Cuento | La cena, por Oye Ramírez

Era viernes por la noche y me esperaban en casa; ya podía oír el sonido de la televisión encendida mientras ella bebía una cerveza fría. Recién salía del trabajo: hubo varios problemas en la oficina y por eso estaba volviendo tan tarde. Con los auriculares puestos emprendí mi viaje en el camión. Iba llenísimo, así que me toco ir parado; a decir verdad, a duras penas pude alcanzarlo antes de que arrancara.

—Gracias por detenerse —le dije al conductor.

—Sí, sí. Súbete, cabrón, o te dejo. Y pásale hasta atrás, ¿me oíste? —el pobre sujeto tenía la forma de esos animales que parecen roedores gigantes (maldita sea, estoy tan agotado que no me puedo acordar del nombre y no porque sea estúpido), que se enrollan como una pelota.

Vamos ver, ¿desde cuándo dejan que un cretino consiga un empleo? Digo, no soy un genio, pero seguro que muchos se han quejado de él. Es chistoso, yo tengo un pesado por director que se toma como un insulto el no saludarlo por las mañanas, a pesar de que ni siquiera sepa cómo me llamo. En fin, mientras escuchaba a La Barranca, de vez en cuando era empujado por un mal oliente y sucio pasajero que se iba bebiendo una Tecate; por suerte para mí, a ella no le gusta esa cerveza. Moría de hambre por un mordisco de su famosa receta de pollo frito, con una entrada de papas fritas bañadas en cátsup y acompañada de una Sol. Lo que me hacía sentir mal era que probablemente le mentiría acerca de mi tardanza: “comprende cariño, es que estaba haciendo horas extra para que el director me tome en cuenta para el puesto de supervisor”; así mienten los fracasados, ¿no es así?

—¿A dónde va, mi lic? —me preguntó un borracho que estaba a mi lado— ¿pa su casa?

—Ajá.

—Ah, ta’ bueno. Óigame, no sea malito, tíreme paro. Fíjese que ayer me paró la camper y, como era jueves, traía los mil doscientos que me acababan de pagar; pos que entonces esos cabrones me los chingaron y pos valí madre o ¿no valí madre? —no le respondí, solo le veía de reojo mientras trataba de no aspirar su aliento—. Apóyeme, mi lic, nomás le pido una feriecilla que ni le va a faltar, unos treinta varos pa’ las tortillas y huevos.

—No traigo, señor.

—¡’Amos a la chingada; ahora resulta, mister! Sí traes, güey, sí traes, yo sé que sí. Son unos pinches treinta varos, mamon; es más, dame veinte y ‘tamos bien.

—Ya le dije que no, entienda.

—¡Pinche mocoso! —intenté regresar al enfrente, pero la gente se había convertido en un muro, uno repleto de ojos que nada más querían saber cómo terminaría aquello—, a huevo que sí traes, mentiroso de cagada; me quieres hacer pendejo, ¿no? —me quedé congelado, no sabía cómo solucionar el embrollo en el que me había metido simplemente por obedecer al chofer. De repente, una especie de aplauso me desconcertó, los auriculares volaron de mis oídos y la nuca me empezó a arder, me di la vuelta acariciándome la cabeza y lo primero que vi fue la asquerosa mano del borracho, abierta como la pata de un oso —a ver si así se te quita lo mamón, ¡pendejo!

Dejé de tocarme la nuca y bajé el brazo, cerré la mano con excesiva fuerza; apreté los dientes como si fueran prensas para comprimir la chatarra y, como ellas, crujían perturbadoramente; no fue sino hasta después que me di cuenta de lo grave de ello, pues la mandíbula me empezó a doler al abrir la boca; en la frente se me dibujaron dos líneas que venían del inicio de mis cejas; la cara se me sacudía sin control y, de no ser por la poca luz dentro del camión, los demás pasajeros se habrían reído de mi ira.

—¡No te hagas güey y dame el dinero! —aunque sabía lo que iba hacer, estaba aterrado de hacerlo, de lo que pasaría; como cuando quieres saltar al mar desde un risco o abrir un mensaje que sabes que lo que dice va a cambiar tu vida.

—¡Eh! ¿Qué chingados traen, güeyes? —escuché la voz lejana del chofer que fue muriendo con cada palabra, hasta quedar en silencio, observando el rostro ennegrecido de aquel hombre tambaleante; descubrí su brazo tomando impulso y sin dudar me lance a él y lo empujé con todas mis fuerzas.

—¡Muérase! —rugí mientras lo veía caer al suelo, aplastándole los pies a unos desafortunados iguales a mí, pero no me importó; de hecho, me había alegrado hacerlo, esa fue la única vez que respondí a una agresión y me sentía de maravilla.

La gente comenzó a gritarme insultos, me empujaban y hasta llegaron a lanzarme una botella vacía; entonces el vehículo se detuvo de golpe y todos fuimos tirados hacia enfrente por un hilo imaginario. Unas luces iluminaron la escena y a mis espaldas el público se quejaba.

—A ver, cabrón ‒en un instante, unos brazos apresaron mi cuello y, al mismo tiempo que me estrangulaban, tiraban de mí hasta que no pude seguir el paso. El poco oxígeno con el que contaba lo desperdicié tratando de hablar; pero únicamente escupía sonidos sin sentido. Me arrastraron desde la parte trasera del vehículo hasta los escalones, pasé por entre el muro de ojos que con gran esfuerzo se había logrado mover y fui lanzado a la calle como la basura que tiran los pasajeros por las ventanas—. Chinga a tu madre —me dijo el conductor y luego la puerta chilló al cerrarse.

