Ensayo | El año que nos volvimos alemanes, por Dave Santos

Noté cómo las pisadas en el pavimento helado me estaban empapando los zapatos negros: esa sensación tan incómoda de saber que los calcetines se te están mojando. La callecita desierta, protegida por faroles de un blanco tímido a los lados, era testigo de nuestra caminata desde la parada del tranvía hasta la casa de sus padres. Ella, mi novia alemana, y yo, caminando por aquel pueblito nevado justo a las afueras de Bremen para pasar la Navidad con su familia. El frío me helaba los huesos y se encargaba de poner en segundo plano los nervios propios de conocer a los padres de ella. Seguí caminando; mis zapatos se siguieron empapando.

Cuando llegamos, su madre abrió la puerta. Se dieron un abrazo de más de un par de segundos, con bamboleo incluido, y yo pensé “¡qué emotivo!”, pero no dije nada. A mí me dio un abrazo más rápido, más formal. Luego nos sentamos en el amplio salón, donde un inmenso —y natural— árbol de Navidad presidía con orgullo. Cada una en un extremo del sofá, fueron intercambiando historias, pero a modo de entrevista radiofónica. “¡Vaya orden!”, pensé para mí. Los días pasaron y las muestras de cariño no aparecían. Nunca aparecieron. Las mismas escenas se repitieron con su padre y con su hermano, por cierto: abrazo, entrevista ordenada, distancia. El siguiente abrazo que les vi fue cuando nos despedimos para ir al aeropuerto, tres días después. Eso fue todo. “Qué frialdad…” pensé, pero tampoco dije nada esta vez. 

Esto ocurrió en las Navidades de 2017. No fue hace tanto. El choque que me produjo fue irreconciliable. Aquello confirmó las pocas dudas que me quedaban por aquel entonces: esta chica y yo éramos de mundos distintos y, por tanto, éramos seres humanos distintos. Si hubiera sido mi familia, no hubiera habido orden ni distancia. Yo siempre he sido de abrazar, de palmaditas en el hombro, de besos en la cabeza; más aún cuando vivía lejos de mi familia. Y mi familia, lo mismo. Pero de repente, el virus de 2020. Y todo cambió. 

Hace un par de semanas, un amigo pasó por el supermercado donde trabajo. Cuando le pregunté que qué tal estaba, su inmediata mirada al suelo me avisó de que algo había pasado. Me contó que su madre murió —nada que ver con el virus— tres semanas atrás y que lo estaba llevando lo mejor que podía. Y yo, como si fuera un alemán medio, me restringí a mí mismo de darle un abrazo, que es lo que me pedía el cuerpo y el alma. Le tuve que dar el codo y aquel saludo ridículo jamás llegó a expresar ni una millonésima parte de lo que hubiera expresado un abrazo contante y sonante; sonante porque ya dije que soy de palmaditas también. No poder abrazar a mi amigo porque nos lo tienen expresamente prohibido en el trabajo. Espolvoreó aún más tristeza sobre el encuentro con mi amigo.

A día de hoy, a veces debo mantener la distancia con mi madre, con quien vivo hasta que mi situación laboral sea más estable. Cada vez que hay un susto de virus en el trabajo tengo que mantener distancia con ella por precaución. Cada uno en un extremo del sillón, sin darnos un mísero abrazo en todo el día; igual que mi exnovia alemana con su madre. Ver para creer. 

Y es que el virus ha traído muchísimas cosas malas; pero a mí, la que más me preocupa —sin contar las relacionadas con la salud— es la pérdida de la libertad. Aún tengo recuerdos muy nítidos de cómo vigilantes de balcones se dedicaban a increpar a otros ciudadanos por estar en la calle. Sigo creyendo que a mí mismo me llegaron a gritar algo desde un balcón cuando volvía de mi salida semanal: ir a comprar comida para mí y para mi madre. Cuando escuchaba o leía por mensajes de WhatsApp a gente celebrando la crueldad policial creía que todo se desvanecía, que realmente habíamos entrado en otro mundo. Incluso entendiendo el planteamiento —hay que cumplir con las normas para salir de esta— y compartiéndolo, aquella pérdida de libertad me pareció devastadora. Igual que me pareció devastador suprimir visitas familiares, cañas con amigos… y abrazos. Ya ni recuerdo cómo siente mi mano derecha un buen apretón de manos. Estoy seguro de que ahora sería una sensación extranjera, algo que el organismo rechazaría de entrada. No poder ir donde queramos ni hacer lo que queremos, esa es mi mayor rabia contra este virus. Hemos perdido nuestras libertades, tan parte de la vida como la vida misma. Y por el camino nos hemos convertido en alemanes y hemos tenido que dejar de ser lo que somos: gente cálida, cercana, tocona. 

Seguiremos esperando para ser lo que siempre fuimos. Siempre queda un día menos.


Dave Santos (Tenerife, 1984). Hizo la transición de cantautor a escritor durante el año 2016. Una vez cumplido lo que la música dio de sí, su pasión por la expresión a través de la palabra miró hacia los cuentos, los ensayos y los poemas. Comenzó escribiendo en inglés, su cerebro tan acostumbrado a ese idioma por sus años en la música y la vida en Londres. Pero poco a poco, como cantos de sirena, su lengua madre acabó por envolverlo y redefinirlo. A principios de 2020, volvió a casa, y hoy reside de nuevo en su Santa Cruz natal. Actualmente, se encuentra preparando las memorias de su época de cantautor en la capital inglesa.

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