4 microrrelatos de Edgard Rivera

Retorno

Había regresado al pasado para asesinar al que arruinó su matrimonio, su trabajo y sus sueños en su presente: A él mismo. Lo último que desapareció fue su sonrisa satisfecha.

Legado

Cuando resucitó al tercer día, Alfonso Quijano corrió atropelladamente a casa de Sancho Panza. Cuando llegó era ya muy tarde, solo encontró a su esposa e hijos llorando. Sancho había partido después de armarse caballero andante.

Remisión de pecados

Todo apuntaba a que el clérigo era inocente y que él se había obsesionado con encontrarlo culpable para condenarlo. Antes de irse, el sacerdote lo miró a los ojos y, tomando las manos que el policía apretaba impotente, le dijo que lo perdonaba y que no le guardaría rencor. Después de eso, le dio la espalda y se marchó lentamente arrastrando los pies. Entonces todos en la dependencia lo miraron avergonzados de su accionar: Encerrar de forma arbitraria y acusar de tan repugnante proceder a un siervo de Dios que le da refugio a decenas de niños callejeros. Seguro sería suspendido por un par de semanas.

Días después el albergue abriría nuevamente sus puertas, el cura tomaría el mando y él sería, evidentemente el último niño al que aquel sacerdote marcó hace poco más de tres décadas.

Parásito

Cuando llegó la policía todos mentimos. Nos mirábamos de reojo y parecía que todos nos habíamos puesto de acuerdo la noche anterior. Cuando sudé por los nervios, mi esposa me secó la frente rápidamente mientras su tía distraía al detective. Todos hicimos mención de la grave enfermedad de la que se salvó milagrosamente el año pasado y de las secuelas que le quedaron y que prácticamente lo convirtieron en un parásito.

Todos negamos con la cabeza cuando nos preguntaron si creíamos que pudo ser provocado. El diagnóstico de la necropsia arrojó muerte por asfixia, paro respiratorio, pero nadie mencionó que le puse la almohada encima mientras dormía hasta que dejó de luchar. La policía no sospechó de mí, solo mi esposa y su tía, pero no dijeron nada porque ellas también tenían una almohada en las manos ayer por la madrugada.

Ilustración de Valeria Huerta Cano


Texto: Edgard Joel Rivera Ramírez (1994). Es egresado de la escuela profesional de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Nacional de Piura. Actualmente se desempeña como docente de Literatura para el nivel secundario de un colegio pre universitario. Además, es un aficionado de la lectura y viene escribiendo cuentos y poemas aun inéditos.


IlustraciónValeria Huerta Cano. Egresada de la licenciatura en Artes Plásticas en la Universidad de la Américas de Puebla. Se dedica sobre todo a la producción de obra bidimensional relacionada con literatura. Recientemente ha expuesto en el Museo de San Pedro de Puebla y en la Plataforma Art Fest del Complejo Cultural Universitario BUAP.

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