Soliloquio disonante, por Ángela María Muñoz Gutiérrez

A veces solo necesitamos una hoja en blanco y mil pendejadas para contar. Uno no sabe qué día despierte siendo distinto y simplemente ya no pueda divagar sobre las viejas ideas, sobre los viejos lugares y sobre los viejos e ineludibles recuerdos en los que, sin saberlo, uno veía a la misma chica rubia de ojos champagne y cabello desordenado, en el parque de la 86, a la misma hora vespertina, cumpliendo una vez más con su rutina. Sentada sobre la misma piedra hirsuta mirando ágilmente las burbujas equidistantes y caóticas que emanaban de aquella alcantarilla, producto del tirón de alguna llave sanitaria… tonterías.

Ya no podríamos hablar de las veces en que nos quedábamos despiertos hasta tarde sin razón aparente, buscando en el reloj un motivo para permanecer en pie, fingiendo estar cuerdos y mintiéndole al espejo que solo estaba en potestad de decir lo contrario.

¿Cuántas payasadas nos habrán dicho en aquellas tardes interminables que se rehúsan a despachar el sol?… Nos quedábamos tirados en la alfombra esperando algo incierto, mirando el cielorraso y saboreando en nuestros labios esos pequeños residuos del algodón de azúcar que por tanto tiempo estuvo escondido en la repisa prohibida de la abuela y, bastante angustiados por la duración de su encierro, relucían añejos en nuestras infantiles fauces. Chasqueábamos todo, entre los dientes, la saliva vacilante, un poco espesa y agria, y entre los oídos una leve comezón, que, aunque leve, nos obligaba a deslizar los dedos, frotando dos, tres, cuatro veces…

Miradas van, miradas vienen, y aquel pequeño rayo de luz que se filtraba por el cristal de la ventana entreabierta pegaba una cachetada sobre nuestros pubertos rostros para ayudarnos a salir de aquel estado insomne en el que nos habíamos quedado petrificados, casi hipnotizados por el mutismo. Y, aunque dijeran que el mutismo era espantoso, a mí me resultaba acogedor, me servía para pensar sobre muchas cosas, para imaginarme y desimaginarme, para rozar con la yema del meñique las goticas que a veces caen del respaldo de la matera, para visualizar el enorme panorama escondido tras la oreja de uno de los gatos siameses de la nana, porque… para eso sirven las hojas de papel, que vírgenes no cargaban con la responsabilidad de acaparar pendejadas encima y ahora son álgidas testigos de que uno no sabe qué día despierte siendo distinto.


Ángela María Muñoz. Reside en Cali, Colombia. Es Comunicadora Social y Periodista, actualmente estudiante de la Maestría en Estudios Sociales y Políticos. Amante de las letras, lectora de la vida, se considera empedernida por conocer y contar historias. Cree que el periodismo, sumado a la riqueza comunicativa que reside en la palabra, tienen un gran valor para expresar y poner de manifiesto sentimientos y evocaciones. Es por esto que en su proceso de aprendizaje se ha valido de la escritura como medio de transmisión del conocimiento.

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