Cuento | Posta, por Emilio Martínez

…Pero desde lejos
Como del otro lado de un cristal;
“murió” y su tenue imagen
Se perdió como el agua en el agua…

Jorge Luis Borges, La Otra Muerte

El Loco, La Sacerdotisa y El Colgado coronaban el sueño. Desde que había vuelto de Bruselas, las alucinaciones nocturnas habían comenzado. La pesadilla era recurrente: se miraba a sí misma caminando a la orilla de un lago lodoso y, al divisar su reflejo en el agua, veía los arcanos hundirse a las profundidades. Antes de despertar, sentía el olor del barro saturar la habitación.

Tamara Posta asoció la pesadilla al estrés de los últimos meses. Primero fue la enfermedad. Una afección genética se la disputó en el hospital por semanas. Los médicos y enfermeros la miraban cada vez más consumida; cuando, entre lo que pensaron fue un milagro o la reacción tardía de un vasto tratamiento, comenzó a recuperarse. Una vez que su diagnóstico fue alentador y los signos del cuerpo mostraron mejoría, volvió a su departamento cerca de la Porrúa. 

Por primera vez en años se sintió vacía. No era únicamente la soledad, sino que también estaba desempleada. Una llamada tajante de la redacción le despidió con una liquidación ridícula. Blandiendo un temple que no se conocía, aceptó esa parte de la realidad. 

El tiempo que duró la convalecencia se dejó acompañar por Alba, una amiga de la universidad. Ella hacía el súper, la acompañaba por las tardes y a veces dormía en su casa los fines de semana. 

Hacía años que sus padres habían muerto, así que Tamara no tenía un vínculo estable con su familia. Cuando estuvo mejor, decidió que era necesario reordenar su vida. Fue cuando Alba, tras una larga charla, le sugirió Bruselas. La frase fue contundente para Posta: no sabes cómo me cambió estar allá. 

El viaje duraría una semana. Mientras organizaba los pormenores en línea, una ventana en el navegador llamó su atención. Era un sitio donde se adivinaba la suerte. Qué estupidez, pensó mientras la caricia del café con leche la recorría. 

Unos anuncios luego, la imagen volvió a surgir. En automático la abrió. Era como un juego aquel mazo egipcio. Lentamente fue llenando los espacios hasta que obtuvo una lectura que le pareció un disparate. Todo hubiera sido baladí de no ser por una línea a mitad del texto: nunca mires el reflejo. Antes de internarse en esos detalles, cerró la ventana y continuó con los trámites. 

Alba la despidió en el aeropuerto. Cuídate, le dijo al mismo tiempo que se reflejaba en sus selenios ojos. 

El vuelo y el trayecto al hotel fueron un remanso. Bruselas la recibió con la violencia de las revelaciones. Esa tarde recorrió en grupo una parte de la ciudad. Se sintió plena, casi feliz. Aquella bandada de turistas la acompañó regularmente toda la semana. Lentamente los fue conociendo. Aunque le gustaba estar sola, frecuentemente se topaba con una de sus compañeras. 

Era una doctora en historia. Brillaba por lo estrafalario en la vestimenta y el estado ausente en su persona. Se llamaba Edna, una española que le pareció rebasaba los sesenta. Usaba vestidos largos y sandalias, unas gafas fotocromáticas que no se quitaba nunca y siempre consultaba la bolsa de mano antes de moverse. Tamara no se sentía intrigada tanto por el aspecto gitano de esa mujer, sino por la antigüedad que reflejaba. Lejos de su edad real, parecía tan vieja como la urbe. 

Sin saber por qué, Posta cada día se sintió más incómoda con su presencia. Para mitigar esos efectos, decidió vagar sola el último día. Las prolongaciones del Río Senne, la fusión gótica y barroca o el empedrado que se le figuró las escamas espirales de un reptil dormido le disuadieron la fatiga.

