Hacer chiribitas | Ausencia y corporalidad empapadas en seasickness: Sanguínea, de Gabriela Ponce

Páginas: 160

Publicación: 2020 (original 2019)

Editorial: Candaya

Sentí que nada hacía falta. Que la felicidad ocurría en ese instante y que el brinco era la manifestación, lo había sido siempre, del júbilo, de ese júbilo que ha de subir, que ha de buscar en su movimiento vertical seguir hacia arriba, prolongarse ad infinitum. Pero caen los cuerpos, caen los nuestros, caen siempre. Caímos. Imanados como estamos, al suelo. O al centro.”

Una herida que grita, una novela que canta, sangre cuyo fluir se empalma con el de la conciencia: acá anduve. En Sanguínea (2020) la anónima protagonista ha de nombrar su pérdida mediante todos los vínculos que construye. Estos son, en su mayoría, sexuales. Y una diría que para la soledad no hay mejor placebo que el contacto íntimo, pero esta novela va más allá del sudor de lo sensual. Es narrada con el cuerpo, con los impulsos que lo zozobran y, la verdad, una como lectora puede solamente aferrarse al mástil y confiar en la brújula de Ponce.

Como autora (y capitana de este barco sobre el cual cae siempre llovizna tibia) la ecuatoriana mantiene el enigma de a dónde va la novela. Este erotismo empapado —o más bien originado— en la desesperanza de la protagonista nos llevará a través del libro con fluidez. Sanguínea da la sensación de que todo fue escrito de una sentada; imposible, lo sé. E irónicamente, esta navegación de sentimientos y exudaciones apenas mantiene la noción de una trama.

Ponce se decanta en describir la corporalidad con esmero, en pisotear tabúes al ni siquiera aludir a ellos (porque nunca mete ningún discurso sobre la liberación sexual de nadie, simplemente todos nacieron libres y las cosas son como son y ya está); es este esmero el que invita al deleite.

Navegamos, navegamos. El ritmo de las palabras de Ponce se vuelve arrebolo, sofoco. Largas lamidas tibias. Dejarnos guiar por lo sensorial deja a nuestro barco, por fin, en su destino: el núcleo emocional de la historia. Aunque el núcleo es más bien un péndulo ya que la protagonista hablará del marido, del hermano, de las amigas perdidas de las épocas escolares y, sobre todo, del embarazo imprevisto que trastocará su corporalidad.

Debo reconocer, no obstante, que cuando llegué al desenlace de las relaciones que parecían no ir a ningún lado, de cierta soledad que se traducía como mugre, orines de gato y moho, de la inminente transformación de la maternidad, estaba a punto de gritar. Bajito y ronco, pero gritar al fin y al cabo.

Me mareé. Así ha de sentirse, en la vida real (aunque nunca tendré el don de la telepatía) introducirse de un clavado a la mente de otra persona.

La apabullante desesperanza de la protagonista se condensa en que, bueno, nunca se nombra. Ella se habla a sí misma a través de lo que su cuerpo le pide y rechaza, se entiende a sí misma solamente cuando apuñala los huecos que tiene dentro. Llena su vacío con cursilerías —como ver telenovelas viejas en YouTube, ver pornografía suave pero preferir los besos a cualquier penetración a — y a veces su tren de pensamiento hasta cae en el absurdo. Pero esa es la magia: el lirismo de Sanguínea no le pide perdón ni permiso a nadie.

Porque sí, la prostitución del amor como concepto; las reglas de este, impuestas y rotas y luego vueltas a armar como jarrón con Kintsugi; la vergüenza que quise y fallé en sentir al enfrentarme a esta intimidad desenfadada,desparpajo, perturbación, tanteoy todo el territorio no cartografiado de las ausencias y las promesas rotas y sí, sí, qué no se ha dicho del amor, pero en Sanguínea conviven muy bien el erotismo absoluto con la ternura, también absoluta.

(Toca la guitarra como la lluvia que cae en el mar, esa imagen es él; él toca la guitarra como animales extraños naciendo, organismos que él desvalija con una pasión imperturbable; él toca la guitarra con el vértigo de mirar hacia abajo y vencer la separación, que de los dedos, los suyos, broten apariciones y atardeceres y ausencias que se juntan, el mapa del planeta con su fauna y su flora coloreados por la melancolía.)

Fueron estas frases solitarias (a pesar de estar sólidamente hilvanadas con todas las previas y todas las posteriores) las que me dejaron empapada de llovizna tibia. Confié en la capitana del barco y de algún modo, al final construí la certeza de que la protagonista se había transformado. Le bastó, quizá, nombrar a todos los vínculos que usaba como zozobra en vez de brújula.

¿Qué queda excepto mencionar de nuevo el lirismo, la sensibilidad remojada en abandono? Nada.

Cuando la belleza es silenciosa, cuando no se manifiesta sino que está todo el tiempo ocultándose, el brillo se cuela por los filos y te lanza destellos ligeros pero fulminantes; eso a mí me marea y cuando sucede, me da risa nerviosa.”

Excepto esto: para experimentar en carne propia lo que esta cita declara, sí vale la pena entregarse al seasickness.


Foto Autor

Alicia Maya Mares (Ciudad de México, 1996) estudió Comunicación en el Tecnológico de Monterrey y está cursando la 12ª edición del Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra, en Barcelona. Sus textos han sido publicados en la sección “Piensa Joven” del Heraldo de México y en las revistas literarias Efecto Antabus y Carruaje de Pájaros.

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