Cuento | La página final, por Mariana Pou

La luz brilla durante un limitado y brevísimo espacio de tiempo en el acto de vivir. Quizá solo unas decenas de segundos. Una vez se ha ido, si has fracasado en el intento de alcanzar la revelación que se te ofrecía, no tienes una segunda oportunidad. Y luego deberás pasar el resto de tus días dentro de una profunda soledad sin esperanza ni remordimiento

Haruki Murakami. Crónica del pájaro que da cuerda al mundo

Pasó mucho tiempo pero todavía lo recuerdo como si fuera ayer. Seguramente porque el recuerdo del dolor siempre es más profundo y se extiende más que el mismo dolor.

No hablo de cualquier dolor. Ni de amores, ni locuras; mucho menos de esos físicos. Me refiero al verdadero dolor. El que te puede conducir al centro de todo; el que te puede dar todas las respuestas o te puede quitar todas las preguntas.

Frente a la terminal de ómnibus había un pequeño puesto de libros. Estábamos en la terminal de Puerto Madryn. La librería se ubicaba en la vereda de enfrente, en la otra cuadra del ahora museo del ferrocarril.

El reloj marcaba las 8.23 a. m. cuando llegamos a la ciudad. Nos quedaba un tiempo vacío sin nada que hacer más que esperar antes de tomar el colectivo que nos llevaría al verdadero destino de nuestras primeras vacaciones juntas. Porque era ese nuestro descanso del año, pero también nuestro reencuentro después de muchos años. Por más que éramos una madre con sus seis hijas, todas habíamos tomado caminos distintos y éramos casi unas desconocidas entre sí, con rostros similares.

Hubo un desayuno bastante relajado, creo recordar. Todas nuestras valijas en una esquina de la confitería, como un acampe femenino. Mientras componíamos una charla de sobremesa en la que una iba, otra volvía, otra dormitaba, yo también me levanté.

No he sido nunca muy distinta de lo que soy ahora, ya me conocen. Desde la ventana divisé el cartel de la librería y mi atracción fue instantánea. No podía dejar de acercarme a los libros entonces como no puedo abandonarlos ahora. Quizá ya era un poco adicta: el olor, las cubiertas, la tipografía de los títulos, las hojas gruesas o finas, la promesa silenciosa de llenarme de voces.

Sin dar más vueltas, aproveché mi turno de ida y vuelta entre silencios en la charla y crucé la calle. Solo serían cinco minutos, me dije; diez a lo sumo. Y, como por obra milagrosa, lo logré. Solo unos cortos minutos después pude cruzar de nuevo la puerta de la confitería con el libro que me había elegido (estaba segura que él me había escogido a mí) para compartir mis vacaciones.

Puerto Pirámides es un destino que todo argentino debería visitar. Suena lindo decir eso, ¿no? Incluso tenía un cierto tono a publicidad, me parece. 

No. La realidad es que no. No es un destino a visitar. Por nadie.

Puerto Pirámides resultó ser un oasis de mar y paz que todo ser viviente debería poder experimentar. Incluso aunque no esté en realidad allí. Porque todavía hoy estoy convencida de que no existió jamás como yo lo recuerdo, sino que fue una construcción exteriorizada de algo desconocido dentro de mí. 

La aldea (así decían los carteles) existía, tashikani. Aún lo hace. Está ahí tranquila contemplando el mar con los ojos entrecerrados de quien sabe que va dormirse en brazos seguros. Despeinándose con el viento de la Patagonia que la recorre en sus pocas manzanas y que los días de frío la encierra en la casita de té para saborear tortas dulces.

No tengo duda que la caminamos. Que la recorrimos. Que la conocimos. Que probamos sus tortas, sus cervezas, sus noches de música y sus días de correr hacia las olas más claras que he visto.

Pero lo que yo quiero contar es algo que creo que (me) pasó por una conjunción de detalles; entre los cuales la realidad empírica y tangible de Puerto Pirámides es solo uno.

Vuelvo a retomar el hilo porque a veces pienso en esos días de sal y sol y mi mente solo puede divagar. Además de que los años no ayudan y mi cabeza va más rápido que mis dedos cuando se trata de dictar recuerdos.

Volviendo al libro (porque creo que es el factor importante de esta historia): comencé a leerlo en la playa. Ya el primer día descubrí sorprendida que casi todas habíamos llevado un libro para que nos hiciera compañía. Amor, ensayos, intriga, teníamos todos los géneros literarios por ahí. Yo fui la única que encontré a mi compañero en el último momento, así que pude familiarizarme con su peso, su tamaño y sus letras una vez en la playa. La verdad es que nos hicimos amigos pronto y entendí por qué me había gritado para que lo escogiera. 

Mi nuevo libro de playa era de autor japonés. Una mezcla de géneros como solo un autor japonés amante del jazz puede escribir. Yo lo devoraba línea a línea, página a página, como una posesa. Tenía a mano mi birome porque descubrí que, cada tanto, había algo digno de subrayar: algún consejo, una descripción o una simple frase hacia la cual volver en el futuro. 