Miró algunos vestidos y zapatos en los aparadores. Mientras se reflejaba en los escaparates de la Rue Neuve, sintió que la observaban. Entró a un par de tiendas para dotarse de algunos suvenires cuando miró la silueta rotunda. 

Edna estaba apostada en uno de los cafés cercanos a las perfumerías. Al pasar, con una sonrisa y un ademán, la invitó a sentarse. Tamara lo pensó un momento y enseguida aceptó. El calor apretaba sin piedad.

Conversaron durante horas. Hablaban sobre otros viajes y sobre paralelismos históricos, cuando Edna paró la conversación: 

—Sabes, maja, le dijo como mirando al vacío mientras bebían cerveza, lo que me atrae de este país es que no envejece. Hace siglos todo está dispuesto de la misma forma. Hasta el olor, si lo buscas debajo de esta piel, sigue siendo el mismo. 

—¿Cómo saberlo? Apenas y somos un momento comparadas con la antigüedad de la ciudad —le respondió Posta.

—Apenas lo adivino, Mara; apenas y recuerdo. Para eso vengo, para recordar lo que ha sido y será. 

Debajo de la pashmina morada que cubría el rostro, unos enormes ojos la escrutaban. Sintió miedo. Hasta entonces no había sentido la ferocidad de ese azul intenso recorrerla. Permanecieron un momento en silencio. 

A lo lejos, los últimos fulgores de la tarde incendiaban el largo camino a la iglesia Du Finistére. Pronto se instalaría una noche de lunares plateados. Ambas miraron en silencio la transición. 

—Ya es hora, maja —le ordenó Edna. Su voz ahora tenía algo de arenoso, de sobrenatural. Una luna árabe las observaba. Cuando trazaban el camino al hotel, esta le condujo por otra ruta. Sin decir nada, Tamara avanzó entre calles inciertas. Llegaron hasta la Grand Place. La otra mujer permaneció en silencio, como en ademán de contar un secreto. Tomaron la primera banca que encontraron a su paso. El flujo de gente iba aminorando.

—¿Estás lista? —le preguntó Edna, sonriendo bajo la pashmina—. Estás a punto de recibir los dones —le dijo en un tono cada vez más siniestro. 

Tamara sintió un miedo plural. Aunque trataba de levantarse, el cuerpo lo sintió pesado. De la bolsa de mano, Edna extrajo los naipes y los fue barajando hasta tener nueve sobre la banca. Mientras sostenía en las manos el décimo, la volvió a mirar. 

—Voltea el central —le ordenó con crudeza. Posta se negó si quiera a moverse. Edna volvió a ordenarle, pero esta vez la mexicana aceptó. —El Mago —le escuchó decir. Después los fue volteando uno a uno. Cuando terminó aquella operación demente, se quitó los lentes. Tamara miró horrorizada cómo el azul de su mirada se iba perdiendo, hasta que se le borraron las corneas. Antes de desmayarse, mecida por la profundidad de los presagios, sintió el olor de la sangre mezclándose con el negligente olor del Senne.  

Despertó sobresaltada. Aún sentía el cuerpo pesado y la sensación del agua en la garganta. Entre el pánico de sus compañeros de asiento, escuchó la voz dulzona de las azafatas. Estaba en el avión. No tenía memoria de las últimas horas. Todavía confundida, interrogó a los sobrecargos con violencia. 

Ante la conmoción, uno de los guardias de abordo la contuvo. Otro del personal le fue corroborando sus datos: el número de vuelo y asiento, el origen y su destino de viaje. Todo estaba en orden. Al preguntar cómo había abordado el avión, las azafatas del bloque se miraron entre sí: usted abordó por su propio pie, le respondió alguien.

Asustada, entró al baño para llorar. Una vez delante del espejo, se miró intacta. Todo parecía en orden. Desde el avión llamó al hotel en Bruselas, pero las respuestas fueron las mismas, ella salió por su cuenta en la fecha estipulada. 

