Cuento | Abismos, por Nancy Hernández García

Mírame
busco en el fondo del pozo la cantárida dorada
y para salvar a la noche asesino a los noctámbulos
mírame hasta el agotamiento de las fuentes
donde el temblor se deshace
en la inmovilidad de tus ojos

“El secreto de tus ojos” (frag.), Aldo Pellegrini

Me recuerdo asomada al vacío.

Siempre me he sentido atraída por el abismo, por la promesa de su oscuridad y la elocuencia de su silencio. Es una sensación inexplicable, un vértigo delicioso que me recorre desde el cabello hasta el dedo gordo del pie. Nadie lo entiende y por eso me tachan de loca, de dramática; están seguros de que busco llamar la atención. Se equivocan: todos los ojos están puestos sobre mí porque es evidente que no soy como los demás, hay algo en mí que me distingue; sin embargo, ni yo sé qué es exactamente. A veces, en la suavidad del insomnio, me desmenuzo tratando de entenderme. Vivo en la incertidumbre. No sé si algún día por fin llegue hasta el fondo de mí misma y pueda decir orgullosa “esta soy yo”, no lo sé. Me angustio, pero no se lo dejo ver a los demás, por lo menos no a cualquiera, solo a aquel que esté dispuesto a no tomarme la mano cuando decida saltar.

Los otros sienten el deber de salvarme, me aconsejan, platican conmigo, me buscan por todos los medios para asegurarse de que sigo aquí…Y no, la verdad es que no estoy aquí. No sabría decir dónde estoy porque, desde que tengo conciencia de mí, me siento incómoda en todos los lugares adonde me lleva mi madre: cuando nací, a la casa habitada por ella y mi padre (un joven extraño del que no sé mucho ni recuerdo nada, lo único que me une a él es que es mi padre: n a d a); después, la casa de mis abuelos… pensándolo bien, puede ser que esa casa sea mi Paraíso perdido. Allí viví, mejor dicho, allí comencé a vivir. La vida se antojaba un hermoso camino con flores y árboles frondosos a los lados, el cielo de un azul tan claro que casi era blanco, golondrinas planeando, aromas tan intensos, colores (aún los disfrutaba). Y tú me tomabas la mano todas las mañanas, todas las tardes, todas las noches.

Una mañana la vida se fue. La busqué por todos lados, en los cajones, en los rincones, debajo de todos los objetos de la casa y no la encontré. La llamé a gritos y no respondió. Salí a la calle, pregunté a los vecinos: nadie la vio. Fue un descuido, dejé la ventana abierta y por ahí se escapó. Lloré… no paro de llorar desde entonces. La gente me dice que ya, que no es para tanto, que así es esto, que algún día tenía que pasar. Yo no lo acepto, me niego rotundamente. Es tan injusto. No pude disfrutar de tu compañía toda la vida, como me lo prometiste.

Crecí en una realidad donde existes. Todas las mentiras se convierten en verdad a fuerza de repetirlas constantemente; yo hice de este adagio disciplina religiosa, mas secreta. Aprendí a decir todos los verbos en presente. Nunca en futuro y mucho menos en pasado, estas dos formas de conjugación me las prohibí.

Un mal día me di cuenta de que todos mis intentos fueron vanos, inútiles: ya no perteneces a este mundo. Me pregunto entonces ¿y yo? ¿Dónde estoy yo? ¿Quién soy yo? Nada, lanzo las preguntas y ni un murmullo me responde. Eco permanece muda admirando a Narciso. Floto en esta soledad que con nada se llena y tampoco me empeño en hacerlo, al contrario, la procuro; me aíslo cinco de los siete días de la semana pretextando dolores de cabeza, mucho trabajo, pereza, que vivo lejos y es muy tarde, que los feminicidios están a la orden del día y no quisiera ser parte de las estadísticas. Soy convincente. No insisten.

El dolor de cabeza es una media mentira; así como el mucho trabajo (a veces pasan semanas completas sin que tenga nada profesional que hacer, ergo, hago lo verdaderamente importante: jugar con mis gatos y mimarlos); que vivo muy lejos es verdad, aunque no un impedimento pues siempre hay alguien dispuesto a darme posada (previa escala entre sus brazos); el horario tampoco es problema: soy noctámbula; los feminicidios sí son una realidad, pero no sé a qué obedezcan, ya que, supongo, todas las víctimas tienen un perfil perfectamente estipulado por los asesinos de mujeres y no, no encajo o no me han descubierto.

Mi abuela dice que en la cara llevamos lo que somos. Un poeta me dijo que en la mirada y en la sonrisa está nuestra verdad. Miro siempre a los ojos a mi interlocutor y a los desconocidos que encuentro a mi paso: algunos se agachan, otros me devuelven una mirada inquisidora; no sonrío, eso sí no: los hombres lo confunden con coqueteo y no me interesa. En este juego del gato y el ratón, soy mi principal objeto de estudio: me miro a los ojos profunda e insistentemente. Tengo un ritual: después de bañarme, pongo mi desnudez frente al espejo y observo mi cuerpo completo, primero sin moverme, permanezco quieta unos treinta segundos, me detengo donde se me antoja o en detalles que hasta ese momento habían pasado desapercibidos a mi escrutinio, luego empieza una danza secreta y muy mía, me coloco en todas las posiciones posibles: de frente, de espaldas, de perfil, me siento en la orilla de la cama y, finalmente, me acerco tanto al espejo, que pareciera que voy a meterme en él, con la misión de mirarme a los ojos. Me entrego a esta embriaguez y siento cómo el abismo que habita en mis ojos se materializa, trata de jalarme, una corriente eléctrica recorre mi espalda húmeda y tengo el impulso de saltar…

