre del multibolsillos se detuvo. El otro le hizo una seña desde el interior del coche. Yo me agaché para quedar escondida detrás de los vehículos aparcados. Quería verlo con mis propios ojos. Al sentarse en el asiento del copiloto, el cuarentón con ropa de trabajo había girado la cara hacia el conductor y ambos se había besado con intensidad. Con la misma intensidad que mis ojos reconocían la matrícula y el perfil de Manuel.


Texto: Ana Navarro (Islas Canarias, España, 1975). En 2016 comenzó a publicar a través de facebook.com/ananavarromoraless, participó en los libros Perdone que no me calle (2017) y Nubes de relato (2018). Finalista del V Certamen de Microrrelatos Fantásticos y de Terror del Projecte Cotxeres-Casinet (Ayto. Barcelona), IV Concurso de microrrelatos Hotel Montreal (2018) y VI Premio de microrrelato Manuel J. Peláez (2018). En 2018 ganó el VII Concurso de relato breve del municipio de El Sauzal. Pueden leerse algunos de sus microrrelatos en Brevilla, Diversidad Literaria, La Sirena Varada, Papenfuss y Plesiosaurio.

Ilustración: Cyntia Kent. Licenciada en comunicación social de la Universidad Autónoma Metropolitana. Actualmente se dedica a la producción audiovisual y al diseño, sin embargo, dedica sus tiempos libres a la ilustración digital.

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