Un Mundo Mejor Aquí Mismo y Desde Ya: Tsunami

Páginas: 208

Publicación: 2018

Editorial: Sexto Piso

Ya pasó marzo pero el movimiento no se termina. No escribo esto para que se perciba un ánimo de superioridad moral al escribir una reseña “a destiempo” e insertar el meme de Adam Driver intelectual; sino para ensalzar la naturaleza atemporal de la obra. Lo voy a decir: universal.

Tsunami es una antología de 12 textos escritos por mujeres mexicanas. Su piedra angular es la violencia que se ejerce —en todas sus formas— contra la mujer en México. Tsunami (Sexto Piso, 2018) se aproxima a la problemática con una perspectiva tan amplia como multi-generacional, pues aquí encontraremos autoras muy célebres, ya establecidas desde hace décadas, y otras ubicadas al inicio de su carrera. No obstante, todas tienen algo en común: enarbolarán las letras para reflexionar sobre el machismo, las esferas de la maternidad, el amor romántico, la violencia intrafamiliar, la identidad trans, las autonomías indígenas y la creación de comunidad. Mejor aún: de sororidad.

En las páginas de este libro se pueden encontrar textos de Vivian Abenshushan, Yásnaya Elena A. Gil, Verónica Gerber Bicecci, Margo Glantz, Jimena González, Gabriela Jáuregui, Brenda Lozano, Daniela Rea, Cristina Rivera Garza, Yolanda Segura, Diana J. Torres y Sara Uribe.

Poesía, ensayos, memorias, un diario bellísimo sobre la maternidad (“Mientras las Niñas Duermen”, de Daniela Rea, va de lo tierno a lo devastador sin dar previo aviso), y una propuesta más experimental por parte de Bicecci —en la que unas misteriosas “mujeres polilla” devoran uno de los primeros poemas misóginos, la obra de Semónides de Amorgos; no quitándole el significado al carcomerlo visualmente sino todo lo contrario—, dotan a Tsunami de una cualidad muy adecuada a su nombre: de una fluctuación casi de oleaje.

Tsunami abre con el prólogo de su editora: Gabriela Jáuregui nos cuenta que en la antología no hay una sola postura que impere sino más bien la convergencia de diversos sentires:

“Acá no se encontrará unidad forzada ni consenso: hay puntos de vista encontrados, también hay momentos donde concuerdan lecturas, interpretaciones; hay experiencias compartidas donde se tejen vínculos intertextuales y cada una de nosotras tiene una forma de vivir e incluso cuestionar lo que puede querer decir el ser mujer”.

Y el primer texto de Abenshushan nos impacta con un onomatopéyico puñetazo: bam. En este primer texto, plagado de epígrafes que dan las pausas para respirar (a pesar de lo que los compañeros del taller puedan pensar), Abenshushan rememora sobre el ambiente machista y plagado de gatekeepers en la esfera intelectual y literaria de México. Las críticas impías a los textos recién escritos y la frase “mejor dedíquese a otra cosa, señorita”, no tardan en llegar. Pero ella tampoco tarda en repudiarlos.

Yásnaya Elena A. Gil, autora mixe, desteje las etiquetas que la han forjado —mujer e indígena— para poder observarlas de cerca. ¿Qué es ser indígena? ¿Por qué este término no existe en las otras 67 lenguas originarias y oficiales de México?

“Los pueblos indígenas son naciones sin Estado. Entiendo ahora que la palabra ‘indígena’ nombra una categoría política, no una categoría cultural ni racial (aunque sí racializada)”, explica ella, y parte desde su comunidad de origen para explicar esta duplicidad en otras comunidades, como la k’iche’ de Guatemala y la tsilhqot’in de Canadá.

Margo Glantz revisa los posibles orígenes del #Metoo desde una perspectiva teológica y mitológica. Jimena González escribe poesía acerca de las mujeres de su familia, desesperadas, despechadas, desgraciadas, reivindicadas. Brenda Lozano habla de las hijas del rey Lear en la obra de Shakespeare; de aquella tercera hija a la que su honestidad le costó el reino pero le valió la integridad. Cristina Rivera Garza añade más leña al fuego de la discusión pertinente a la necesidad e impacto de las relaciones humanas; o más bien de aquellas enmarcadas en la consagración de la maternidad y de las expectativas de lo heteronormativo. Yolanda Segura se rehúsa a escribir una novela que ya está escrita y busca un espacio que habitar, uno todavía no infestado por nombres y reglas. Diana J. Torres escribe desde su cama de hospital, tras haber sido apuñalada en la penumbra de la calle, retando la aparente dualidad de la identidad trans: ¿medalla o un estigma?

Sara Uribe, por otro lado, nos cuenta sus memorias: aquellas de violencia, de distanciamiento y pérdida; nos presenta documentos oficiales y bárbaramente ridículos del Estado acerca de su situación de orfandad; pero sobre todo, plasma el amor a su hermana y el aprendizaje de su supervivencia.

Hay mujeres de todas las épocas aquí, escribiendo con todo su intelecto y corazón para las que vendrán. Es atractivo (y rayano a lo inevitable) ponerse a subrayar como loca; que se salgan las lagrimitas o los gritos, que queramos azotar el libro en el ímpetu de coincidir. Claro, quizá esa sea solamente yo; pero creo que aquí hay suficientes espejos y manos extendidas para que cualquiera pueda verse reflejada. La invitación a unirse, sin presiones o acusaciones y definitivamente sin asunciones: hela acá.

Por ello, este fluir de mar que se vuelve ola creciente y hace espuma y así cabrillea, fluctuación que atraviesa todo el progreso hecho hasta ahora —convergencia de todas las olas feministas—, se vuelve tsunami. Y avisa de lo que vendrá.

Como dice Jáuregui:Saquémosle punta a los lápices, afinemos nuestras habilidades taquimecanográficas, nuestros dedos ágiles, nuestro lenguaje de coding, nuestros utensilios domésticos des-domados, nuestras voces de merolico aullado­ras, de cantantes locas, de aves raras, nuestras imaginaciones rebeldes y hagamos eutopía, es decir, buen lugar: un mundo mejor aquí mismo y desde ya”.


Foto Autor

Alicia Maya Mares (Ciudad de México, 1996) es graduada del 12º Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra. Ha publicado en la sección “Piensa Joven” del Heraldo de México, en las revistas digitales Carruaje de Pájaros, Colofón, Origami y Efecto Antabus, y le lee esta columna a sus cuatro gatos. Creció al lado de un árbol de jacarandá y todas las noches sueña con música, pero nunca puede transcribirla.

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