Cuento | Colapso, por Edwuin Zapata

Su incapacidad de saber el verdadero significado de la vida es un rasgo que me da tanta lástima como ternura, pero a pesar de esta carente visión de la realidad, seguía ahí, de pie, con el cabello dorado recogido y con un bolígrafo que giraba entre sus blancos y suaves dedos, mirándome esposado a una cama de hospital, pensando ingenuamente que sus estudios en psiquiatría eran suficientes para sincronizarse conmigo y descubrir lo malo en mi cabeza.

―Llevas cuarenta minutos sin decir palabras, Ian ― dijo después de mi largo silencio ante su pregunta acusatoria.

Era obvio que yo lo había hecho. Bastaba con escuchar a todos los testigos que me vieron parado frente a mi hogar, mientras lo veía consumirse en llamas sin cuidado alguno. No duraría mucho con vida a partir de ese momento. Algo que la capacitada médica no lograría comprender a través de sus teorías terrenales, sesgadas a conflictos psicológicos originados en una amalgama de aspectos sociales y culturales.

―Por algo estoy esposado a esta cama. Por algo me vigila un policía regordete.

Era desesperante ver cómo movía el fino bolígrafo plateado sobre un cuadernillo de notas, cada vez que yo hacía una expresión o decía algo.

―Ian, quiero que comprendas que vine a ayudarte ―Sonaba muy convincente.

―¿Cómo pretende ayudarme, doctora? ―pregunté, interesado por saber la forma en que había sido programada por su Dios.

―Seré honesta contigo, Ian; la forma en la que mataste a tu propia familia nos dice que algo anda muy mal en tu cabeza, y eso es bueno en tu caso… Esa locura te llevará a un lugar más cómodo que la prisión y…

―¿Un manicomio? ―la idea no era de mi agrado.

Sanatorio, Ian. Un lugar perfecto en el que podrías vivir hasta que la demencia que sufres…

―Le tengo malas noticias, doctora Margo: nada está mal en mi cabeza. El problema es lo que USTED y MUCHOS llaman Dios y Destino, conceptos que han adoptado para sentirse mejor con toda la mierda que pasa en la cotidianidad: muertes, deudas, violencia, desamor, suicidios, abusos, pobreza, miseria, enfermedad…

―¿De qué hablas, Ian? ―Sus párpados se cerraron con fuerza para ocultar el terror que le provocaba escuchar mis palabras, que eran capaces de iniciar un incendio forestal en su mente. Comprendía su ignorancia, pues ella no había visto lo que yo cuando intenté quitarme la vida.

―Sabe perfectamente de qué hablo, doctora. Usted ha escuchado frases como Dios no te cierra una puerta sin abrirte una ventana; Dios no te falló, sólo tiene preparado algo mejor, o el destino quería que pasara. Incluso puedo apostar que en malos momentos, por lo menos, ha pensado en esa basura emocional para intentar a sobrellevar la mierda del día con día.

―No sé qué tiene que ver eso que dices con el hecho de que hayas asesinado a tu madre y hermana, Ian.

En efecto, para alguien normal como ella o como tú, querido lector, encerrar a mi madre y hermana en una habitación y prender fuego a la casa un día después de mi cumpleaños número dieciocho, era algo que no tenía ningún sentido lógico.

―Es buena en su profesión, doctora, no sea ridícula. Apuesto a que usted ya pensó en algo ―y estaba ansioso por escucharla para percibir la forma en la que la cuarta pared luchaba por mantenerse cohesionada y alzada en todo su esplendor.

―Vienes de una familia pobre, ¿cierto? ―Asentí―. Querías sacar a tu madre y hermana de esa pobreza, Ian; además llevabas horas sin tomar las medicinas que te prescribí. Eso pienso yo y eso piensa el fiscal.

La miré y sonreí. La cuarta pared se resistía a caer.

* * *

Aquel sábado el reloj marcó las dos de la tarde, la hora más insignificante del día, y mi madre me abrazó mientras le pedía a mi hermana que encendiera la enorme vela con forma de número 18, puesta en el centro del jugoso pastel de tres leches que llevaba esperando en el refrigerador desde las nueve de la mañana.

Oficialmente estaba cumpliendo la mayoría de edad.

Soplé y apagué la vela sólo para que mi madre sonriera, pues yo detestaba ese tipo de celebraciones, ya que una tercera parte del mísero sueldo que la miserable empresa le pagaba a mi desesperada madre se iba en un santiamén. Yo lo sabía y mi madre sabía que yo lo sabía, pero aun así quería sorprendernos con detalles para provocarnos una sonrisa que permitiera olvidar tanta desdicha que nos rodeaba, aunque fuese por un momento. Ella pensaba que así funcionaba.

Y aunque mi hermana disfrutó el pastel, yo sentía pena por nosotros. Éramos miserables. Aun con mi empleo de medio turno no podíamos salir de ese agujero, cosa que hacía llorar a mi madre por las noches hasta que se quedaba dormida y se perdía en, espero, sueños más gratos.

