Cuento | Amor extranjero, por Edgar Fernando García

―Comenzaremos con una pastilla de aripiprazol de 10 mg ―indicó la psiquiatra―. Se la debe tomar por las noches. En caso de ser muy necesario aumentaremos la dosis hasta llegar a 30 mg. Es importante que no abandone el tratamiento. ¿Él vive solo o con usted?

―Solo ―le respondí.

―¿Hay algún familiar que lo pueda cuidar?

―No, hace poco que su primo murió, era su último familiar aquí en la ciudad.

―Sería recomendable no dejarlo solo por mucho tiempo. Es necesario vigilarlo constantemente para prevenir más episodios y para monitorear cómo va actuando el medicamento.

―Está bien, doctora. Pues yo creo que hoy mismo me mudaré a su casa para cuidarlo.

―Si nota algún cambio drástico, es decir, que se ponga más violento o ansioso, infórmeme de inmediato o tráigalo a urgencias.

―Sí, sí. Por supuesto ―le dije con ligero entusiasmo, con la esperanza de quien vislumbra el fin de un problema.

Ya tenía tiempo que notaba extraño a Sergio. Es cierto que siempre ha sido una persona sumamente solitaria, que solo cuando era necesario dejaba su casa y que prefería caminar por el bosque. Solíamos vernos una o dos veces por semana y, cuando no podíamos asistir a la cita, al menos nos mensajeábamos. Le gustaba hablarme de Zolá, de Pardo Bazán, de Nielsen, de Battisti. Pero un día simplemente dejó de asistir a estos encuentros. Habían pasado ya unos meses desde la última vez que lo vi; no obstante, seguíamos en contacto. Me contó que había conocido a una chica cuando fue a caminar a un bosque cercano a su casa; según me dijo, sintió una atracción inmensa desde el inicio, además creyó que era correspondido. Al mes de enterarme, le pedí que nos viéramos, pues tenía mucha curiosidad por conocerla, pero, poco antes de la cita, canceló. Lo mismo ocurrió las siguientes dos ocasiones planeadas.

En un inicio esas actitudes no me extrañaban, estaba acostumbrado a que lo hiciera. Sin embargo, desde hace tres semanas desapareció totalmente, ni siquiera revisaba los mensajes. Consideré la posibilidad de que estuviera demasiado ocupado, pero ayer en la mañana me invadió una sensación ajena. Le mandé mensajes, no respondió. Le llamé, no contestó. Decidí ir a su casa y asegurarme de que se encontrara bien.

Toqué varias veces, nadie respondió. Afortunadamente ambos teníamos llaves de nuestras casas. Entré. Había una limpieza extraña en todo el departamento. Llegué a su habitación y vi que él estaba dormido. Fui a la cocina, preparé un café y esperé en la sala a que despertara. Poco antes de beber el último trago, escuché un fuerte gemido proveniente de su cuarto. Fui rápido y vi que se quejaba, pero no era mi amigo: se revolcaba en la cama, gritaba, insultaba, la llamaba, invocaba la muerte, maldecía a Dios.

Aquel no podía ser mi amigo sereno y tranquilo que conocía. Me fue difícil salir de mi turbación. Al reaccionar, lo llamé por su nombre; sin embargo, parecía no notar mi presencia. Fue necesario atarlo a la cama. En el momento en que sujetaba con fuerza sus muñecas, observé que las tenía heridas, un poco ensangrentadas producto de múltiples rasguños. Finalmente, cuando logré sujetarlo, volvió a dormir. A ratos despertaba y, cuando no la llamaba, intentaba dañarse, pronunciaba cosas en una lengua totalmente desconocida por mí.

Después de casi cuatro meses desde su primera terapia, comenzó a notarse un gran cambio: ya no se lastimaba, imploraba con menos frecuencia la muerte, maldecía con regularidad apenas notable; no obstante, continuaba pronunciando su nombre.

Durante todo este tiempo solo tres personas le hemos hecho compañía: la psiquiatra, el enfermero (que se encargaba de cuidarlo cada que me iba a trabajar) y yo. Fue necesario olvidarme de toda mi vida. Los fines de semana se transformaron en relativa calma debido a que los pasaba junto a él. No salíamos de su casa, pues mi amigo guardaba todas sus energías para ocuparlas en las idas a la consulta.

