Declaración de amor a las casas estudio

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Durante mis meses de enclaustramiento obligado por la pandemia, no había tenido una urgencia real por salir, hasta que llegó el 6 de abril de 2021, y con él, la inauguración (virtual) del espacio ahora conocido como Casa Estudio Leonora Carrington. Desde mi adolescencia, la obra de Leonora me atrapó sin posibilidad de soltarme, de tal manera que la inauguración de ese espacio, administrado ahora por la Universidad Autónoma Metropolitana, representó para mí un acontecimiento de descomunal importancia. A Pablo Weisz Carrington, hijo menor de la artista, le debemos la reciente existencia de este recinto cultural, pues finalmente logró cumplirle a su mamá la promesa que le hizo de abrir al público su hogar familiar si lo recibía como herencia.

Me debatí entre la idea de hacer el recorrido virtual que con tanta emoción difundieron los participantes de la presentación o reservarme la visita y el asombro hasta que pudiera ir personalmente. Terminé por ceder ante la curiosidad y entré a la visita virtual (con un leve sentimiento de culpa, la verdad) para recorrer a través de una pantalla los pasillos y cuartos de la casa de la colonia Roma. La casa estudio reflejaba el cariño de una familia. En sus paredes se divisaban fotografías, notas de importancia inmediata y doméstica, calendarios con anotaciones y regalos de amistades. También, por otro lado, encerraba la mística de la obra de Leonora, su mitología celta y sus esbeltos seres mágicos. Mientras exploraba guiándome con las flechas de la pantalla, descubrí en mí una fascinación que no había identificado antes, una fascinación por el concepto de la “casa estudio”, el museo de las cotidianidades menos cotidianas en la historia.

Recordé cuando fui a Madrid hace un lustro, en 2016. Una de las visitas que más me emocionaba hacer era a la Casa Museo Lope de Vega. Transitar sus espacios e imaginarlos habitados fue una experiencia invaluable. “En este espacio, Lope de Vega escribió sus últimas obras”, afirmaba nuestra guía con cierto orgullo peninsular, como el que poseen la mayoría de los españoles. Además, el carácter de Lope de Vega emergía a través de cada ladrillo de la construcción: el escritor mandó edificar un piso adicional en su hogar, completamente secreto al verlo desde el exterior, a fin de contar con otra habitación para huéspedes, que le hubiera supuesto una cuota de impuestos en caso de ser descubierto. Pisar este tipo de espacios no sólo es imaginar una obra en proceso de concepción, sino también un transitar diario por las vicisitudes de cada época.

Redirijo mis pensamientos hacia México y me llega a la mente una de las casas estudio más visitadas de nuestro país: la casa azul de Frida Kahlo. Mi familia se estableció en Coyoacán hace más de cien años: mis abuelos nacieron en Coyoacán, al igual que mi madre y todos sus hermanos. En nuestras venas corre café del Jarocho, bromeamos habitualmente. De tal manera, la casa azul forma parte de la identidad de mi familia, lo quiera o no, porque la verdad es que no soy muy aficionada a la obra de Frida Kahlo. Cuando he visitado la casa azul, fantaseo con la posibilidad de que mis abuelos, en su niñez o adolescencia, se hayan cruzado en alguna ocasión con la pintora y, de ser así, qué habrían pensado sobre aquella señora. En la casa azul no sólo se refleja la compleja cotidianidad de Frida Kahlo, también se relata a través de los objetos que ahora la habitan la historia llena de tradiciones de una demarcación que, además de haber sido suya, ha sido de mi familia.

A veces, la casa estudio revela una calidez indescriptible, como parecen indicar las paredes del que fuera hogar de Leonora Carrington, pero a veces se llenan de un aire ciertamente antisistema, como la vivienda en la que Lope de Vega pasó sus últimos años. En otras ocasiones, la casa estudio entrelaza su propia historia con la nuestra, como si fueran contemporáneas a pesar de estar separadas por décadas, como ha sido mi caso con el que fuera hogar de Frida Kahlo. 

La conformación de una casa estudio sigue un proceso similar al del arte vanguardista: extrae los objetos domésticos de su cotidianidad y los dota de un valor artístico que antes no poseían. Así, el visitante posa su interés en libros, peines, botellas, cuadernos, lápices y toda clase de objetos similares a los que tiene en su propio hogar. Y es a partir de esa observación que se genera una magia especial, pues lo que hace a estos objetos merecedores del estatus de arte no es otra cosa que las manos que las tocaron. Edificar un museo a partir de estos objetos, y unas cuantas obras del artista, cuando es posible, parece una tarea completamente natural, basada en el acomodo de pertenencias de manera fiel a la que sería su colocación si la casa estuviera habitada: la museografía de la vida doméstica.

Visitar múltiples y diversas casas estudio, además, revuelve toda la egolatría que hay en mí, tengo que admitirlo. Me he puesto a fantasear, al estar en ellas, cómo sería la mía si es que llegara, algún utópico día, a ser una artista de renombre. Para empezar, sería una pesadilla lidiar con los permisos para ejecutarla en el contexto de una unidad habitacional con más de cien departamentos. Por si fuera poco, la visita más larga y detallada no podría durar más de diez minutos, pues tal es la extensión de este espacio desde el que escribo, que ni siquiera es mío en estos momentos, de hecho. La realidad es que la clase media de mi generación tiene sumamente difícil lograr el objetivo de hacerse de una casa propia, ya ni siquiera hay que decir de un hogar grande, de creador artístico, o mucho menos con potencial de convertirse en una preciosa casa estudio que aloje, al pasar de las décadas, esos grandes muebles de madera tallada que me inspiran cierta confianza hacia el artista que fue su dueño. Me pregunto si la imposibilidad de hacerse con una casa propia, o al menos con una de gran tamaño, derive en la extinción de las casas estudio de los nuevos artistas en un futuro. Si eso ocurre, el mundo se perdería de esa parte, en apariencia tan diminuta, de sus obras, que es la cotidianidad en la que se realizaron. Maldigo siempre al mercado de los bienes raíces de la Ciudad de México. 

Es romántico pensar que las casas estudio conservan la mística del arte que alguna vez albergaron. Es verdad que son sólo construcciones que se han mantenido en pie gracias a intensos trabajos de restauración, y que acudir a ellas para absorber alguna mínima parte del talento que atestiguaron sus paredes es una tarea ilusa e infructuosa, por decir lo menos. Sin embargo, una magia creativa permanece, de manera inexplicable, impregnada en cada objeto exhibido. Es una magia inherente a la que emana cualquier obra del artista.

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