Hacer Chiribitas | La nostalgia y la aventura serán placebo: Pajarito, de Claudia Ulloa Donoso

Páginas: 158

Publicación: 2018 (original 2015)

Editorial: Almadía

“Todo el mundo sabe que Lima huele como el sexo de una mujer. Aquí la brisa sucede solo a veces.”

Siempre me apunto a muchos retos de lectura y nunca los cumplo al cien, pero tengo fe en que este año es el bueno. Tan segura estoy que les lanzo esta choteada frase.

Pajarito (Almadía, 2018) Decidí empezar enero con un volumen de cuentos: Pajarito (Almadía, 2018), de Claudia Ulloa Donoso; autora de origen peruano que seguramente les suena familiar. Esto es debido a que fue incluida en la célebre lista Bogotá39 del 2017, la cual seleccionó a los mejores narradores latinoamericanos del momento —Colanzi, Ojeda, Jufresa, Luiselli, Schweblin, en fin, puras ídolas—, que tuviesen menos de 40 años.

Y vaya viaje: en esta obra, tan plástica y dinámica como la pluma que la escribió, se intercalan auto-ficción, apuntes de geografía, realismo mágico, poesía, diatribas, vagabundeos, experimentación total y debrayes. Por un lado tenemos ciertas remembranzas de la vida de Donoso en Noruega—ella menciona que se fue a vivir al Círculo Polar Ártico porque es una persona ‘Tipo B’, y según la ciencia, este tipo de personas funcionan mejor por las noches—, y por otro hallamos recuerdos aún más lejanos, como los consuelos de la abuela y su infancia en el puerto de Lima.

La prosa se va afilando parsimoniosamente, con la placidez de un gato que se limpia las zarpas. Nos engaña con su evidente suavidad, construyendo frase tras frase de manera limpia y sencilla, y sin previo aviso y hasta con saña, extiende las garras y nos las clava. Más que un símil es la prueba de que sí existe una prosa felina.

“No me acordaba de ese pedazo de Iberia sumergida (como la de los héroes) que llevo dentro y no se me va a quitar nunca, pues es una astilla rodeada de mi propia carne.”

Ahora bien, esta construcción de escenas sencillas —las cuales comienzan en un contexto anodino que luego evoluciona hacia lo maravilloso—, es evidenciado sobremanera en el primer cuento, Pajarito. Una entrevista de trabajo comienza normal pero culmina con las alas de un pequeño milagro distrayendo a toda una oficina, y a falta de palabras más domingueras, debo confesar que este cuento me hizo sentir como una niña. Recordé la inocencia.

Este arranque es al mismo tiempo una probada y una promesa: Donoso repetirá esta misma fórmula secreta (aunque disfrazada con un diferente pelaje, claro), una y otra vez. Probará que lo juguetón sí va bien con el dolor apelmazado.

Hombres que se vuelven luciérnagas, una mujer que se va a vacacionar al interior de su gato, los miedos de la infancia, un puerto atiborrado de peces muertos, un escritor con mal de amores que roba su propio libro de una librería, una podada de césped que se vuelve una obra de teatro, poemas rotos y decenas de soledades.

“Supongo que por eso ella me cantaba ‘Mi niña veneno’, medianoche en mi cuarto, ella va a subir, oigo sus pasos acercándose, veo la puerta abrir, me cantaba esa canción porque mis pasos hacían ruido en la medianoche y siempre abría la puerta en en un golpe.”

Donoso crea un maridaje clásico: nostalgia con aventura. Y este permea las redes de pesca de Lima, la nieve densa del norte de Noruega; nos hace acostumbrarnos a las garras que la narración ya nos clavó. Es cierto que lo surreal y onírico crece a medida que avanzamos con la lectura, porque cuando una llega al final del libro es como escapar de un sueño que no recuerda del todo. Es igual a despertarse enredada entre las mantas y pensar, todavía encumbrada por lagañas, ahuyentando a manotazos la somnolencia, ¿qué diablos acabo de soñar?

Apuntes de psiquiatra, pensamientos de regadera, reescrituras desesperadas para paliar la soledad o para encontrarse a sí misma; Pajarito puede ser todas estas cosas. Pero es un hecho que después de leerlo, lo cierras, ves por la ventana y piensas, ¿qué diablos acabo de leer?

Esta incredulidad maravillada y hastiada suele sucedernos después de llegar de un viaje, y realmente creo que este libro sí te saca de paseo. Otra frase choteada pero eso no lo quita lo cierto: sí viajé, de mano de Claudia. Al final, escribir sobre estar solas es el placebo que creamos para dejar de estarlo.


“Ese saber que hay en cura es en sí, la cura.”


Foto Autor

Alicia Maya Mares (Ciudad de México, 1996) estudió Comunicación en el Tecnológico de Monterrey y está cursando la 12ª edición del Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra, en Barcelona. Sus textos han sido publicados en la sección “Piensa Joven” del Heraldo de México y en las revistas literarias Efecto Antabus y Carruaje de Pájaros.

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