Malgré tout | La novia del viento

Dijo Vincent van Gogh que el arte es para consolar a los que están rotos por la vida. Tiene razón, pero también es una manera de mantenerse cuerdo, a flote en esta vorágine que es la vida.

Leonora siempre fue diferente y lo sabía, un mundo… mejor, un universo mágico, irreal de tan real, pugnaba en sus adentros por salir y convivir con nosotros. Sus padres y sus profesoras vieron en ella el temperamento impetuoso, su hambre de libertad creadora y trataron de evitar por todos los medios posibles su cita con el destino. Leonora Carrington (Inglaterra, 1917) nació artista y bruja, sus padres esperaban que, tras presentarla en un lujoso baile de la corte real de Jorge V, encontrara un marido aristócrata con el que tendría una vida tranquila y próspera. Paradójicamente, en su origen mismo estaba la señal de que lo deseos paternos no se realizarían pues, a pesar de ser la rica heredera de Harold Wilde Carrington, el gran hombre de negocios creador de un imperio en la industria textil, Leonora era proclive a la fantasía, como antes de ella lo fue Oscar Wilde, quien, se cree, pudo estar entre sus antepasados. Elena Poniatowska, en la biografía novelada Leonora, recrea un diálogo entre la pintora y su madre, quien le recrimina su actitud wildeana:

—No, Leonora, son consejos para que vivas en armonía con tu propia naturaleza, con el origen de tu familia y con la grandeza de tu país. Tú eres Gran Bretaña.

—Soy Leonora, no el imperio británico  ̶ se burla.

—No te pases de lista, tú también eres tus ancestros. Oscar Wilde es parte de tus neuronas, por él eres como eres, rebelde, inasible, y como él no mides las consecuencias de tus actos.

Si el poeta y la escritora son parientes, no se sabe, pero indudablemente ambos compartían la terrible necesidad de ser ellos mismos y no lo que la sociedad esperaba de ellos. El compromiso era mayor.

Otra curiosidad es la elección de su nombre ya que,como bien señala José de la Colina en el ensayo “Vidas de Leonora”, la nombraron en español y no en inglés: “La criatura fue bautizada, no como Leonore o Lenore, nombres que corresponderían a su inglesidad, sino con el nombre italiano y/o español de Leonora que a los padres les habrá sonado más alto, sonoro y romántico”. Uno pensaría que efectivamente el nombre es destino y si los padres, con la elección de un nombre no inglés, esperaban que fuera como las costumbres aristocráticas británicas (rigurosamente) dictan, se equivocaron desde el principio; el nombre fue quizá el primer rasgo que la haría sentirse diferente. Aunado a esto, su fértil imaginación siguió floreciendo con los relatos contados por su nana irlandesa y los de su propia madre, irlandesa también; ambas mujeres fueron quienes sembraron en ella la semilla de la fabulación, poblaron su mente de seres fantásticos salidos de la cultura popular celta: hadas, duendes, sidhes, se mezclaban con los caballos (la otra gran pasión de Leonora) y la realidad. Sus reglas eran sencillas: no había.

La pequeña creció en castillos y frías escuelas cuyos docentes aseguraban a sus padres devolverles a una señorita de acuerdo a su condición social. Todo fue en vano, Leonora se mantuvo fiel a sus convicciones y no descansó hasta convencer a su padre de enviarla a París a una academia de pintura porque pintar era lo único que quería en la vida. Harold intentó que desistiera dándole un presupuesto muy bajo para su manutención; sin embargo, la obstinación de Leonora era férrea y estiraba el dinero tanto como podía, incluso ahorraba para comprarse libros de alquimia, antigua práctica que la llamaba poderosamente. Su imaginación proliferaba cada vez más. París le descubrió quién era: una pintora. Y Londres la reunió con el hombre que le haría vivir la locura del amor: Max Ernst (1891-1976).

El encuentro de estos dos artistas fue casual, aunque nada suceda por casualidad en esta vida; una tarde del remoto 1937, la escritora admiraba un cuadro de Turner cuando el también poeta alemán se acercó a ella, interrumpiendo su éxtasis. Ella supo que él sería un hombre importante en su vida, él quedó hechizado por su profunda mirada. Los pintores iniciaron una relación en la que el arte sería la mayor beneficiaria; sus mentes geniales siguieron inflamándose mutuamente: él le enseñó sus técnicas del frottage y el grattage; ella, la libertad creadora. Juntos se sumergieron en las aguas del surrealismo, corriente de la que Max fue precursor y que completaría las inquietudes que le había dejado su experiencia dentro del dadaísmo.

