Cuento | Vestigio, por Amaury R. Ledesma

Corría el año 1852 en aquella ciudad bávara. La multitud se aglomeraba en una sus calles, la razón: el asesinato de una bella dama proveniente del norte que solo sabrá Dios lo que iba a hacer a los rumbos sureños.

El cadáver de aquella linda jovencita de unos veintitantos años yacía con una herida de bala que perforaba su pecho y el vestido azul que portaba se extendía por el suelo de tal manera que, viéndola desde los cielos, hubiese dado la impresión de que la joven flotaba.

Nadie la conocía, salvo el viejo conductor de su carruaje que, no obstante, desconocía su nombre, pero la muchacha le había pagado una considerable suma por la travesía de norte a sur que habían hecho. La dama le había pedido al viejo que la recogiera en ese lugar por la noche y lo que vendría encontrando el conductor sería a la bella joven muerta.

Aparte del perfecto orificio que le había dado muerte y del cual se deslizaban hilos color carmín, la muchacha poseía marcas en su cuello que daban indicios de que un collar le hubiese sido arrancando. Tal parecía que la dama había sido víctima de un asalto.

Recuerdo la impresión que me dio el ver sus penetrantes ojos azules sin vida y sus cuidados y largos cabellos negros extendidos por el suelo al igual que su vestido.

Yo en ese entonces era un joven escritor extranjero que había salido de sus tierras natales en los Alpes, emprendiendo un viaje en busca de inspiración para escribir, poniendo atención a todo lo que veía en mi travesía y creando charlas con cualquier personaje que me resultara curioso para empaparme de historias y vivencias; sin embargo, aquella escena perturbaba mi idealista y joven mente y no era la inspiración que yo buscaba.

Solo había una testigo de aquel atroz acontecimiento: una demente y pelirroja mujer que, fuera de sus cabales, respondía “yo lo vi, la mató alguien como yo”, cuando se le cuestionaba al respecto. Las autoridades, desesperadas, continuaban interrogándola y ella lo único que respondía era una y otra vez “yo lo vi, la mató alguien como yo”. Aquella pelirroja ya era conocida en la ciudad por su locura y lo único que aportaba con su repetido testimonio era que el asesino había sido un hombre, todo mundo se preguntaba si ese hombre era un loco o un pelirrojo. “Yo lo vi, la mató alguien como yo”, seguía repitiendo la mujer.

Tres días después, la atención de los ciudadanos se enfocó en un vagabundo que gritaba a todo pulmón una sarta de disparates mientras caminaba por las calles, ese hombre siempre llevaba arrastrando un pesado baúl que creaba curiosidad en todos por saber su contenido.

Una tarde, cuando yo caminaba a unas cuantas calles de donde habían asesinado a la joven, me topé a aquel loco vagabundo que gritaba:

—¡Ustedes, miserables, no son libres! ¡Son fruto de un capricho!

 En mi afán de obtener historias singulares, me acerqué a él.

—Buen hombre —le dije con cortesía—, ¿cuáles son las razones para exclamar aquello?

—¿Por qué no hacerlo? —preguntó sin siquiera mirarme—. Eso me hace más impredecible, ¿no es así?

—Bueno, no estoy del todo seguro.

—¡Calla! ¡No estoy hablándote a ti! —me gritó el loco al tiempo que continuaba su andar, arrastrando el baúl.

—Disculpe, señor, ¿a quién se lo dice entonces? —le pregunté.

—Ni siquiera eres capaz de imaginar —me contestó.

Era evidente que aquel alto y rubio vagabundo poseía una locura avanzada. De él expelía un olor nauseabundo y las ropas que portaba no le quedaban, era como si alguien se las hubiese dado en su incierto y errático andar. No era muy viejo, de hecho, quitando su desagradable y penetrante aroma y su desalineada apariencia, parecía que aquel hombre había sido bastante apuesto en su cordura perdida. En aquel momento me pareció que, con el atuendo adecuado y la higiene otorgada, el vagabundo hubiese robado los suspiros de muchas jovencitas con su viril y masculina belleza ahora opacada por su inquietante demencia.

Mientras lo perseguía, intentando mantener una charla, no pude evitar preguntarle sobre el contenido del baúl.

—Dentro hay un vestigio —me contestó, llenándome de más dudas.

—¿Vestigio de qué, señor?

—¿Qué debo responderle al muchacho? —preguntó al aire—. ¡Oh, impaciente y criticó vigilante!

—¿A quién se refiere? —le cuestioné bastante asombrado.

—A quien nos está leyendo —respondió—. No somos más que ridículas y sometidas invenciones de un caprichoso ser.

—Señor, no entiendo sus palabras.

—¡Por supuesto que no! ¡No tienes ni idea!

