Cuento | La autoestima, por Charlie Round

Hace unos días perdí mi autoestima. O me la robaron. No estoy seguro. Tampoco sé exactamente adónde fue ni cómo. Tengo mis teorías, por supuesto, pero todas son fabulaciones en torno a un hecho que no puedo demostrar. Solo sé que salí de casa con una cierta confianza en mí mismo. Es decir, la clase confianza que siempre he tenido. Una autoestima de esas con las que puedes sentirte satisfecho: ni demasiado ostentosa ni demasiado endeble, pero cuando llegaba al trabajo sentí que algo me faltaba. Al principio, no pude identificar el qué. El malestar, bastante incómodo por cierto, era un runrún que no paraba de dar vueltas en mi cabeza. 

A medida que iban pasando las horas en mi anodino empleo iba pensando sobre qué podía ser aquello que me sucedía. Finalmente sentí un vahído al darme cuenta que mi autoestima ya no estaba ahí. Durante unos minutos entré en un estado de pánico y una cierta desorientación. “¿Cómo he podido perder algo así?”, me preguntaba. Así que, en cuanto salí del trabajo, deshice mis pasos para ver, si por algún casual, encontraba a mi autoestima abandonada entre el frenético ir y venir de los viandantes. No tuve suerte y eso me hizo sentir más desolado. 

Es cierto que ya había perdido la autoestima en varias ocasiones. Como bien saben ustedes se trata de un objeto muy valioso que se puede adquirir nuevamente, pero tiene un gran coste emocional. Por eso no todo el mundo puede permitirse una y, cuando se quedan sin ella, se ven obligados a pasar el resto de sus vidas deprimidos. Pero yo no quería caer en ninguna depresión así que, esta vez, decidí recuperarla como fuese. Al fin y al cabo, era lo último que me quedaba para ser feliz. Por lo tanto, me dirigí a la comisaría de policía para interponer una denuncia.    

Sabía que no había demasiada esperanza. Las autoestimas son cosas que los ladrones tienen, irónicamente, en gran estima; una vez que la autoestima se pierde o es sustraída, las posibilidades de recuperarla tal como era antes son casi nulas. Normalmente son usadas de manera abusiva o revendidas de mala manera a personas que no las cuidan lo más mínimo. De ahí que, en la mayor parte de los casos, sea necesario crearse otra nueva porque la anterior ya no vale para nada.   

En la sala de espera de la comisaría me encontré con un panorama desolador. Varias personas permanecían sentadas con caras tristes y semblantes apagados. A todos les había pasado lo mismo que a mí, excepto a una mujer muy mohína. Más tarde descubriría que, además de la autoestima, también le habían robado el alma. 

Como la espera era muy larga y la atmósfera muy deprimente, varias personas comenzaron a hablar de sus casos. Un hombre de mediana edad le contaba a otro que no solamente acababan de robarle el autoestima mientras su mujer le abandonaba por un viejo amigo, también le dejaron con una enorme sensación de vacío que ahora no sabía cómo iba a rellenar. Cada día que pasaba, el vacío se le iba haciendo más y más grande y ni siquiera estaba seguro de que el banco fuese a concederle un crédito para tapar sus agujeros existenciales. Tenía un pésimo historial crediticio debido a otras crisis personales anteriores y aunque llevaba años jugando todas las semanas a la lotería, jamás le había tocado ni un solo reintegro. Un auténtico drama personal que me hizo sentir algo frívolo.

Cuando llegó mi turno, expliqué al agente lo sucedido. El policía, con esa frialdad que tiene el funcionario, comenzó a preguntarme cosas sobre mi autoestima: cómo era, dónde creía haberla perdido, desde cuánto tiempo la tenía, cuál era mi relación con ella, si poseía alguna factura o documento que justificara que yo era el legítimo dueño… Cuestiones todas que sonaban demasiado burocráticas. Hasta el martilleo de la máquina de escribir sonaba burocrático. Tan burocrático como otro burócrata que entró en el despacho para ver lo que estábamos haciendo y cuando vio que no le interesaba lo más mínimo se marchó burocráticamente sin decir nada. 

Una vez que el agente terminó de mecanografiar la declaración me hizo firmarla y dijo que rápidamente se abriría el expediente y comenzarían a trabajar en mi caso. Por supuesto, me explicó que las esperanzas de encontrar algo concluyente eran muy escasas. Su consejo era que fuese buscándome otra autoestima. 

Salí de la comisaria abatido. No tenía mi autoestima y me llevé la sensación de que a nadie le importaba aquello. De que al mundo donde vivía le daba igual si yo era feliz o un miserable.    

Aquella fue una de las peores noches de mi vida. No paraba de dar vueltas en la cama pensando en mi autoestima. En lo bien que me hacía sentir y los maravillosos momentos que habíamos pasado juntos. Las horas pasaban y la noche parecía hacerse más oscura. La sensación de que algo fundamental me faltaba se hacía más y más grande al mismo tiempo que iba sintiéndome más y más diminuto. 

A la mañana siguiente fui a mi trabajo sin haber dormido apenas y hecho una auténtica piltrafa. Nunca había llegado a mi puesto tan desmotivado. Las manecillas del reloj parecían no pasar y eso aumentaba mi agobio. El momento más angustioso llegó cuando mi jefe me llamó a su despacho, un gesto que en mi empresa, donde los superiores prácticamente no se comunican con los subordinados, era una mala señal. Comencé a sudar y temblar. Quizás, esto no me hubiera pasado de tener a mi autoestima conmigo. 

