Cuento | El circo de las calcetitas rojas, por Priscila Alvarado

La maldad es. No hay más. Ni principios, ni opciones, ni contradicciones. Es y punto final. 

Ahí comienza la congruencia y la abrupta facilidad de convertirse en un deseo imperturbable. En la Atenas del silencio. Compuesto con estoicismos degradados, columpios en la genealogía de la prepotencia. Columnas del ardor social.

Ahí retumba el contexto, la historia neutralizada de calcetitas rojas. Un abismo en la comprensión de lo adecuado, el sin palabras, sin sentido, sin problemas de un cuerpo empalado, avinagrado, colocado. 

Respiró calcetitas, sin nombre, y tambaleó la razón. Respiró la niña diminuta, terrosa, dulce, respira. Mientras nosotros nos conjugábamos en la acritud de la benevolencia. El sexo es cosa de la madurez, a la niña que se le ciegue; o mejor, que se le ensordezca. Un par de orificios en las orejas, dos palmos de colorete, unas zapatillas blancas y los calcetines rojos, rojitos como las cerezas, mamá. O como la sangre descompuesta, disuelta con jengibre, carnosito para que absorba. 

Las niñas son el sexo.

Así se coló, en el refinamiento de la moral, la historia de calcetitas rojas. Unas más, sin importancia, ni tiempo, ni explicaciones. En la impunidad de la paranoia. En la vergüenza patológica. Se lo buscó, yo creo que esa niña sólo tenía la carita de inocente. Una palidez en el erotismo, en el orgasmo metafórico, en el verdugo discursivo. El rojo aniñado de la narrativa del peligro sexual. 

Las niñas y el sexo.

Pero se le dijo desde chiquita, con su gomosa disposición, envuelta en disponibilidad. Existen los monstruos y si naces, bulbosa, apretada y fina, te van a devorar. A tragar, hasta lo profundito. A destrozar en la impaciencia. Una mujer, mujer- niña, porque de santa no se corona, para qué te miento. Por eso el castigo, la muerte amarga. El ser de lo que es. Y punto. 

Las calcetitas y el sexo.

El gris más hepático, el tono deslavado de la muerte. La muerte más pequeña del mundo. Gris forense que envuelve al cuerpecito en su telar de venus. El tejido de las putas. Arrinconada la carita en un poro reseco de la tierra. Extirpada la ternura, luminiscencia marchita. 

El cuerpecito con sexo.

Gritan las piernitas en la senectud de su infancia. Y clavan la cabeza en la frontera, para encontrar ardor en su calvario. A las brujas les excita el carbón, la inquisición fue una orgia, un orgasmo infinito. 

Opciones, 
la maldad es y punto. 

La impunidad y el sexo. Respira, concéntrate, aprende. Las calcetitas lloran bilis. Por la pobreza, la tripa tronada, el dedo caído, la justicia sin cartera, los motivos chiquititos. ¿Cómo las calcetitas? Como las calcetitas. Abreviada conciencia. 

El sexo y la vergüenza. 

Y ya muerta, asesinada no, muerta, porque se lo buscó, hay que coronarle los párpados, como el girasol de la poeta. Contraída niña. Una corona ondulante, fibrosa, mutilada con la bravura del aire. Amarilla, como el gritito de la condenada. Para levantarle un monumento, que le aplaste lo putrefacto y nos venere la sabiduría. Unas flores y su fotografía, para no olvidar. Pero una sonriendo, porque era una niña y las niñitas sonríen.  

Ni una más y los sexos. 

Las calcetitas rojas de Laura. Que ya se calle o le doy un chingadazo. El chingadazo en la blandura de Laura. Los desechos en el Bordo de Xochiaca. Tan brutal que incluyó una violación. Ya no la soportaban, por eso no todas pueden ser madres. El falo oculto. Seguro lo provocó o la mamá lo obligó, uno no lo hace sólo porque sí. El honor de calcetitas. Las piernas abiertas. El rostro en la prensa. Con las niñas no. 

El sexo en la pobreza. 

El quejido de Laura. Un bruñido inactivo, silencioso, escondido. El chingadazo. Y la rosa plastificada que vio por última vez. En sus recuerdos, chiquititos momentos, el puño, la acidez, el llanto. El pueblo mágico de la soledad. Un espacio perfecto para resguardar la agonía. El feminicidio infantil no existe, a todos nos matan. Porque el silencio es el sexo de calcetitas rojas. Poética de la razón ilustrada, impune el pensamiento, impune la palabra, impunes los adverbios. La violencia de género no existe, a todos nos violan. 

El suspiro más pequeño del mundo.


Priscila Alvarado, escritora que lucha desde la palabra y que cree en el arte como motor de cambio.
Activista y lectora de tiempo completo.

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