Cierto día, cuando parecía ser que el medicamento había hecho mayor efecto gracias a la dosis aumentada, comenzó a hablar sobre ella. No pude saber si se dirigía a mí o si hablaba para sí mismo, pero esto fue lo que contó:

“Su piel era blanca como la leche, el cabello tan oscuro como el infinito; cada noche, un deleite. Teníamos por costumbre acostarme yo primero. Cuando las luces estaban totalmente apagadas, ella se desnudaba y se metía a la cama; primero me erotizaba, me besaba, me tocaba sensualmente todo el cuerpo, pronunciaba palabras embriagadoras en mi oído. Mientras eso pasaba, yo quedaba suspendido en una especie de letargo. Así transcurría toda la noche. Cuando despertaba no tenía conciencia de lo sucedido, solo mi cuerpo experimentaba un gran sentimiento de placer. Amanecía con una energía extraordinaria, mientras que ella lo hacía totalmente agitada, cansada, más cercana a la muerte que a la vida. Las primeras veces que la vi en ese estado me espanté y quise llevarla al hospital de inmediato, pero violentamente se negó. Conforme pasó el tiempo me acostumbré a esos estados: viva de noche, moribunda de día. ¡Qué importaba lo que en realidad pasaba! Yo era feliz y ella también. Además, ese ritmo de vida me dejaba desenvolverme bien en el trabajo, aunque su ausencia me enloqueciera por momentos.

“Un día la curiosidad me condujo a indagar lo que sucedía, así que fingí quedarme dormido como cada noche. Ella estaba a mi lado mimándome, diciendo cuán especial era en su vida, pronunciaba todo eso hasta asegurarse de que estuviera completamente dormido. Cuando confió en la monotonía, se levantó sigilosamente de la cama y se dirigió al patio trasero. Yo la seguía con cierta torpeza, pues debía ser cuidadoso de no tropezar con nada para que no notara mi presencia, ella avanzaba como si hubiera nacido de la oscuridad. Al llegar al patio, tomó una escoba y pronunció:

“’¡Encima de los setos y las zarzas!

¡Encima de los árboles y los bosques!

¡Escoba, escoba, llévame!’

“Al terminar su encantamiento, se elevó y se mezcló con el cielo nocturno. Yo, a causa de lo que acababa de observar, no puse cuidado en lo que dije y pronuncié algo como:

“’¡Por los setos y las zarzas!

¡Por los árboles y los bosques!

¡Escoba, escoba, llévame!’

“De inmediato la escoba inició el vuelo, pero, al llegar al bosque, no lo vi desde arriba sino desde adentro, por lo que terminé con bastantes heridas, especialmente en las manos a causa de que iban desnudas. En algún punto, la escoba se detuvo. Avancé en silencio hacia una fogata, me oculté entre la vegetación, vi alrededor de 20 personas vestidas de negro con el rostro cubierto de figuras obscenas, danzaban alrededor del fuego, conté al menos siete vueltas. Cuando concluyeron la última, sonó una música totalmente ajena. Lo único que recuerdo es la agresividad con la que invadía mis oídos. Al son de aquellos compases, se despojaron del luto y quedaron semidesnudos. ¡Allí estaba ella!, ¡con los pechos descubiertos y cubriendo su sexo tan solo con un trapo!

“Quise ir corriendo, quise llevármela conmigo a nuestra casa, pero algo me detuvo. Algo hizo que permaneciera en el mismo lugar. Vi que el grupo estaba dividido en 10 hombres y 10 mujeres. Mientras continuaban bailando, cada uno se unía con otro, sin importar a qué sexo correspondiera. ¡Cuánta belleza! Los hombres, sumamente viriles y atractivos, poseían un esplendor que podía embriagar a cualquiera. Las mujeres tenían una hermosura exótica, de no haber conocido a la mía no la hubiera podido distinguir.

“Cuando todos tomaron sus pares, la música se hizo violenta y apasionada. Durante la danza se acariciaban unos a otros con una armonía casi perfecta. De improviso, la música y el baile disminuyeron de intensidad. Todos concentraron sus miradas en el fuego, se movían con un vaivén tierno, totalmente contrario a los trazos con los que habían cortado el viento hacía apenas unos segundos.

“La música encantaba, enloquecía, tranquilizaba, producía escalofríos y un bienestar melancólico. ¿Recuerdas la Sinfonía 5 de Nielsen? Algo así parecía, solo que los sonidos eran más bruscos. En contraste con la música, ellos se fueron inclinando poco a poco hasta quedar arrodillados y con la cabeza pegada en el suelo. Emitían palabras imposibles de ser percibidas. El fuego se abrió por la parte de en medio y apareció una mujer joven, más bella que todos los que allí estaban reunidos, tan alta como algunos árboles ancestrales que la rodeaban; estaba totalmente desnuda, en la mano derecha sostenía un cirio rosa.

“La dama pronunció algo, entonces todos se levantaron y reanudaron el baile agresivo. Los acercamientos casi armónicos de unos minutos atrás se convirtieron en penetraciones crueles: ¡una orgía macabra! El ruido se coloreó de besos teñidos de palabras de amor. Risas entrecortadas, suspiros, ruegos, llanto, súplicas delirantes, gemidos de dolor y de placer alumbraban los rincones del bosque.

