Hacer chiribitas | Comprenderás la atmósfera cuando despegue tu cabeza: Las Voladoras, de Mónica Ojeda

Páginas: 128
Año: 2020
Editorial: Páginas de Espuma

También ves lo imposible, lo que no importa si es real o una alucinación: un indio transformándose en un cóndor gigante que ensombrece el día, y recuerdas la leyenda. Recuerdas que un cóndor escoge el momento de su muerte. Que cuando se siente viejo, acabado, sin pareja, se lanza de la montaña más alta hacia las rocas. Un cóndor con soroche.

El cóndor es el ave no-marina más descomunal del mundo, trae en su plumaje símbolos que balancean herencia e invasión. El cóndor vuela sobre la noción del mestizaje, pero también sobre los Andes, donde acontece este primer volumen de cuentos de la ecuatoriana Mónica Ojeda. A más de tres mil metros sobre el mar, adyacentes a montañas, valles, páramos y volcanes, nos adentramos en un género que milagrosamente ha sido llamado “gótico andino”.

Las Voladoras reúne ocho relatos en donde se patean cabezas como si fueran balones, donde cabelleras se despegan de sus cuerpos para despegar en medio de jardines, en donde mujeres se suben a los tejados y con axilas-panales alzan el vuelo, en donde hay hijas que guardan las dentaduras de su padres, una mujer se lanza desde lo alto de un volcán, padres chamanes intentan revivir a su hija, una niña sueña fascinada con coágulos de sangre y se arrastra para manchar las piedras y unas gemelas exploran el terror acústico…

Advertencia previa, etiqueta sobre producto: exceso de citas. Te he puesto sobre aviso, ¡no hay devoluciones!

La aguja que cosió junto a estos relatos no es temática, sino atmosférica. La inmensa mayoría de los personajes son mujeres y horadadas por la violencia, aunque extrañamente puras en su absoluta curiosidad del propio cuerpo, de la sangre, de su naturaleza, a excepción de los personajes de “Soroche”.

Mami no soporta que hable de la forma de la sangre. Le da miedo el páramo y le da miedo la abuela. A mí no me da miedo la piel de gallina, la cabeza de gallina. No temo al cuello de la vaca, ni a los intestinos del cerdo, ni a las cabras que lloran y gritan por las noches mojando la tierra con su solitaria leche. Nada que venga del interior de los animales me asusta porque ese interior de huesos y de arterias se parece al mío.

“Quiero incidir en el asunto del paisaje porque, como dijo Lovecraft, el horror es la atmósfera; y en los cuentos de ‘Las voladoras’ las montañas, los volcanes y los cóndores lo significan todo: de ellos emerge lo atávico, lo visceral, lo que inquieta por antiguo y perverso”, explica Ojeda.

Esta es la atmósfera de los relatos, hundida en profundidades oceánicas o revoloteando entre las cumbres nevadas (sopórtenme, que si no eras poeta después de leer esto quizá lo seas). Depende de nosotros hacer el trayecto para sumergirnos en ella, aunque jamás podamos asirla.

Siente, por primera vez, el desgarro. Brama en la bruma. Come sin que haya alimento que calme su hambre. La hierba es la misma, pero su cuerpo será débil para siempre y reposará en el polvo. Yo comprendo la lengua de los animales, comprendo su llanto: soy un chamán. Y un hombre pequeño ante las constelaciones.

Entendí a esto también como un ejercicio/catarsis donde se mezclan los relatos orales —de alrededor de fogata— con problemas que han estado presentes, mas apenas hoy se han puesto bajo reflectores. Los feminicidios, la violencia intrafamiliar, el incesto, la pedofilia y el registro histórico del aborto están presentes; sin embargo, Ojeda nunca se detiene a aleccionar o a fabular la moraleja. Lo que importa es la historia, su poética.