El romance de los pintores tuvo lugar en una granja que Leonora compró en Saint Martin d’ Ardèche, la cual convirtieron en un museo surrealista y prácticamente en un lugar de visita obligada para los amigos, a quienes la pintora agasajaba con ricos platillos salidos también de su inquieta imaginación. La cocina fue otro de sus talentos y ella diría que preparaba recetas para curar el alma… también para hacerle bromas a los amigos como cuenta su hijo Gabriel: una vez Leonora invitó a cenar a los amigos porque le habían mandado dos barriles de caviar de Rusia, lo cual era mentira. Compró tapioca y la cocinó con un trozo de pescado y pan, quedó idéntica en color y consistencia al caviar, los amigos elogiaron su sazón y dijeron que era el mejor caviar que habían probado en su vida. Leonora y sus hijos se reían a carcajadas de su travesura en la cocina mientras en la sala se celebraba el banquete del caviar falso.

Max y Leonora vivieron su intenso amor durante trece meses, probablemente de los más felices en las vidas de ambos, puesto que todo fue idílico, de cuento. Ni mucho ni poco, tiempo suficiente para que ambos aprendieran y se inspiraran mutuamente. Los senderos de la vida son misteriosos, pareciera que nos muestra su lado más amable porque enseguida sigue un tramo lleno de espinas del que uno siente que no saldrá nunca… en el caso de los pintores fue la Segunda Guerra Mundial. Max era un alemán avecindado en un pueblo francés y había sido soldado en la Primera Guerra Mundial, por lo tanto era un enemigo. Lo detuvieron y fue llevado a un campo de concentración. El suceso fue tan traumático para Leonora que no dejó de llorar por horas, sus amigos temieron por su integridad y, con ayuda del señor Carrington, consiguieron sacarla de Francia y llevarla a España. Leonora tenía la esperanza de que las influencias de su padre fueran de utilidad para conseguir un salvoconducto para Max y liberarlo. La crisis nerviosa continuaba y la escritora fue recluida en un hospital psiquiátrico de Santander, donde el médico que la atendió fue tan nazi como los de Hitler, pues la medicaron con cardiazol, equivalente a los electrochoques, la mantuvieron atada de pies y manos por varios días. Cayó al abismo de la locura.

Su paso por el psiquiátrico fue el episodio más doloroso de su vida, la disminuyó de todas las maneras posibles; este demonio lo exorcizó en el relato Memorias de abajo. No obstante, nadó a contra corriente y logró sobreponerse discretamente, engañó a su cuidadora cuando iban rumbo a un sanatorio africano: estaban en Lisboa, se escapó y buscó al poeta Renato Leduc, quien por entonces tenía funciones diplomáticas allá, se unieron en matrimonio para que ella dejara de ser perseguida por su padre, por el recuerdo de Max Ernst y por el dolor de los horrores vividos en Santander; después, Leduc y Carrington se marcharon a Nueva York. El matrimonio se disolvió un año después. Leonora dejó huella en el poeta, quien le escribió “Yo vivo de lo poco que aún me queda de usted / su perfume, su acento / una lágrima suya que mitigó mi sed”.

La guerra separó a los amantes. Leonora finalmente radicó en México, se naturalizó mexicana, se casó con el fotógrafo húngaro Emérico Weisz y fue madre de dos hijos. Fue Leonora Carrington, pintora, escultora y escritora surrealista, “La Novia del Viento”, como la bautizó Ernst en honor a su espíritu libre.  Creó hasta su último momento; cuenta su hijo, el escritor Gabriel Weisz, que antes de cerrar los ojos para siempre, Leonora miró fijamente la pared blanca y le dijo que veía unos pájaros negros sobre ella. Después de todo, la artista logró el equilibrio entre lo que sus padres querían para ella y sus propios deseos; su matrimonio duró sesenta y un años y su trayectoria poco más de setenta. Murió en su casa, rodeada de sus hijos y nietos el 25 de mayo de 2011.


Nancy Hernández García (Cuautla, Mor., 1990). Maestra en Letras Mexicanas, interesada en la literatura mexicana del siglo XX; escribe la columna “hojasueltas” de la revista digital Amarcafé y lee poesía en sus ratos libres. Ganó el Premio Bitácora de Vuelos 2018 en la categoría de Ensayo con el libro Palabra e imagen en Morirás lejos: Un acercamiento a José Emilio Pacheco, mismo que se acaba de publicar.

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