Fragmentarios | La herencia de Hjilkr

a nian

Hjilkr preparaba su último hechizo.

Adquiría, poco a poco, las características propias de la vejez: notaba las manchas moradas en sus manos cuando curaba al nieto del rey, las varices le reventaban de vez en cuando al tomar sus baños y tenía que ponerse yerbas rojas alrededor de las heridas para que cicatrizaran mejor. Los pliegues de sus carnes distendían como redes de pesca y sus tatuajes ya no tenían forma, sus ojos vivían rodeados de un tono rojizo que solo hacía resaltar la nublazón de sus pupilas. Habría que mencionar sus dolores de huesos, la hinchazón de su cabeza y el insoportable reventar de sus uñas pintadas cada luna nueva (esto se debía a un hechizo mal conjurado hace poco donde vertió barro rojo, en lugar de negro sobre un objeto de cobre). Ya era imposible dialogar con su barba, que se resistía a su color blanquecino y, por aquel rencor, hacía tropezar a Hjilkr todos los días.

Es que, se sabe, seiscientos trece años pesan. Había visto caer decenas de generaciones nobles; pero, pensaba el mago, corrían más rápido las generaciones de súbditos famélicos y enfermos a manos de las epidemias, las plagas y sequías en el cielo.

¿Quién habría pensado que el actual rey, quien había mandado a decapitar a todos los cuadrúpedos del reino hace tres meses, le había pedido inventar un remedio para el calor cuando tenía cinco años y Hjilkr, entonces, conjuró el hielo? ¿Quién habría pensado que las manos diminutas del rey Xrtuf habrían de ahorcar a una doncella en lo alto de la torre astronómica unos años antes y provocarían una guerra en la que hasta el fuego gritaría por las atrocidades vistas en cada rincón de los reinos vecinos? Hjilkr pensaba que la transformación de la condición humana, a su edad, únicamente era un conjunto de reglas que tenían que ser ordenadas por un ojo viejo y escrutador. Por ejemplo: una barbilla prominente volvía a los reyes más exitosos en la caza de jabalíes, la calvicie prematura era una consecuencia de ser amamantado hasta después de los tres años, si su primera palabra no tenía nada que ver con la familia habría de morir en la guerra de una forma terrorífica, si una mujer (antes de los catorce años) contemplaba las ramas de un olmo por más de nueve horas se volvería infértil. El futuro eran puros datos de segunda mano.

Eso sí, ningún temblor le inundaba el cuerpo. Todas las quejas las guardaba en los orificios de sus muelas y, al llegar a su dormitorio, las sacaba una a una y las vaciaba en recipientes de vidrio azul, así nunca saldrían al sol: las deslizaba con tal delicadeza que el vidrio no se percataba de las maldiciones que contenía y vivía muy feliz, resplandeciendo en el bronce de las seis de la tarde.

La solemnidad que caracterizaba a Hjilkr era proporcionada por el añejamiento de sus labios, los cuales habían convertido su boca en una línea casi imperceptible. El terror de un ser sin boca, sin lenguaje, siempre ha sido un miedo ancestral. Sus aprendices, sin embargo, sí lo escuchaban hablar: su voz áspera, subterránea y grave imponía un respeto como de bestia depredadora que quebraba a los aprendices más rebeldes. La elocuencia también recorría su boca como un pececillo que se aproximaba siempre a las corrientes apropiadas.

Semanas después, cuando se acercaba su fin, preguntó a sus jóvenes discípulos “¿Qué harán con la magia adquirida aquí?”. Una vorágine de respuestas sitió su alma: “Curar a mi madre”, “Explorar tierras lejanas”, “Servir al rey correctamente”, “Tener un miembro más grande”, “Vivir para siempre”, “Revivir a mi hermano”, “Traer al mundo la paz mundial”. Las respuestas lo hicieron desfallecer: ¡todo el conocimiento iría a parar a regodeos inmediatos! “¡La paz mundial! ¿Con esta crisis de experiencias? ¡Imagínate el aburrimiento!”, gritó.

En ese momento, con todo el dolor de su atormentado corazón, desterró a cada uno de sus aprendices y les regaló a todos un panecillo con nata que contenía el olvido de sus conocimientos y un montón de monedas de oro.

Ya casi ciego, escuchaba el rumor del río. Hjilkr deseaba que su magia traspasara los límites del tiempo, que funcionara mañana y en doscientos mil años, en este reino y el reino más allá de las tierras pantanosas que nadie había explorado. El lenguaje es un impedimento, se dijo para sus adentros, “es constante y mutable, como un chisme, una historia”. Y la magia no era una simple fábula, era una sustancia exacta capaz de construir animales salvajes. Algo mutable a cada segundo pero, sustancialmente, igual: allí escondería el lenguaje de su magia.