El golpe en la frente me devuelve a esta dimensión y regresa la melancolía por otro intento fallido. Estoy tan acostumbrada a quedarme en la orilla del precipicio que ya no me afecta. Me resigno a vivir otro día idéntico al anterior y a los que vienen. Siempre es lo mismo aunque, por qué no decirlo, tengo la esperanza de que pase algo que lo haga diferente, por eso no tengo ninguna rutina ni caminos favoritos para volver a casa. Y nada cambia.

Que duermo mucho y lo que necesito es dormir mejor (ocho nocturnas horas diarias). ¡Bah! Si no lo sé yo que paso todos los días conmigo, cómo van a saberlo otros. Les digo que sí, que lo intentaré; sin embargo, no cambio por nada mis largas noches en vela, aprendí a amarlas. Confieso que al inicio me asustaban las puestas de sol porque son el heraldo que anuncia la oscuridad, el silencio sepulcral interrumpido a veces por la melodía de las hojas de los árboles o el canto de los pájaros cuyos nidos sacude el viento, la lluvia cayendo a torrentes, los lamentos de las ánimas condenadas a vagar sin descanso por este mundo… pobres. Las compadezco porque me siento una de ellas, con la diferencia de que yo aún tengo un cuerpo, pero también estoy atrapada entre la materialidad (los vivos) y la nada. Busco algo que no encuentro, no tengo idea de qué sea. Camino como ciega aunque veo, voy a tientas, chocando contra todo lo que me sale al paso. Dejo tras de mí una estela de cosas tiradas. Anuncio el caos… más bien, lo exteriorizo: la vorágine de emociones y pensamientos que llevo dentro de mí se refleja en el montón de ropa que desborda una silla, mi cama destendida, los zapatos regados por doquier, los libros, plumas y libretas del escritorio, las tazas por aquí y por allá en mi habitación.

¿No te desespera ver este muladar? No, ni siquiera lo noto hasta que mi madre lo hace evidente. Es como si sus palabras fueran la fórmula mágica para la creación… Si lo dices lo creas. Así hizo Dios, dijo “hágase la luz” y la luz se hizo. Mi madre amenaza con tirar todo si no lo levanto porque va a barrer. Le digo que se ocupe en otras cosas porque no tiene caso que limpie mi reguero si al día siguiente estará igual o peor. Insiste y recoge todo, ordena según lo cree conveniente.

Tengo un nudo en la cabeza y en el pecho y en la garganta, no encuentro la punta de la hebra y termino por enredarme mucho más. Me rindo: dejo al nudo ser nudo y continúo transitando el camino de esta reencarnación. Sobrellevo la ansiedad que me causa la incertidumbre, la nostalgia por el pasado y el dolor del presente tan definitivo.

Los instantes son como mariposas. La poesía es el hilo de plata que me sostiene entre la realidad de los demás y la mía. Pese a mi desgano, soy funcional. Tengo atisbos de apasionamiento por mi trabajo: escribir. Lo que escribo está repartido en varias libretas y hojas sueltas; no me ocupo en darles un orden para tal vez formar un libro porque no tiene caso, ¿para qué? El mundo está lleno de escritores, malos, pero escritores sin pudor, dispuestos a mostrar sus pensamientos y creencias con tal de ganar unos pesos y algo de prestigio. Prefiero corregir y ordenar la escritura ajena.

Mi verdadero deleite consiste en sucumbir al hechizo de los abismos, reales o imaginarios. ¿Cómo saber cuál es cuál? Que el abismo sea uno solo es una afirmación errada, son diversos. Acércate y míralos bien. Unos son más oscuros, mas no tan profundos y viceversa; otros se disipan en uno o dos días, otros necesitan más tiempo y otros son parte de uno, están allí, latentes, esperando el menor descuido para hacer sonar el canto de sirena que irremediablemente nos conduzca a ellos para cumplir el destino. Algunos abismos están afuera, otros son internos. Los segundos, me parece, son los más peligrosos por inaccesibles, por el intenso deseo de posesión que despiertan y lo vuelven a uno terco, loco de remate.

Dices que mis ojos te gustan por su color, que me brillan de una manera extrañamente bella, que podrías quedarte mirándolos para siempre. No te digo que por eso soy esclava de los espejos porque el que cuenta su secreto entrega su libertad.


Texto: Nancy Hernández García (Cuautla, Mor., 1990). Aprendiz de la vida que cree que leer y
escribir es la mejor manera de soportar la carga de la existencia.


IlustraciónValeria Huerta Cano. Egresada de la licenciatura en Artes Plásticas en la Universidad de la Américas de Puebla. Se dedica sobre todo a la producción de obra bidimensional relacionada con literatura. Recientemente ha expuesto en el Museo de San Pedro de Puebla y en la Plataforma Art Fest del Complejo Cultural Universitario BUAP.

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