Ver su cara hinchada por la mañana y escuchar a mi pequeña hermana preguntar, ¿qué tienes, mami?, mientras se acercaba a ella para darle un abrazo; y que mi madre respondiera, Nada, bonita; es la alergia, era frustrante y despedazador.

Al diablo la miseria. Ese día había tomado una decisión.

Vimos películas todo el día para evitar conversar. Nunca fui abierto con nadie. Me gustaba estar en el centro de un laberinto construido por mí, para estar a solas con mi mente. La doctora Margo llegó a decir que yo me sentía cómodo y a salvo cuando no hablaba, lo cual me hacía pensar que desperdiciábamos el dinero en ella por destacar lo obvio y por sedarme.

Al llegar la media noche llevé a mi dormida hermana hasta la habitación que compartía con mi madre debido al reducido espacio de la casa, y después de cubrirla con cobijas perforadas por el desgaste, regresé a la diminuta sala para despedirme de esa mujer a la que sigo amando. Ella se despidió de mí con un fuerte abrazo y me preguntó si había disfrutado de mi día especial. Conteniendo las lágrimas y sabiendo que era el último asentí, le dije gracias y la apreté más.

Dos horas después tenía miedo de lo que estaba por hacer. Mi corazón me gritaba que no lo hiciera porque era la esperanza de mi madre y hermana, pero el cerebro me decía que era su perdición, y cuando ganó la razón respiré hondo, me puse de pie, saqué un tenedor del bolsillo izquierdo de mi pantalón y lo clavé en el enchufe frente a mi cama.

Un terrible hormigueo me recorrió todo el cuerpo y los órganos. Sentía la electricidad en cada célula, vibrando a una velocidad increíble mientras la corriente eléctrica escapaba a través de mi piel, haciéndola estallar, pero no grité. Quería morir en silencio para no alertar a mi madre, quien hubiera evitado su salvación al impedir mi sacrificio. Y fue en ese momento de dolor cuando lo vi todo y comprendí la razón de nuestra deprimente existencia. Mi cuerpo no soportó más y cedió por completo.

Abrí los ojos y el sol comenzaba a elevarse, haciendo llegar algunos tenues rayos opacos hasta el reloj de pared que marcaba las seis de la mañana, mientras los pájaros cantaban y el aire fresco entraba por mi ventana, pero ignoré todo y me puse de pie frente al espejo que reflejó una cara severamente lacerada, que no me dolía ni pesaba. No era nada comparado con la dolorosa realidad que veía a través de ese espejo.

Hice añicos ese maldito espejo con un puñetazo, sabiendo lo que tenía que hacer. Luego salí de mi habitación y atranqué la puerta de la recámara de mi madre. Después me dirigí al botiquín del baño, miré su espejo y lo despedacé; tomé el frasco de alcohol y lo vacié sobre nuestro sofá roto, cerré las ventanas de la casa, abrí las llaves de gas de la vieja estufa, regresé a mi habitación para recoger un par de cosas y por último dejé caer un cerillo sobre el sofá.

Las llamas resultaron ser una obra de arte. Eran hermosas, y más aún porque representaban consciencia y libertad. Puede que piensen que sólo era un maniaco dando inicio a un incendio para asesinar a su familia, pero iba más allá de eso y veo que quieren saberlo.

Ese día caminé sin parar con mi sudadera con gorro, puesta a pesar del calor. Necesitaba ocultarme de lo que ahora podía ver; sin embargo, resultó ser más difícil de lo que pensé. No sólo veía cosas a través de los espejos. El cielo, ese vasto espacio con pocas nubes en el que muchas veces me había perdido con pensamientos, era una tortura, y para distraerme y proteger mis pensamientos me puse los audífonos y subí a un autobús.

* * *

―¿Espejos y cielo, Ian? ―la mujer tenía un rostro que expresaba interés en lo que le había platicado, un interés que provenía del miedo y del asco.

―También ventanas, cristales y charcos de agua. Me observaban por todas partes. ―En ese momento comprendió la razón por la cual las persianas y la puerta del baño (en el que había un espejo) estaban cerradas.

― ¿Usaste audífonos para mantener privados tus pensamientos? ―no dejaba de tomar notas.

―Y la capucha de mi sudadera para mantener mis expresiones a salvo de ellos, doctora ―agregué.

Ellos, proteger, ocultarme… Ian, ¿siempre te has sentido perseguido?

―No, doctora, no soy ningún caso de paranoia ―aunque comprendía que tratara de catalogarme como uno, después de todo ¡VEÍA COSAS QUE NADIE MÁS PODÍA VER!

―Entonces, ¿por qué lo hiciste? Si no fue para salvarlos de la miseria, ¿por qué fue?, ¿de quiénes querías salvarlas?

―¿De verdad no los puede ver, doctora? ―Lo sé, llevaba viéndolos relativamente poco tiempo, pero ya me había acostumbrado a ellos y me era difícil digerir la idea de que nadie más podía hacerlo.

―N-no… ―Noté que desvió su mirada al techo, luego a las ventanas cubiertas y, por último, a la puerta del baño― Háblame de ellos.