Mientras el libro y yo nos conocíamos, también lo hacía con mi familia. Con mis hermanas, nos reconocíamos. Nos conocíamos otra vez. Ahora ya éramos mujeres adultas. Mujeres. Esa era la palabra que me pesaba y, a la vez, me hablaba. No pude contar cuántos años habían pasado desde la última vez que habíamos estado así. Éramos un grupo que parecía moverse con el viento: ahora se separaban dos, se juntaban de nuevo; ahora se dividen de nuevo, luego se reúnen. El grupo de mujeres que giraba con el viento: cabellos largos, blanca tez de ciudad. 

El libro lo decía. Todo esto que yo veía en mi familia, el libro lo decía. No lo narraba al pie de la letra. No nos describía ni nos nombraba. Pero el libro se encargaba de reunir todo entre sus páginas y devolvérmelo en forma de narración japonesa de ficción, ensayo, historia y espiritualidad. 

La cerveza Heineken más cara de la historia en el bar, la caminata nocturna por la playa a oscuras, los churros de la tarde, el parche para la mochila, la serenata de Marcos (o Mauro, todavía no recuerdo bien su nombre), la ensalada de frutas, los regalos del día de Reyes Magos. Todo estaba curiosamente narrado entre las páginas japonesas.

Cuando mis vacaciones terminaron, volví a mi ciudad, mi trabajo y mi casa. De nuevo a la rutina. Pero el libro seguía conmigo. Y me recordaba que nada había sido mentira. Lo retomé con el ansia latente de conocer el final, aun cuando eso significara poner un punto final a Puerto Pirámides. 

No había nada.

Mi libro no tenía final. Faltaba una página. O dos, o tres. No lo sabía. Pero era un libro sin final. 

La historia se truncaba abruptamente, dejándome con la duda de conocer su destino y con la certeza de saber que ese faltante era lo que me faltaba a mí. Dejándome con el dolor. Uno que era familia y que, sobre todo, era familia mía.

No podía decir cómo lo sabía, pero estaba segura de que ahí estaba la respuesta a todo, en ese final. Mis dudas sobre la historia que habíamos vivido y habríamos de vivir, sobre los ensayos que solía escribir, incluso sobre la espiritualidad cambiante que reinaba en mi alma. Nuevamente: sobre mi familia. Pero también sobre mí.

Me obsesioné. No podía encontrar otra copia del libro por ningún lado. Parecía que ninguna otra librería lo tenía. No conocían al autor y, posiblemente, no lo conocerían jamás. Internet todavía no existía con sus respuestas a todo; no podía contar con nada que me diera ninguna pista sobre ese final truncado.

Volví a Puerto Madryn en cuanto un fin de semana me lo permitió. La librería ya no estaba frente a la terminal. Nadie supo decirme si la habían mudado, quién era su dueño o si la habían visto alguna vez, siquiera.

Crecí. Envejecí. Viajé. Y en cada año y en cada destino, busqué el final que alguien me había robado. A veces soñaba que era una señal: ¡yo debía escribirlo! Las más, me desanimaba: ¿cómo iba a escribirlo?

Hace poco volví a Pirámides. La aldea sigue siendo eso: una aldea dormitando en brazos seguros, acunada por el viento patagónico. Ya no volvimos juntas con mis hermanas y mi madre. Yo ya estoy vieja y probablemente ni siquiera debí viajar tanto hasta allá. Solo quería ver de nuevo con mis propios ojos el mar de la península; quería recordar cómo me sentía al caminar sobre la arena de la mañana con mi biquini azul, cómo era exactamente el sabor de la cerveza en la terraza del bar frente al mar.

Este cuento que lees ahora, posiblemente sea lo último que escriba.

Yo encontré el final. El del libro y el de la vida mía.

Era una sola página y estaba pegada en el muro de la casa de té. La vi de casualidad mientras disfrutaba un recuerdo y una porción de torta de manzana. Mientras masticaba el dolor y la tristeza de lo que era y ya nunca más fue.

«—No debiste dejar que nadie más escribiera por ti –dijo el coronel antes de morir. Pero ya era tarde. Yo había visto caer la nieve sobre Tokio y esa es una herida que no podía cerrar. 

Apagué la radio y salí de la habitación donde ya no había nada más. El alma que no sabe que va a morir, vive mil vidas».

(Subrayé esto último en mi memoria).


Mariana Pou Moragues nació en Capital Federal (Argentina) hace 35 años. Creció junto a sus seis hermanas en una chacra cerca de Viedma, Río Negro. Escribe relatos y novelas desde joven, con los que ha participado en algunas ediciones de revistas. Es correctora de textos y trabaja para una editorial universitaria, a la vez que en una oficina legal como administrativa. El presente cuento surge de un viaje real con su madre y hermanas a la Península Valdéz, Chubut. Para ellas lo dedica.

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