Furor legendi y treguas interestelares: Hija de sangre, de Octavia E. Butler

Hija de sangre y otros relatos
Páginas: 208
Publicación: 2020
Editorial: Consonni

Partos de padres gestantes —infectados por algo más allá de lo parasítico— en convivencia con gigantes extraterrestres. Un mundo donde se pierde la capacidad de leer, hablar o escribir tras un extraño virus; genética violenta, grupos señalados y reprimidos. Domos, abducciones, tratados de paz y promesas de guerra con entes más allá de nuestra comprensión. Y preguntas: ¿qué harías si te promovieran a ser el nuevo Dios? ¿Qué nuevas maneras de amar y comunicarse surgirían ante lo desconocido?

En Hija de sangre y otros relatos (Consonni, 2020), antología de siete cuentos y dos ensayos, hallaremos la introducción perfecta a la obra de Octavia Butler. No solo nos topamos con obras galardonadas con el premio Hugo y el Nebula, sino con reflexiones lúcidas e íntimas de la autora. ¿Cómo empezó a escribir y a leer? ¿Cómo fue trabajar en una fábrica, siendo una mujer racializada, y pasar por el rito terrible de rechazo de una escritora buscando publicar? ¿Se vale más esperar a la inspiración que formar un hábito?

La antología abre contundentemente: el primer relato es el más largo, el que más pide de ti como lectora. Octavia maneja la tensión y el misterio con maestría más allá del cuentagotas; cada nuevo pedazo de información —o descripción de los apéndices de las criaturas nativas del planeta al que los humanos llegaron a habitar— sostiene el hilo de la narrativa con precisión. Para cuando finalmente entendemos y vemos más allá de la sangre, de las larvas, de hábitats que recuerdan a los guetos, y entonces todos los puntos se conectan, ¡bum! Se acabó el cuento.

Sí: esta antología goza del síndrome del final excelente; por esto no quiero decir que fabrica moralejas o es muy explícito en sus mensajes, ni siquiera nos promete que todo estará bien. Pero cada final nos deja picados, puesto que nos quedaremos con la sensación de que Octavia ha rescatado de alguna galaxia lejana (o realidad cada vez más próxima), una escena maravillosa que condensa —pero nunca explicará en su totalidad— el mundo del cual fue extraída.

La autora no recula ante lo espeluznante, lo asqueroso o lo sombrío de cada mundo imaginado. Al establecer estas dimensiones hará algo mejor que solamente incomodar. Germinará la pregunta: ¿por qué nos sentimos inquietos o perturbados ante los mundos y roles que sus personajes juegan?

Butler explora muy bien el concepto de otredad porque vivió con esta etiqueta durante casi toda su vida. Todos sus personajes son minorías racializadas y esto no es coincidencia: tal como hizo Ursula K. Le Guin al hacer a su mago más famoso, Ged, un hombre de tez morena, Octavia sembró semillas sobre el mapa de la ciencia ficción y todos los otros florecimos de ellas. Los nombres latinos y asiáticos resuenan, las pieles oscuras y las lenguas modificadas también, pero más que eso, los personajes de los cuentos de Octavia son parte de grupos que ya se asimilaron a otra especie y a otra forma de vivir. Conviven en paz frágil con otras razas alienígenas, diametralmente distintas en todos los aspectos; con grupos opresores que al fin firmaron acuerdos.

Los cuentos de Octavia suceden cuando la guerra ya se peleó en vano y deben cimentarse las treguas, cuando los virus ya no tienen marcha atrás, cuando el mundo ya se acabó pero oh, oh, al final resulta que no. Sus cuentos encapsulan el momento en el que, juntos, hemos de encontrar nuevas maneras de comunicarnos y avanzar. Seguir adelante, a pesar de ser marcha sobre hielo frágil, resulta ser una inevitabilidad más que un horizonte bonito a adivinar al final de una narración.

Violencia que no es violencia. Invasiones alienígenas o plagas que resultan ser un nuevo escalón en la historia colectiva. Amenazas que son usos y costumbres, otredades que resultan ser un puente hacia entendernos.

La última palabra del ensayo es la más importante. Escribir es difícil. Es algo que haces sola sin nadie que te anime y sin la certeza de que te vayan a publicar o pagar algún día, por no hablar de si serás capaz de terminar la obra que has empezado. No es fácil perseverar en tales circunstancias. Quizá por eso he titulado este breve y apacible ensayo «Furor scribendi»: «furia por escribir», «rabia», «obsesión positiva», «una necesidad imperiosa de escribir»…

Esto cuenta Butler en uno de sus ensayos. Furia por escribir, dice, el hecho de triunfar y publicar a pesar de todas las apuestas. Hija de sangre y otros relatos nos despierta la mítica capacidad de imaginar mundos más allá del nuestro, de dimensionar la paz con distintas pueblos y sus modos de existir. Es con esta frescura, prosa de sabia pero elegante metralleta, y cabal desvergüenza ante lo que incomoda, que Butler despierta un síndrome nuevo: «Furor legendi», la rabiosa necesidad de leer más de ella. Y del género que ella alzó —y viceversa— hasta las estrellas.


Foto Autor

Alicia Maya Mares (Ciudad de México, 1996) es graduada del 12º Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra. Ha publicado en la sección “Piensa Joven” del Heraldo de México, en las revistas digitales Carruaje de Pájaros, Colofón, Origami y Efecto Antabus, y le lee esta columna a sus cuatro gatos. Creció al lado de un árbol de jacarandá y todas las noches sueña con música, pero nunca puede transcribirla.

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