―ELLOS son la razón por la cual estamos aquí, doctora. Nuestra vida no tiene ningún significado especial. Somos entes desechables y maleables que viven un guión preestablecido.

―¿Preestablecido por ese Dios que mencionabas? ¿Ese guión es nuestro destino?

―Así es, doctora, pero no es nada celestial.

―¿Quieres decir que nuestros actos están predeterminados por ese guión escrito por ese Dios? ―Asentí― ¿Eso te molesta?

―¿A usted no?

―Yo… ―hizo una pausa para organizar sus ideas y continuó―. Yo creo que nuestros actos se deben únicamente a nosotros, Ian. Nadie nos controla, nadie nos dice qué hacer, nadie nos observa y nadie nos juzga…

―Oh, claro que no, nadie nos juzga, doctora Margo, sólo se entretienen… ―Sentía lástima por esa falsa idea de que Somos dueños de nuestros actos.

―No comprendo, ¿de quiénes hablas? ―había sobreestimado al personaje.

―Está pasando en estos momentos, doctora. Usted hace preguntas que no corresponden a una profesional de su nivel… ¿por qué? ―El silencio se hizo presente y percibí que ella sabía que, por algún extraño motivo, yo hablaba con cierta cordura y razón―. ¿Por qué quiso venir a ayudarme? Usted no es abogada y sabe que nadie le pagará por hacerlo…

―Eres mi paciente, Ian, desde hace años. Tenía que hacer algo para ayudarte, es mi ética profesional.

―¡Mentira! Usted fue enviada aquí y es incapaz de verlo. Algo dentro de usted la trajo aquí por una razón. Llámelo impulso, corazonada o como quiera. Realmente no importa el término.

―¿Y cuál es esa razón de la que hablas?

―Hacerme hablar. Exponer mi perspectiva de manera simple y comprensible.

―Si sabías que eso era lo que pasaba, ¿por qué hablaste? ―se agachó, sacó una botella de agua de su bolso y regresó la atención a mí.

―Porque quise hacerlo. Esta historia significa más de lo que usted se podría imaginar. Esta historia será mi legado para todos ustedes, doctora; incluso para Ellos. Es por eso que consideré justo contextualizarlos ―estaba sumamente confundida y exhausta―. ¿Usted cree que toda la mierda en su vida se debe a malas decisiones?, ¿usted cree que existe un Dios preocupado por usted que le pone desafíos para fortalecerla?, ¿cree que hay alguien ahí arriba cuidándola mientras usted sobrevive aquí abajo? ―Me incorporé y las esposas no opusieron resistencia. Mi dedo pulgar izquierdo dislocado se encargó de eso.

―Ian, recuéstate o tendré que… ―La tomé por la garganta y le impedí hablar.

―No, doctora, ustedes viven en fantasías y nada más. Fuimos sumidos en toda esta orgía de desgracia por ese Dios que escribe nuestro atractivo destino, lleno de desdicha e infelicidad para atraer más de ellos. Les gusta observarnos y pretender que nos comprenden. Les gusta escapar de su realidad y entrar en la nuestra por diversión. No somos nada más que personajes ―suspendida en el aire le sonrío y concluyo de una vez―. Descuide. Yo la salvaré.

Clavé rápidamente su bonito bolígrafo metálico en su pecho y ella soltó un terrible grito que alertó al policía de afuera, un impedimento literario que me detendría si no actuaba rápido. Luego miró la salida y se arrepintió de haberle puesto seguro mientras exhalaba sus últimas palabras.

―Lo siento, doctora ―me disculpé por verla ahogándose con su propia sangre.

De un tirón las ventanas quedaron al descubierto y los pude ver con claridad. Sus rostros expresaban curiosidad por saber qué pasaría a continuación. Les sonreí y abrí la ventana. El edificio era enorme.

―¡No te muevas! ―gritó el obeso policía con el arma en alto al derribar la puerta y ver a la doctora Margo en el suelo, con un bolígrafo clavado en el corazón.

―¿O qué? ―Di un brinco y quedé parado sobre el borde de la ventana y extendí mis brazos como si abriera unas alas para dejarme caer al precipicio y disfrutar de la fuerte brisa de aire frío que golpeaba mi rostro. Una sensación de libertad, que cesó después del impacto.

* * *

A mis veintitrés años no dejo de soñar con aquél salto que di y con fragmentos de una vida pasada totalmente distinta a la actual. Han sido visiones y sueños tan reales que me hacen comprender mi existencia y lo que significa. Prometí dejar un legado y eso es lo que intento hacer con esta narración.

He dejado de ser sólo un personaje y tú has dejado de ser sólo un lector.

La cuarta pared ha caído para revelar que Dios no es más que el autor que lucra con nuestro sufrimiento, para satisfacer las necesidades de lectores morbosos como tú. Ahora te pregunto, ¿quién o qué te asegura que tú no eres un personaje más con el único propósito de entretener?, ¿quién te asegura que la vida que llevas es tuya y sólo tuya?

Mira al cielo, en los espejos, en las ventanas y haz un esfuerzo por descubrir si hay mirones entretenidos, tal vez te lleves una gran sorpresa.

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