Telefoneó a su departamento. Del otro lado respondió Alba. Escucharla le tranquilizo los nervios. La llamada, aunque accidentada, les permitió coordinar el regreso. En unas horas pasaría por ella al aeropuerto y hablarían.

El resto del viaje fue tranquilo. Escoltada y con una receta hecha por el médico de la aerolínea, se reencontró con Alba. Mientras el auto se deslizaba sobre la noche en Circuito Interior, Tamara se entregó al sueño. Entre girones que le parecieron la secuencia de un filme a blanco y negro, escuchó la voz de Edna en las profundidades de esa trama monocromática: el ojo izquierdo prevé lo que el derecho ya insinúa. 

Despertó desconcertada. El olor del barro y el drenaje eran fuertes a esa hora. Entornó la vista. Estaba en su habitación. Desde la pared, una máscara de diablos la observaba. Por las cortinas recogidas divisaba la luna. Al asomarse a la ventana que daba a Justo Sierra, indiferente al tiempo, estaban las ruinas del Templo Mayor. Todo dormía a esa hora. A lo lejos se divisaba el Zócalo y más allá, la enorme ciénaga fundida de concreto. 

Estaba inestable por los episodios recientes. Miró el celular. Eran las tres de la mañana. Sus maletas estaban intactas dentro del ropero. Pensó que aquello era una prolongación del sueño; sin embargo, el sonido de las sirenas perdiéndose en la noche la instaló en la realidad. Pensó en no dormir, mas el cansancio fue venciéndola. 

Por la mañana la despertó el sonido del teléfono. Era Alba. La invitaba a comer en un restaurante al sur de la ciudad. Sin muchas ganas aceptó. Consultó el calendario, la secuencia de los días era normal; solo eran algunas horas las que había perdido. Aunque reciente, el episodio con la historiadora comenzaba a perder peso en su memoria. 

Oscurecía en Coyoacán. Las luces cálidas acentuaban el dominio de la lluvia, prolongando la electricidad sobre el asfalto. Mientras estaban guarecidas en uno de los bares, Tamara le contó los pormenores del viaje. Alba fue templando la expresión cuando escuchó el relato de la Grand Place. 

—¿Sabes? —espetó después de un silencio—, yo creo que lo soñaste. Ayer que entramos a tu casa parecías relajada. Me enseñaste algunas fotos en tu computadora, pero nunca la suya. 

Posta quedó en silencio.

Seguía lloviendo cuando llegó a su departamento. Todo transcurría como cualquier sábado. Buscó en la memoria de la cámara la fotografía de Edna; sin embargo, no encontró nada. Alba permaneció en silencio, tratando de no interrumpir el episodio. Ya preparaba el sofá cuando Mara le dijo que quería estar sola. 

Una vez a oscuras, sintió el departamento más grande. Se quedó pensando en la solución de Alba. Quizá todo era una alucinación, el estrés y otras cosas ejercían presión en ella. Arrimó el sofá a la ventana. No le pareció tan malo dejar el tornamesa encendido, mientras se dejaba adormecer con un LP de Parker. Esa noche la oscuridad era particularmente más densa.

El primer sueño fue la visión de los arcanos mayores en el lago. El segundo, más violento y aterrador en muchas formas, revelaba con figuras grotescas las otras seis cartas. La efervescencia del barro se fue acentuando en la pieza. Sintió el cuerpo nuevamente denso. Quiso gritar en el sueño, mas el sonido de un cristal rompiéndose la despertó.

El silencio de su sala contrastaba con la pesadilla. El brillo de la luna era anormal. Las cosas se insinuaban apenas en esa luz como de acuario. Trató de encender el foco, pero el apagón era general. 

Afuera, la luna bañaba las calles. En otro tiempo, hubiera disfrutado ver las ruinas del Templo Mayor bajo esa luz. 