A pesar del dolor que sentía, en lo único que podía pensar era en qué le diría a ella, cómo le explicaría lo que me había pasado.  Claro los accidentes le pasan a cualquiera; sin embargo, a mí me pasan por ser como soy: quien sea que se cruzara conmigo me tomaba por un chiste, se aprovechaba de mi amabilidad, se reía de mis desgracias y, cuando se aburría, me mandaba al carajo. No, estoy en un error, ella no era como los demás; ella me amaba, me había aceptado por lo que era y me amaba.

—Arriba, ya vas muy tarde… —al levantarme, sentí cómo mi cuerpo recordaba aquellas veces cuando era pequeño y por una travesura me caía o me golpeaba con algo; excepto que esta vez fue un recuerdo triste, porque sentía que mis heridas me iban a acompañar por un periodo más largo.

El departamento no estaba tan lejos de donde me habían tirado, en el autobús nada más me faltaban alrededor de unos cinco minutos, pero a pie eran diez más y otros cinco, por lo mal que me encontraba. Revisé el teléfono, la pantalla medio estrellada marcaba las nueve pasadas; ya no pude seguir oyendo música porque los audífonos se estropearon con la caída.

—¿Quién te hizo a ti ‒empecé a cantar tímidamente mientras andaba‒, bajo qué forma o que diseño? ¿Con qué…? —me interrumpí, pues venía de frente una señora mayor, me echó un vistazo sutil y me dio pena mi apariencia; ya que me dejo atrás, oí que caminó más deprisa. Cuando ya no escuché sus pasos, continué donde me quedé—. ¿Con qué conjuro? ¿Con cuál encantamiento? —ahora mi voz sonaba aún más frágil—, Tú que eres dolor y consuelo al mismo tiempo… —el tono de llamada del teléfono sonó; respondí, pero me quedé callado.

—Bueno, ¿Pepe? ¿Me oyes? —preguntó con impaciencia.

—Hola, mamá, le escucho.

—¿Y por qué no contestas si te hablo? Oye, necesito que me des mil pesos para tu hermano para mañana —perdí el poco aliento que había recuperado.

—Pero si apenas le di ochocientos la semana pasada, ¿qué les pasó…? —me interrumpió como siempre.

—Eso no importa, ¿entendiste lo que te dije o te lo tengo que repetir? Tu hermano necesita el dinero, punto.

—No, no entiendo. ¿Cómo se puede gastar ese dinero en una semana si está en la cárcel? —la escuché gruñir como si se transformara en un fiera.

—¡Maldita sea!, no puedo creer que seas tan mal agradecido conmigo y con tu hermano mayor; eres idéntico al cabrón de mierda de tu padre. ¡Ay, Dios mío santísimo, perdona mis blasfemias! Ay, Pepe, sabes muy bien que Dios ve a través del corazón podrido; además, se lo debes a tu hermano, Damián siempre te estaba cuidando cuando eras niño.

—Ya sé, pero cometió un crimen, está en la cárcel porque se lo merece, ¿no importan las personas que hirió? O ¿cree que a Di…?

—¡Ni te atrevas a pronunciar un sonido más, el nombre de Dios es sagrado! ¡No lo vas a meter en esto! No comprendo cómo puedes ser así de insolente y estúpido conmigo y con tu verdadero padre. Y vas a hacer lo que te digo, que es por el bien de esta familia —me colgó.

Cuando llegué a la calle donde estaba mi apartamento, mi casera tenía una gran fiesta: supuse que todos ahí eran su familia que había venido a festejar. Ella era una señora malhumorada y en su rostro no había ninguna señal de que alguna vez hubiera sonreído; era una mujer clasista, con la que se tenía que cuidar seriamente cada palabra. Yo no le agradaba ni cuando le daba el dinero de la renta y desde el primer momento me llamo “inmundo”; sin embargo, comprendía que ella había trabajado duro para poder hacerse con el edificio, toda su vida estaba salpicada en cada esquina, pasillo y puerta. Pese a lo dicho, esa noche se le veía con ánimos.

—¡Mira nomás qué trapos llevas encima, Felipe! —me gritó cuando todavía estaba a unos metros.

—Buenas noches, señora —saludé.

—¿No te da vergüenza aparecerte así y más en una fiesta? ¿Qué clase de demente te crió? —me reí en mi mente.

—Disculpe mi apariencia, es que de camino a acá me asaltaron y me golpearon.

—¡Repugnantes criminales! —escupió al suelo—, los aborrezco más que a nada en esta vida. Deberían fusilarlos a media calle como antes, junto con todos los miserables vagabundos. Vaya que estás hecho un asco, métete ya que no quiero verte.

—Que pase una buena noche, señora —me dirigí a la entrada.

—Ah, se me olvidaba —di media vuelta para verla—. Tu vecina la señora Pinos —mi casera soltó un suspiro y se agarró los cabellos blancos—, ¡vaya que no puedo descansar ni un segundo por culpa de esa mujer…! Se ha vuelto a quejar del ruido a altas horas, ya te lo había explicado, Felipe, no me hagas volver a hacerlo por tercera vez. Y nada de meter mujerzuelas a mi edificio, cualquier obscenidad ve a hacerla a un motel. Ah, sí, buenas noches. Juro por cada uno de los que está aquí presente que esa inquilla es un cotorro disfrazado de mujer…

Entré al edificio y, con un último esfuerzo, subí los escalones hasta el tercer piso sujetando firmemente del pasamanos; varios minutos después me encontraba de cara al pasillo, avancé hasta mi puerta, metí la llave para quitar la cerradura y abrí.

—Hola, ¿bebé? —la habitación estaba en penumbras.

—Hola —me saludó y, al encender el foco, ella apareció.


Oye Ramírez ha participado en un par de concursos literarios y ha sido publicado en revistas literarias electrónicas como Ibidem, El Narratorio y The Liberty Prose Journal en español, entre otras.

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