Aquello que me dijo despertó aun más mi precoz curiosidad y, fascinado, me tomé el atrevimiento: educadamente lo invité a tomar un café, señalándole el lugar al loco vagabundo. Él observó hacia donde señalaba y después fijó su mirada al lado contrario: una vieja cantina que estaba justo enfrente de aquel café. Ahí, una sucia ventana dejaba ver, más o menos, el interior. El vagabundo entrecerró los ojos y solo pudo ver a un hombre con sombrero negro embriagándose enfrente de la barra.

—¡Quiero una cerveza! —exclamó el loco.

—Si eso le apetece, señor, así será. Acompáñeme, mi nombre es Kurt Weber y soy escritor.

—¿Escritor? ¡Vaya! Qué ironía. Llámame Ángel o de cualquier manera que quieras, me da lo mismo, cualquier nombre que te diga ya fue predispuesto y escrito por el demiurgo. ¿No es así, lector?

Mientras Ángel preguntaba al viento, le di el pase y le abrí la puerta de la cantina, él arrastró el baúl pesado al interior.

Nos sentamos frente a la barra, el hombre con sombrero y gabardina de cuero negro se levantó algo molesto por el aroma de mi loco acompañante y se cambió de banco, dejando dos espacios entre el vagabundo y él.

Pedí dos tarros de cerveza.

—Tú, que eres escritor, Kurt —dijo Ángel—, ¿te has preguntado alguna vez si lo que eres en verdad no es más que un personaje en un relato inventado por un caprichoso ente?

—Jamás —le contesté.

—¿Qué tal si eso fuésemos? Dios ya ha escrito toda la historia del universo e incluso puede modificarla a su antojo. No somos más que seres ficticios portando una falsa voluntad adornada con la falacia del libre albedrío.

—¿Qué tiene que ver Dios con todo esto? —preguntó mi educación católica amenazada.

—Tiene todo que ver —contestó Ángel—. Él es el magnánimo escritor y ante su capricho no permite que sus creaciones decidan por sí mismas.

—Lo que está diciendo no tiene sentido. ¿Por qué hablar de Dios de esa manera?

—Porque es la realidad. Dios da y Dios quita, nosotros no tenemos ningún control, creemos tenerlo, pero es una mentira. —Tomó un gran sorbo de cerveza y después apuntó con su dedo al viejo baúl y dijo—: Si tú supieras lo que hay ahí dentro me entenderías, Kurt.

—Me dijo que había un vestigio.

—¿Te parece suficiente el suspenso que experimenta el muchacho? —gritó el loco vagabundo sin referirse a nadie ahí.

—¿Disculpe? Vuelvo a confundirme con lo que dice, ¿a quién le habla?

—Ya te lo dije —contestó Ángel—, le hablo al lector divino. ¡Espero que el muchacho y yo nos estemos desarrollando bien y te sea satisfactorio!

El cantinero y el hombre con sombrero negro nos voltearon a ver, yo les hice una seña indicando que no pasaba nada y todo estaba bien.

—¿Qué fue lo que le pasó, Ángel? —le pregunté.

—Me enamoré de alguien imposible —me dijo—. Me opuse a las órdenes y caprichos de alguien muy poderoso que dictaba prohibiciones a diestra y siniestra. Todo lo hice por ella, por la pureza de su ser que ni siquiera mis iguales o yo podíamos tener. En el baúl está el último vestigio de lo que fui antes de revelarme.

El vagabundo miraba fijamente su baúl, irradiando una tristeza sepulcral y melancólica.

—¿A quién se rebeló? —pregunté con ansiedad.

—Al demiurgo, muchacho.

Su respuesta me llevó a pensar que ese vagabundo estaba mucho pero mucho más demente de lo que esperaba (y eso ya era decir demasiado); sin embargo, me silencié para seguir escuchándolo. Escucharlo solo por curiosidad, una muy morbosa curiosidad, lo admito; no obstante, con lo siguiente que me dijo, despertó la alerta en mí.

—Yo la maté, Kurt —me susurró—, fue mi culpa, si no me hubiese enamorado de ella no la habría matado.

—Ángel, espero que lo que me está diciendo no tenga nada que ver con lo que estoy pensando.

—Tú la viste sin vida, muchacho. Fue la pluma y el tintero del demiurgo quienes la mataron. Un demiurgo motivado por mi rebeldía y desobediencia. ¡Oh, vaya que fue por eso! Yo servía para Él, pero no debía de enamorarme de una mujer y te aseguro que jamás lo había hecho antes, pero ella era un ser imposible de no amar.

Miré al loco con aberración, suponiendo lo peor e indagando dónde portaba su arma entre sus malolientes ropajes. Mi nerviosismo hizo que me quedara inmutado y estupefacto.

Después Ángel me dijo:

—Ella lo sabía todo y quiso protegerme huyendo de mí, pero yo lo veía todo desde arriba. Pude contactarla y le imploré que me dejara verla otra vez, oler su perfume, besar sus tiernos y frágiles labios. Aceptó. Lo que no sabía ella era que ese sería mi último día siendo lo que hasta entonces yo era. Románticamente, como dos amantes necios, decidimos lugar y momento donde encontrarnos.