“Aquello que me había impedido avanzar también me enmudeció. Tan solo permitió que me moviera cuando pensé en volver a casa. Monté la escoba y esta vez cambié el ‘por’ y dije ‘encima’, si no quizá habría muerto desgarrado en ese lugar. ¡Mejor hubiera sido!

“Corrí a la habitación y me acosté. Permanecí en vela lo poco que restó de la noche. Antes del amanecer, regresó. Sigilosamente se metió en la cama, pues supuso que estaba dormido como siempre. Estábamos de espaldas, le pregunté dónde había estado. Dio un pequeño salto, producto del susto que le ocasionó dicha pregunta. Respondió que había bajado a la cocina. Me enderecé un poco y ella dio media vuelta. Le mostré mis manos heridas. Se quedó en silencio. Le pedí que se desnudara, no quiso. Le exigí que se desvistiera, se negó por segunda vez. Entonces tuve que hacer lo que correspondía. ¡Por qué lo hice! ¡Me maldigo por ser tan idiota! Su cuerpo estaba herido, amoratado, ensangrentado, carente de ciertos fragmentos. Entonces, confesó: yo sabía bien lo que había sucedido, por lo que no era necesario contar nada, solo le quedaba apuntar que eso era ella y no deseaba cambiarlo; explicó que por eso en el día permanecía fatigada, pues era cuando sanaba y se preparaba para la noche; sin embargo, juró que me quería bastante.

“—¡Puta, perra, ramera!— la nombré Ella emitió una risa que oscilaba entre la burla y el nerviosismo. No sabía qué hacer—lárgate— ordené. Su risa fue más estruendosa. —lárgate— grité.

“Me levanté, la tomé por el brazo y la saqué de la cama. Suplicó, lloró. En mis oídos entraban palabras que imploraban perdón.

“—Lárgate— dije sereno, derrotado.

“Abandonó la habitación. En cuanto lo hizo, me arrepentí, la necesitaba. ¡La necesito! Salí a detenerla, a pedirle perdón, supuse que aún estaría en la casa. No volví a verla.

“¡Tráela!, ¡dile que me perdone!, ¡que la amo!, ¡que muero! ¡Por favor, búscala y suplícale que regrese! ¡Esto quema!”.

Mi desdichado amigo volvió a estar fuera de sí, como cuando lo encontré al inicio. Para tranquilizarlo un poco, tuve que prometer hacer cuanto estuviera en mis manos. Me abrazó fuerte y lloró hasta quedarse dormido. Fui a la cocina a prepararme un café. No pude aguantarme y comencé a llorar. Aquel amigo sereno, razonable, inteligente, ya no existía. El hombre que habitaba ese lugar apenas si era la silueta del verdadero Sergio.

Al día siguiente salí de trabajar temprano, quise distraerme un rato, pues lo que me había narrado la noche previa no dejaba de roer todos mis pensamientos. Cuando llegó la hora en que salía habitualmente, decidí tornar a casa. Al entrar, noté que todo estaba en un orden impecable, ¡en ese maldito orden de aquella vez! Llamé al enfermero, no contestó; esta vez no había aguardado mi regreso. Le grité a mi amigo, pero tampoco respondió. Me dirigí a la habitación.

No solo aquella historia la recordaré para toda la vida, no solo sus palabras retumbarán en mis oídos, también aquella imagen: él, allí en el cuarto, sin vida; en cuanto crucé el umbral e intenté acercarme, el olor a descomposición se hizo insoportable, en sus ojos estaban incubadas las larvas, la carne putrefacta comenzaba a confundirse con los huesos.

En el dictamen final asentaron que la causa de su muerte había sido un suicidio. Ellos no vieron un cuerpo en descomposición, solo observaron a alguien que recién acababa de perder la vida. Pero yo sé que todo lo que dijeron es falso. Él murió desde hace mucho, únicamente se quedó en este mundo para perpetuar su tormento en mi cabeza con esas palabras malditas y la visión abominable de su cuerpo putrefacto en aquella habitación.


Edgar Fernando García Candia, mejor conocido como don Giovanni, es actualmente profesor de literatura y redacción. Ha trabajado en una colección de cuentos intitulada —y sin publicar— Una triste jornada, de la cual se desprende el cuento “Amor extranjero” y el relato “Un sueño, una agonía, el triunfo de la muerte”, publicado en 2020 por Revista Zompantle y Revista Palabrerías. Actualmente se encuentra trabajando en otros cuentos, como “Tiempo destrozado”, cuyo título engloba también el nuevo proyecto narrativo de este autor que apenas se anima a participar en convocatorias.

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