Durante un buen rato mi jefe estuvo explicándome la “complicada situación” —palabras que repitió hasta la saciedad— que atravesaba la empresa, algo que ya sabíamos todos y últimamente nos preocupaba. Dijo muchas cosas, entre ellas que la compañía había perdido bastante dinero durante los últimos meses. También descubrí que yo era un “gasto general” y, aunque no lo dijo así, era el motivo por el cual estaba despedido. Aquel golpe hizo sentir más fuerte la ausencia de mi autoestima, pero también sentí lástima por la empresa. Habían perdido mucho dinero en los últimos meses y eso, para ellos, era como el autoestima para mí. Firmé los documentos y aunque me dieron un cheque con una generosa indemnización, sentí que aquel dinero no era suficiente para comprarme una autoestima nueva. 

Cuando abandoné la empresa, regresé a mi casa andando para relajarme, pensar y con la vana esperanza de encontrar mi autoestima entre dos coches o en los arbustos de un jardín. Pensé que tal vez el ladrón, al ver que mi autoestima no le servía para nada, la había tirado a un lado de la calle. No me importaba que estuviese magullada o sucia, sólo quería recuperarla para traerla a casa y darle todo mi cariño. Sentir que la vida podía golpearnos fuerte, pero al menos continuábamos teniéndonos el uno al otro. Sin embargo, la realidad me sacó rápidamente de mis fantasías. Me dirigí a casa sintiéndome solo y hundido.  

Desde que había perdido el autoestima sentía el hogar más desolado. En parte porque, con mi autoestima, se había ido un trozo importante de mi mundo interior. Por eso decidí encender la televisión, aunque no fuese a verla. Necesitaba sentir la presencia de alguien más mientras preparaba una tortilla y pensaba en cómo iba a reestructurar mi vida desde la nada, algo que me parecía difícil. Tan difícil como lograr que la tortilla me quedase bien porque, desde que había perdido el autoestima, echaba, sin darme cuenta, demasiada sal a todo. Un día me encontraba tan ensimismado que terminé echándole sal a la propia sal. Imaginen mi estado en aquellos momentos. 

Volviendo a esa noche triste me sorprendió escuchar las noticias hablando sobre el hundimiento de la economía. Según el locutor, los mercados y los grandes inversores habían “perdido la confianza”. No especificaba más sobre el asunto, si desconfiaban de los demás o de sí mismos. Yo, que apenas entiendo de economía, tampoco llegaba a comprender cómo algo tan grande y tan importante podía perder la confianza, pero la verdad era que parecía que a los mercados también les habían robado la autoestima. El mismo autoestima que ya no tenía la empresa para la que había trabajado hasta sólo unas horas atrás. Por eso la economía debía andar tan deprimida como yo.

Todo aquello me hizo pensar y descubrí que, en realidad, entre la economía y yo había una gran diferencia. La pérdida de mi autoestima me ponía triste, incluso algo melancólico, mientras que la pérdida de confianza de los mercados les llevaba a tener comportamientos suicidas. Y eso me parecía preocupante porque no paraban de cerrar empresas y dejar a millones de personas sin sueños ni futuro. Lo cual hacía que los mercados perdiesen más confianza y terminasen despidiendo a más y más gente. Cada vez había más desempleados y como éstos no tenían dinero no podían gastar, por lo que más empresas se veían obligadas a cerrar deprimiendo más aún a la economía. Imaginaba a toda esa pobre gente desempleada y arruinada dando vueltas por sus casas y por las calles buscando sus autoestimas; personas revolviendo cielo y tierra para ver si encontraban algo de confianza en alguna parte, aunque fuesen los restos de la que habían tenido alguna vez. 

También imaginaba a todos esos pobres mercados arrodillándose a los pies de los grandes inversores para pedirles que por favor volviesen a fiarse de ellos. La situación estaba tornándose bastante dramática porque la depresión parecía generalizada. Daba la sensación de que volver a encontrar un autoestima iba a ser más difícil que nunca porque ya no teníamos confianza en los brokers ni en nosotros mismos. 

Lo cierto es que la dura experiencia de estos días me está haciendo replantearme las cosas. Antes pensaba que el autoestima era algo fácil de perder, ahora me doy cuenta de que alguien nos las roba. No sé adónde irán a parar ni lo que harán con ellas, pero tengo una cosa muy clara: necesito una autoestima y la necesito para ya mismo. Llámenme superficial o consumista. Me da igual. Me he dado cuenta de que no puedo vivir sin una.


Charlie Round (Madrid, 1985). Cineasta de formación pero dramaturgo de profesión, ha estrenado varias obras de teatro breve en Madrid, Donostia, Ciudad de México, Lima y Buenos Aires. Algunos de sus cuentos se han publicado en diversos portales digitales donde también ha participado como articulista en medios tanto españoles como mexicanos. Actualmente también colabora haciendo reseñas literarias en el blog A golpe de letra.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Ermitaño Citadino dice:

    Autoestima es un sustantivo femenino y aquí se utilizó todo el tiempo como masculino. “El autoestima” y “un autoestima”. Solo dos veces, al final, aparece “una autoestima”. Eso me lesionó la parte lectora de mi autoestima. Quedé sin saber si el cuento es de Charlie Round o de Adán Cabral. Aparte de lo anterior, muy novedoso.

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