—Por favor, señor, debe entregarse —le dije al vagabundo.

—Eso haré —me dijo, mas siguió hablando, mirando el baúl—. Esa noche me rebelé totalmente, sabiendo que perdería mi lugar, pero eso no me importaba porque no soportaba el hecho de una eternidad sin ella. Y, cuando por fin pude descender hasta aquí, Él me detuvo. Yo la maté, muchacho, fue mi culpa. Él modificó el rumbo del universo a su voluntad y añadió a alguien más en esta historia, solo para no dejarme amarla y, mientras pasaba eso, se me arrebataba también lo que me hacía ser lo que hasta entonces era y eso se convertiría en un vestigio en este baúl. Yo la maté, fue mi culpa.

El vagabundo estaba destrozado, yo me moría de miedo, pensando que sacaría el arma y se pondría a disparar al azar. Entonces, levantándose y sosteniendo el tarro de cerveza en el aire, gritó:

—¡Pero bueno! ¡En este punto es donde me pondré impredecible! ¡Para fastidiar a Dios y al lector un poco! ¡Espero que contemple con sorpresa!  

Ángel hizo un brindis al aire y bebió el resto de su cerveza; cuando el tarro quedó vacío, lo lanzó con furia al hombre de sombrero y gabardina negros, acertando en su cabeza. El tarro de vidrio se hizo añicos y el sombrero cayó al suelo; no obstante, aquel hombre no cayó e inmediatamente regresó en sí y se puso de pie, furioso. El sombrero había ocultado un cabello corto pelirrojo.

Ángel se abalanzó contra él y arrebató un colguije del pecho de aquel hombre. El pelirrojo sacó un arma del interior de su gabardina y Ángel, abriendo los brazos y exponiendo su pecho del que colgaba un relicario, le dijo:

—Adelante, asesino, ¡justo en el pecho! ¡Que Dios nunca se esperó esto!

El hombre pelirrojo apretó el gatillo y acertó su disparo donde el vagabundo se lo pidió. Quise intervenir, movido por un impulso; sin embargo, el hombre armado me disparo a mí también, acertó en mi hombro. Si no hubiese sido por la mano de Ángel que me movió justo a tiempo mientras caía él, mi pecho también habría sido blanco del arma.

Ambos nos desplomamos. El pelirrojo salió corriendo de la cantina.

“¡Es él! ¡Fue él! ¡Él la mató!”, gritaba una mujer en la calle al ver a aquel hombre. Esa mujer era la loca pelirroja que había confundido a las autoridades con su testimonio.

Ángel yacía a un lado de mí. Estaba muriendo y lágrimas corrían de sus ojos. En su cuello, el relicario se había abierto y el retrato de la bella joven asesinada tres días atrás estaba ahí.

En la mano del vagabundo había otro relicario, idéntico al que portaba él, el cual había arrebatado al pelirrojo de su cuello. Ángel lo abrió y en su interior no había un retrato, sino una hermosa pluma blanca. Ese relicario era el que portaba la muchacha antes de su muerte.

—Eleonora —decía Ángel agonizante—, Eleonora, mi amor, ni siquiera así estaré contigo. Eleonora, mi amor, por ti dejé los cielos.

Y el vagabundo murió a lado de mí, partiendo con una melancolía que jamás he vuelto a ver en alguien más en toda mi vida.

El asesino pelirrojo fue detenido y la demente mujer lo señaló, poco después, mi testimonio de lo ocurrido en la cantina también sirvió. La horca sería el destino de ese ladrón y asesino. Ángel, el loco vagabundo, fue sepultado en una fosa común. Yo dejé esa ciudad bávara un poco después, pues la gente estaba un tanto dividida y se me cuestionaba mucho a mí por haber sido el único que charló con el peculiar vagabundo, se me hostigaba con ansiedad y constancia desesperantes pues lo único que le interesó a la gente, después de la muerte de Ángel, fue el baúl y su misterioso contenido que quedaron en las manos de las autoridades. Cuando se abrió públicamente, la gente enloqueció y se desconcertó a niveles nunca imaginados. Dentro de aquel baúl se encontraban dos enormes alas con plumaje blanco ensangrentado que habían sido arrancadas de raíz a su portador. Esas alas gigantescas eran misterio, confusión, asombro, preguntas, pero, sobre todo, vestigio.


Amaury R. Ledesma (Lagos de Moreno, Jalisco. 1991). Narrador y poeta. Arquitecto de profesión. Cofundador, editor y diseñador de la revista literaria digital Perro Negro de la Calle. Ha publicado en diversas revistas literarias. Su obra narrativa se centra en relatos sobre lo fantástico, lo sobrenatural y la ironía. Enfoca su obra poética (rima o prosa) en indagar en los recovecos de lo mundano desde el punto de vista pesimista.

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