Malgré tout | Llama que se devora a sí misma

La pasión es implacable como el infierno.

El Cantar de los Cantares

¿Por dónde empezar? ¿Por sus arrebatos de pasión?, ¿sus pinturas casi infantiles, pero violentas o por lo obvio: sus impresionantes ojos verdes? ¿La llamo Carmen Mondragón? No, muy pocos sabrían de quién hablo. En cambio, si escribo el nombre con el que la bautizó su gran amor, el amable lector continuará la lectura hasta el punto final.

Nahui Olin, dos palabras nahuas con la sonoridad del trueno cuya poseedora tenía la belleza imponente de Medusa. Nahui Olin, Nahui Olin, conjuro para invocar la pasión, el amor y la lujuria. Nahui Olin, mujer-inspiración-locura-fuego… Conocida desconocida porque su existencia consta en actas por haber protagonizado junto al vulcanólogo Gerardo Murillo (Dr. Atl) uno de los amores más escandalosos del siglo pasado y, en su vejez, por ser mito y sombra. Ella y Pita Amor son las mujeres mexicanas más llamativas del xx por haberse atrevido a vivir con libertad, cosa que parecía exclusiva de los hombres, por lo que fueron señaladas y luego sepultadas bajo la pesada losa del decoro.

Nahui Olin nació como María del Carmen Mondragón Valseca el 8 de julio de 1894 en la Ciudad de México, hija del general Manuel Mondragón, fiel servidor de Porfirio Díaz, quien en aras de profesionalizar a su ejército, lo mandó de 1857 a 1905 a Francia. El general hizo aportes al diseño de armas mientras su hija se educaba en las artes. Aquel pasó a la Historia de México como uno de los máximos villanos entre cuyos crímenes se encuentra el haber dado “la orden de viviseccionar a Gustavo Madero con una brutalidad que iguala las monstruosidades de la guerra de Bosnia – Herzegoviana y es, por lo menos, corresponsable en el asesinato del presidente Madero y el vicepresidente Pino Suárez”, además de acusársele de robos al gobierno que, de haber sido ciertos, su hija no habría vivido en la miseria más de la mitad de su vida; sin embargo, el crimen más atroz es el que la crítica de arte Raquel Tibol señala en la fotografía de bodas de Carmen con el pintor Manuel Rodríguez Lozano: “huellas de una doble complicidad sexual”, es decir, incesto, relaciones sexuales con su hija y con el marido de esta.

El matrimonio de Carmen y Rodríguez Lozano fue efímero y se dice que no se consumó, pues el pintor era homosexual, razón por la que también atormentó a Antonieta Rivas Mercado al no poder corresponderla; no obstante, hubo un hijo dentro del matrimonio al que se dice que la propia Carmen asfixió en la cuna, motivo para que Rodríguez Lozano terminara el matrimonio y decidiera ser pintor, ya que antes su aspiración era hacer una carrera diplomática impulsada por las influencias del general Mondragón. Matrimonio por conveniencia o por amor o por lo que fuera no está claro, lo que sí es que fue uno de los primeros descalabros de la escritora.

Pareciera que, al negársele la posibilidad de ser esposa y madre, lo único que le quedaba era ser mujer pues,

fue la más bella de su época, belleza tanto más notable cuanto que ha resistido la erosión del tiempo y de las modas que vuelven grotesco lo que apenas ayer nos parecía maravilloso, y cuanto que la suya fue una hermosura natural que no dispuso de los recursos actuales: ni rutinas aeróbicas ni dietas de bajas calorías y mucho menos cirugía y silicones. Cómo Manuel Mondragón pudo haber engendrado a Nahui Olin es un misterio de la genética,

dice José Emilio Pacheco en un “Inventario” dedicado a la artista cuyos profundos ojos verdes fueron su distintivo. Ella misma los resalta en sus pinturas y en las fotografías donde, más que su desnudez, hipnotiza su mirada penetrante.

Espíritu libre en constante búsqueda de esa libertad, Nahui Olin escribió poesía exaltando la libertad corporal de las mujeres, por lo que bien puede considerársele precursora de la revolución sexual; coautora, junto con Atl, de una correspondencia intensamente apasionada:

Te pertenezco hasta la última partícula de mi carne. Sin ti no existen las cosas ni los seres, contigo resplandezco y ante ti mis ojos verdes se apagan. Pero tengo miedo de que la nube roja te queme y te convierta en cenizas y también tengo miedo de que a pesar de que te pertenezco absolutamente el destino nos separe . . .

Te amo, te amo, desesperadamente, lujuriosamente, misteriosamente, como la vida, como la muerte . . . Perfora con tu falo mi carne —perfora mis entrañas— desbarata todo mi ser —bebe toda mi sangre y con la última gota que me quede yo escribiré esta palabra: te amo, y cuando esa sangre se haya secado, gritaré: te amo.

El fuego calcinó a la pareja.

Nahui Olin ha pasado a la historia como una mujer que tuvo el atrevimiento de vivir conforme a sus deseos, sin reglas, por haber amado y ardido en ese sol en movimiento perpetuo que fue su amor por el Dr. Atl. Pobre y olvidada, murió el 23 de enero de 1978 en la casa de San Miguel Chapultepec donde su padre planeó la estrategia para asesinar al presidente Madero.

José Emilio Pacheco imaginó en el ya lejano año de 1993 que

La nahuimanía reemplazará a la fridomanía. Habrá pósters, postales, camisetas, gorras con las iniciales N. O., líneas de perfumes y productos de belleza. Los desnudos de Carmen Mondragón poblarán las ciudades.

Andrew Lloyd Webber y Timothy Rice escribirán The Greats of Musicals, Nahui. En todo el mundo sonará su canción-tema, “Don´t Cry for Me, Alameda”. Camille Paglia le consagrará un libro entero, The Goddes as Whore, como ratificación de sus tesis posfeministas y para demostrar que la tragedia de Carmen Mondragón prueba el terror de los hombres a los poderes de la sexualidad femenina. Scorsese filmará Evil Eyes con Robert de Niro como el Dr. Atl y, por supuesto, Sharon Stone como Nahui Olin. La historia de Carmen Mondragón, presidida por Eros y Tánatos, terminará en los altares de los dioses del fin de siglo: Mercurio, Narciso, Onán y Tántalo.

Desafortunadamente no sucedió. Irónicamente, Frida Kahlo es el estandarte de cierto sector feminista y de quienes se dicen mujeres empoderadas; ¿acaso no conocen su historia? Scorsese tampoco filmó la película biográfica ni los desnudos de Carmen inundaron la ciudad.

[Foto tomada de https://bit.ly/30IUGYG%5D


Nancy Hernández García (Cuautla, Mor., 1990). Maestra en Letras Mexicanas, interesada en la literatura mexicana del siglo XX; escribe la columna “hojasueltas” de la revista digital Amarcafé y lee poesía en sus ratos libres. Ganó el Premio Bitácora de Vuelos 2018 en la categoría de Ensayo con el libro Palabra e imagen en Morirás lejos: Un acercamiento a José Emilio Pacheco, mismo que se acaba de publicar.

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