Fughetta #16: Las trincheras personales del romanticismo, Obertura en Do menor (1811) de Franz Peter Schubert

 

En 1811, la contrarrevolución conservadora que unió a la Europa continental contra Napoleón y los ideales de la Revolución Francesa tenía por capital a Viena, aunque la música tuviera sus propios revolucionarios hospedados en casa. El principal de esos polizontes era, claro, Beethoven, quien completó ese año su Séptima Sinfonía, y viviría aún tres lustros más arrastrando a la música al romanticismo. La suerte del arte que reemplazaría al clasicismo, vaticinado ya en la Eroica, se definiría justamente por aquellos años a través de las partituras de jóvenes como Schubert, de catorce años de edad a la sazón, y cerca de dos de componer.

La Obertura en Do Menor es la octava en el Catálogo de Deutsch. El original concertaba a dos violines con un par de violas y un cello, aunque hay también versión para cuarteto de cuerdas (D 8-A). Al doblar aquella edad, Schubert habría compuesto ya la mayoría de sus sinfonías (incluyendo la famosa Inconclusa), Lieder y demás obras conocidas, es decir, ya era S-c-h-u-b-e-r-t, y aguardaba tres años más de vida y obra. Al morir, diecisiete años después de componer la pequeña obra que aquí reseño, habría legado un catálogo de mil registros y un nombre que se ha inscrito en el pórtico de todos los romanticismos musicales.

La Obertura que nos ocupa muestra a un joven que experimenta con las dimensiones de los ensambles para los que componía (entre el D 1 y el D 8 hay obras para piano a cuatro manos, sextetos de alientos y orquesta), y sobre todo, desplegando un discurso musical que será consistente durante el resto de sus días, y de los días en que se prolongó la inspiración romántica. En este sentido, la Obertura en Do Menor podría representar, aventurando una hipótesis, la insinuación juvenil más obvia de ese lenguaje arrebatado y elegante que hoy reconocemos como definitivamente schubertiano y que, desde luego, llegó a serlo tras imponerse en una lucha al interior de sus obras, como podría sospecharse al compararla con otras composiciones tempranas del autor (1810 – 1812), como sugieren la Obertura al Singslied “Der Teufel als Hydraulicus”, aún con tintes neoclásicos, o el descaradamente neoclásico Cuarteto de Cuerdas No. 1 (D 18).

Por ello, la Obertura que se reseña es uno de los manifiestos tempranos de la revolución que triunfó en el corazón mismo del conservadurismo decimonónico y nos arrastró a la modernidad musical. Pero también es un pretexto para una viñeta: intuyo a Schubert, niño aún, viendo el cielo mientras acaricia el pliego pautado en que anotaba su Obertura, sopesando obras por venir que aún no existían y que serían inmortales, entreviendo los rostros de la audiencia en los conciertos en que se interpretara la obra… y era la mente de un niño apasionado que soñaba a su personaje.

 


Silvano Cantú. Defensor de derechos humanos y melómano de tiempo completo. Twitter: @silvanocantu

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