Pasaban los días y los dolores, la oscuridad eterna lo ceñía y lo cazaba como una bestia que se resistía a ser domada. Perdía cada uno de sus sentidos paulatinamente: primero la vista, ya no veía los jarrones llenos de miedos maternales que le había extirpado a la reina; después el olfato, no diferenciaba el olor de los duraznos y el olor de la lluvia; el gusto, todo le sabía a cobre, a bilis, y el tacto, los contornos de las nubes eran muy parecidos a los de la madera labrada… le quedaba el oído. Y cuando creía perderlo, una revelación le iluminó la cabeza hinchada y le hizo reventar las uñas a pesar de que no era luna nueva: el rumor del río, el agua que bordeaba el reino. El agua es lenguaje perfecto, se dijo, le dijo a su corazón.

Los materiales se le aparecían a Hjilkr con toda nitidez. Configuraba sus fondos y formas como algo inseparable. Entonces empezó a construir un objeto al centro de su jardín. El mago parecía un pellejo de sapo, cualquier movimiento del viento podría llevárselo al mar y disolverse en la espuma.

Necesitaba de un objeto ornamental, lleno de agua, mas básico en todo asentamiento humano. Necesitaba un sacrificio, lo suficientemente venerado y lo suficientemente utilitario. Necesitaba una sustancia intensa, casi intangible, que tradujera cualquier deseo al lenguaje de la magia. Escondería el último ingrediente en un movimiento de manos, ¡como todo buen mago!

Las respuestas se le aparecieron conforme el rumor del río se apagaba dentro de su ser:

Una fuente.

            Una moneda.

                        Fe.

                                    Y el acto de arrojar.

En medio de la oscuridad y el silencio, fabricó la primera fuente de los deseos de la que se tengan datos. Bajo el reinado de Korkorir “El Pirómano”. En la frontera de los Valles de Checizx. En el año de Las Trece Aves.

Cuando lo encontraron en su jardín, muerto por el peso de ver demasiados amaneceres, observaron que su cuerpo ya no tenía los tatuajes que lo caracterizaban. Algunos dijeron que se le desparramaron todas las tristezas que había acumulado y jamás expresó porque cerca de su mano izquierda estaba el baile que nunca le pidió a un joven mozo en su juventud, cerca de su cabeza la posibilidad de tener una vida sencilla lejos de la magia y las cortes y los reyes sádicos, a sus pies estaban todas las personas de las que se olvidó y pisoteó sus recuerdos… todas las decepciones de su juventud reflejadas en un líquido negro que expulsó su cuerpo sin forma.

A pesar de todo, Hjilkr tuvo un gran funeral. Simbólico, por supuesto, porque todos sus huesos y sus vísceras fueron robados por las personas del reino y encerrados en frasquitos de vidrio. Uno tenía un pedazo de colon y otro tenía un pedacito de tendón. Que aquellos fragmentos de Hjilkr conservaron la magia durante un tiempo, sí, es cierto; no obstante, paulatinamente, se hicieron polvo y el polvo no produce milagros.

Hjilkr escribió todo su conocimiento en pergaminos que terminarían guardados y deteriorados en la biblioteca de Alejandría, a un lado de la Segunda Poética de Aristóteles. Hjilkr sabía que todo eso se lo había regalado al fuego y al olvido; sin embargo, su invención perduraría en todos lados. Fuentes empotradas en todas las ciudades serían símbolo de poder político, riqueza y nostalgia. Las fuentes serían germen de historias inolvidables, de deseos atroces y amores perpetuos.

Algunos deseos cumplidos por las fuentes de los deseos que inventó el  mago Hjilkr:

La protección de algunos santos.
La llegada del tatuaje a Japón en el siglo X a. C.
Los milagros de Jesús de Nazaret gracias a la fuente de Jacob.
La salvación de algunos enfermos a lo largo del siglo XIV.
El descubrimiento de América.
La invención del jazz.
La tormenta de nieve que hizo victorioso al ejército rojo.
El taponar de los engranes en la Fontana di Trevi.
El negocio de las bolsas de valores.
El éxito de una película italiana estrenada en 1960 por un tal Federico Fellini.
El derrocamiento de la dictadura chilena.
La llegada a la luna por parte del gobierno de los Estados Unidos.


RMora

Rodrigo Mora (cdmx, 1996). Fantasma de tiempo completo. Ha colaborado en revistas como Rojo SienaLa rabia del axolotlLa liebre de FuegoMarabunta y escrito reseñas para Cultura Colectiva. Actualmente, tiene una columna en la revista Palabrerías y es parte de En la Web: antología de relato web en español. También experimenta con la crónica, la narración y el diario en Medium. Su color favorito es el rojo-rojo.

INSTGRM: @palinurodemexico

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