Una vez entrados en materia, más vale decir que el lirismo es tan absoluto que se vuelve críptico; tienes que adivinar qué crees que sucede al reunir oraciones sobre tu regazo y tantearlas. Con ceguera fingida. Debes presentir qué quieren decir una vez están todas reunidas sobre la misma página, tendrás que decidir qué sensación te queda al final, porque no puedes detenerte a analizar, pausar para desvelar cada posible significado de este cuasi-verso; la narración te jala. Déjate guiar por las emociones y los presentimientos que te genera la narrativa, no hay de otra. Las Voladoras consigue que nunca te sientas con los pies bien puestos sobre la tierra, lo cual es adecuado al título de la antología.

Usted no sabe lo que es amar un pelaje como si fuera un cabello, pero verá: en mis sueños, la voladora tiene un paisaje y una tumba. Tiene montañas y un muerto al que llorar. Yo nunca he sabido por qué llora ni por qué sus lágrimas sirven de alimento para el zumbido divino. ¿Sabe usted que el sonido que hacen las abejas es la vibración de Dios? Mamá le teme a los panales por eso.

Tendrán que perdonarme por estas citas masivas: no sé seleccionarlas más pequeñas. Es como tener un pastel gigante y tener que seleccionar una sola rebanada. Así que yo les presento todo el pastel. Provechito.

Para acabar con lo de la atmósfera me gustaría mencionar la inevitable llegada de un cambio de aires, donde al leer se despeja el smog y te plantas a mitad del bosque, del cielo abierto. La mención a animales y a casi nada de tecnología crea esta sensación campirana, de cuento de hadas original y oscuro, donde se te despejan los pulmones.

“Slasher” es un favorito del público, quizá porque tiene un ambiente más citadino y artístico; donde las bandas de death metal encuentran finalmente un digno oponente en las gemelas protagónicas; no obstante, me ha gustado más el cuento inicial, “Las Voladoras” que te sumerge, como la madre de Aquiles en el río Styx, en el mundo de Ojeda.

Cuando hacían ruidismo en vivo y Bárbara veía a Paula aplastar insectos con una piedra, abrir una paloma o jadear y soplar junto al micrófono, sentía como si su gemela fuera una anguila nadándole en la sangre; como si el cliché fuera cierto, una verdad mística en la placenta, y estuvieran muy adentro la una de la otra. Inseparables. Indistinguibles. Latiendo al mismo ritmo de la mente.

A través de este lenguaje de Ojeda —en el cual los modismos son mínimos y lo que hay que traducir en el corazón es la semilla de una atmósfera que ella siembra— un ambiente mágico colisiona con la realidad y es allí donde todo empieza. Y termina. En “El Mundo de Arriba y el Mundo de Abajo”, el cuento más largo y el que más me gustó de la colección, el padre recurre a extraños rituales con colibríes, cadáveres-cáscara y un viaje a galope hasta la cumbre de una montaña, atravesando desiertos tamizados de calaveras; intentando maniobrar magia sin nombre para revivir a su hija. Pero la realidad es inevitable, sostiene sus propias normas. Porque sí: todo aquí es embrujo, mas al chocar con la realidad se disuelve y no queda en claro qué pasó. Lo que sí, es que se nos queda la espinita del miedo clavada. Intentando arrancárnosla se nos despegará la cabeza.

Se llevó las manos a la garganta y la trató como plastilina, como cera hirviendo moldeándose al tacto, hundiéndose hasta la tráquea. La sensación la hizo gritar, pero lo que salió de su boca fue un bisbiseo. Entonces, en medio de la agitación de los cuerpos semidesnudos, lo sintió: el desprendimiento, la separación definitiva. Bajó la mirada y vio su cuerpo caído sobre la tierra, flojo y pálido como el capullo roto de una crisálida. Sus ojos estaban lejos, a la altura de diez, quince, veinte cráneos flotantes. Su voz era viento.


Foto Autor

Alicia Maya Mares (Ciudad de México, 1996) estudió Comunicación en el Tecnológico de Monterrey y está cursando la 12ª edición del Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra, en Barcelona. Sus textos han sido publicados en la sección “Piensa Joven” del Heraldo de México y en las revistas literarias Efecto Antabus y Carruaje de Pájaros.

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