Al asomarse, agazapada detrás del poste de alumbrado, un bulto avanzaba sigiloso. Enseguida reconoció la silueta. Envuelta en pánico, miró cómo se acercaba frente a su ventana aquella sombra. Cuando se hizo visible en el adoquinado, levantó una tarjeta que sacó de entre sus ropas. Era el décimo arcano. 

En el espejo del corredor se vio a sí misma consumida por las horas y ese otro tiempo. Estaba encanecida, llena de pliegues en la piel, como la palma de una mano muy anciana. Sintió vértigo y, después de la náusea, expulsó los restos del agua tragada en sueños. Antes de desvanecerse, escuchó un canto gutural y la visión de un enorme lago frente a su ventana.

Rebasaba el medio día cuando la encontró Alba. Estaba paranoica. En el piso quedaban los rescoldos del barro seco y sobre la computadora el naipe de la baraja de Marsella. Al voltearla, Tamara miró La Muerte. 

Alba pensó que la afección estaba ganando otros matices. Quizá debía hablar con un psiquiatra, buscar ayuda en algún lado. Mientras rompía el arcano, Tamara fue tomando otra actitud. Sintió alivio. Como si todo aquello hubiera pasado con ese acto, como si fuera una renuncia. 

Horas después, tras una larga charla y algunos fármacos, Alba la convenció de salir a caminar. La tarde aún era apacible. Al llegar al Zócalo encontraron la plaza tomada por un circo itinerante urbano. Caminando hacia la Torre Latino, aquel tianguis de variedades las fue sorprendiendo por la complejidad en sus actos. Entre los faquires, un enano anunciaba el acto principal: el simulacro de una ejecución con guillotina a las puertas de Bellas Artes. 

Al llegar al edificio abandonado frente a la Casa de los Azulejos, se apostaron sobre la baranda en Eje Central. Desde ahí, la herrumbrosa maquina invitaba a los paseantes. Mientras platicaban, vieron desfilar hacia Madero a los tragafuegos, a los malabaristas maquillados, a los mimos y, al final de la nutrida columna, se divisaban las gitanas. 

Alba la dejó sola para ir por agua al autoservicio. Declinaba la tarde. Desde ahí Tamara pudo ver el domo de cobre del Monumento a la Revolución. Sobre los cristales de la Latino lograba ver los reflejos de la urbe. Detrás de ella vio, en los cristales del edificio, la explanada de Bellas Artes. También se miró a sí misma enfundada en el vestido esmeralda, más avejentada, con los ojos azules y no con sus ojos almendrados. El olor del barro le fue saturando los pulmones, pero ya fuera por las pastillas o la resignación, se sujetó bien a la baranda antes de sentir el golpe seco. 

Cuando regresó, Alba la buscó. Telefoneó su número sin éxito. Al apostarse en el mismo punto, miró en el cristal la guillotina. La visión del reflejo la paralizó.

Al despertar, sintió la humedad del barro ceñirse a su cuerpo. Un tropel de gente la miraba consternada. Escuchó que la injuriaban. Mientras se levantaba, miró los letreros de las tiendas, de los anuncios y las calles: todo se leía a la inversa. 

De entre los del circo y el público, vio a Edna encaminándose hacia ella. Ahora le gritaban bruja mientras le arrojaban cosas. Los traga lumbre aventaban un fuego sin calor en aquella hora estacionada del espejo. 

Unas manos anónimas la arrastraron con violencia hacia los jardines de Bellas Artes. Del otro lado, en el lugar en el que estuvo, vio cómo Alba miraba su reflejo. Ambas experimentaron la misma angustia. Nadie podía ayudarlas. Aquello ya no era un sueño. 

En el estrado, Posta sintió cada vez más violentos el olor del hierro y de la sangre. Mientras estiraba la mano al reflejo de Alba, uno de los verdugos la sujetó mientras Edna alzaba la hoja. No mires el reflejo, pensó al mismo tiempo que descendía la navaja. Lo último que vio fue el reflejo de Alba llorando en silencio, igual que ella. 

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