Malgré tout | El ojo de Paulina Lavista

I

Los ojos son más que la ventana del alma y al mundo exterior. A través del sentido de la vista descubrimos por primera vez las cosas, gracias a este sentido, podemos apreciar la belleza y la miseria. Todos los sentidos que poseemos son importantes y prácticamente imprescindibles, pero la vista es quizás el más, ya que el exterior nos impacta por medio de ella. La descripción es insuficiente cuando se trata de un atardecer, un paisaje, una obra de arte, etc.

Con los ojos hacemos un registro de lo visto en nuestro paso por el planeta, no obstante lo maravilloso que es este sentido, resulta insuficiente y el ser humano creó un artefacto para capturar todo aquello que ayude a la conservación de este material visual, y con ello también de la memoria: la cámara fotográfica.

En la actualidad, cualquier persona con un smartphone es también un “fotógrafo”, es decir, rápidamente puede hacer uso de la cámara de su teléfono y capturar lo que quiera. Las redes sociales nos inundan a diario de imágenes de sí mismos, platos de comida, tazas de café, atardeceres, gotas de lluvia, perritos y gatitos… somos testigos de la cotidianidad de los otros desde la nuestra pero, ¿cómo ve un fotógrafo? Pareciera que los fotógrafos nacen con un ojo distinto al de los demás seres humanos, pues son capaces de ver los mínimos detalles de la belleza, su asombro por los objetos nunca termina y abarca mucho más.

II

La protagonista de este mes es la fotógrafa Paulina Lavista, nacida en la Ciudad de México en noviembre de 1945, hija de Raúl Lavista, compositor de música cinematográfica. Por su cuna, Paulina siempre estuvo rodeada de las artes, incluso por el mismo motivo, conoció desde niña a Salvador Elizondo, quien años después sería su marido, pues el padre de éste, Salvador Elizondo Pani, era productor de cine y guionista.

Inmersa en ese ambiente, era imposible que Paulina se escapara a otra área del conocimiento; realizó sus estudios en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos, pero se decantó por la fotografía, aunque también ha incursionado en las letras. Durante los Juegos Olímpicos de 1968, Paulina coordinó la parte visual. Su carrera está muy ligada a la industria cinematográfica, cosa que le permitió retratar a figuras como María Félix y Emilio “El Indio” Fernández; también a escritores como Juan Rulfo, Gabriel García Márquez y Borges. Fue la primera fotógrafa mexicana en retratar desnudos y la más joven en exponer en el Palacio de Bellas Artes. Los temas que le han interesado son la arquitectura, los paisajes urbanos y la vida cotidiana del país. Es fundadora del Salón de la Plástica Mexicana. En 2013 el Sistema Nacional de Fototecas le otorgó la Medalla al Mérito Fotográfico. Actualmente escribe una columna quincenal en El Universal.

III

Era yo estudiante de los últimos semestres de Letras Hispánicas en Filosofía y Letras de la UNAM, Anamari Gomís era mi profesora de un seminario de tesis que convirtió en uno sobre la obra y milagros de Salvador Elizondo. En esa clase nació y creció mi fascinación por el escritor, pero también supe que la autora de sus famosas fotografías era Paulina Lavista, su viuda. Anamari la invitó a una sesión para que nos contara cosas referentes a la biografía y escritura de Elizondo. Paulina llegó con un regalo para nosotros: una postal de la fotografía que le tomó a Jorge Luis Borges en las pirámides de Teotihuacán. Fue impactante. Había visto la imagen antes, pero no sabía que la autora era ella, así como de casi todas las de Elizondo y algunas de Octavio Paz.

Mirando esas fotografías muchas veces me he preguntado qué es lo que Paulina buscaba, mejor dicho, encontraba en ese instante que su cámara convertiría en eternidad. Supongo que la espontaneidad del gesto, ese que haría del célebre escritor un hombre sonriente, captado en un momento de conversación, fumando, absorto en sus pensamientos… Pienso también que, gracias a ella, queda el registro de los momentos en que Elizondo escribe en sus libretas los cuentos que después los lectores disfrutaríamos; las imágenes son tan naturales que la presencia de la fotógrafa no distrae al escritor, entregado a su labor, y en las fotografías lúdicas, por ejemplo, donde Salvador imita Nuestra imagen actual, de Siqueiros, o aquella donde hace burbujas, se percibe una complicidad entre la cámara, el ojo de Paulina siempre alerta, y la espontaneidad de Elizondo (cargada de ocurrencia, claro).

Lo que me gustó de Paulina Lavista fue su espíritu femenino; en la visita nos dio un consejo muy valioso: “Niñas, no se pongan el apellido del marido porque después está difícil quitárselo. Ustedes ya tienen un nombre y un apellido. No acepten ser la esposa de”. Estas palabras fueron una revelación para mí, que no había caído en cuanta de la importancia de tener un nombre propio y valer por sí misma. Siguió: “Cuando me presentan como la viuda de Elizondo o Paulina Elizondo yo les digo que soy Paulina Lavista, fotógrafa”. Este sencillo pero valiente acto me ha hecho recordarla durante estos años; una debe tener la fuerza para defender su identidad y su trabajo.

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