Cuento | Quedarse, por Zamani Estrada

En 1816, al norte de Egipto en las afueras de Alejandría, un hombre pobre halló una magia —imposible precisar si se trataba de una palabra en pergamino, un talismán de escarabajos en cadáver o una copa áurea para beber—. Lleno de temor y fascinación, el hombre llevó la magia a su casa. Después de consultar con sabios y magos, supo que su nuevo tesoro otorgaba el poder de elegir con total soberanía y exactitud el momento para morir. Todos los de la casa, ancianos y jóvenes, consintieron en participar de la magia. Podrían tener poder sobre su propia partida bajo una sola condición: uno de ellos debería ser elegido para ejecutar el brazo de la muerte sobre los otros. El elegido se convertiría en inmortal. Primero todos quisieron ser el elegido, convertirse en inmortal tienta en lo más profundo de la carne. Pero los soles viajaron y uno a uno fueron sucumbiendo ante el deseo de expirar. Así murieron, satisfechos o sufridos, pero dispuestos. Todos, excepto el hombre que había hallado la magia en los vientres blanquecinos de arena. A él lo habían elegido los otros, él no murió, él se convirtió en inmortal.

Vengo de enterrar a mi último amigo. Conduzco velozmente pero el aire dentro y fuera del auto se siente lechoso. El cigarro que dreno luce precioso en mis dedos, su punta es dorada, tintinea como si él mismo tuviera pulmones. El resto del espacio es negro. Conduzco tan rápido que las lámparas nocturnas nunca alcanzan a iluminarme.

Acudí al velorio de Amauro y terminé encargándome de todo el papeleo. Tenía casi treinta años sin ver a sus padres, no sabía que podían envejecer tanto. No recuerdo si dijeron que murió de un infarto o dieron otra explicación, de todos modos eso no tendría importancia. La madre me llamó llorando esta mañana y me dijo que lo habían encontrado en su casa de campo en Valle de Bravo. Por supuesto yo volví de Valle antier, en la madrugada, apenas unas horas después de haber inyectado la toxina a Amauro. No me quedé a que hiciera efecto, eso se lo avisé desde un principio y lo aceptó. Bebimos whisky igual que en los viejos tiempos, los hielos chocaron y resonaron como si el eco y la vaciedad se hubieran instalado de antemano en la casa, sin esperar a que saliéramos de ahí. Me puse el abrigo y me despedí; lo dejé leyendo algo de Bolaño y escuchando Tool. Me pidió que me llevara a su gata y que apagara todas menos una luz, la del pasillito que daba a la biblioteca. Dejé la puerta de entrada medio abierta para que tampoco tardaran tanto en encontrarlo. Pienso que lo planeamos bien, él siempre fue el más meticuloso de los cinco.

Los cinco. En la saliva se me mezclan todos nuestros rostros. Amauro, Camelia, Nicolás, Luisa, yo; los inseparables, los cinco malditos —río con ironía en mi fondo craneal—. Cuando alguno se decidía a morir, los demás quedábamos a cachos, como si te arrancaran un brazo. Yo siempre tenía que hacer el trabajo sucio, así que terminé por acostumbrarme a la sensación de perder una y otra vez algún miembro. Hubiera preferido romperme los huesos uno por uno. Pero todos habíamos asumido el pacto como algo real, casi natural, y en el pacto yo era el elegido.

Esa noche del pacto el frío era brutal. Dábamos calada tras calada a los cigarros y no lográbamos calentarnos. Es cierto, a los dieciocho años yo quería vivir, quería desesperada y rabiosamente vivir. Ser inmortal me endulzaba en lo más hondo de la sangre, pero me mantuve callado, no lo pedí; en cambio el voto de ellos fue unánime para elegirme. Ahora, por primera vez me asalta cierta posibilidad real de que yo sea inmortal. La idea me atraviesa la mente como si un ave gigante embistiera y volcara el auto. Y como la propia inmortalidad, el ave no se detiene ahí, va y devora mis ojos posándose al lado de mi cuerpo en el pavimento.

Pienso en qué estoy pensando, somnolencia repentina, conduzco. Aún me faltan una hora al menos de carretera. La canción que escucho en la radio lleva años sonando, ¿o son comerciales? Sea lo que sea me recuerda a Camelia, mujer de mucho ruido. Es la que tenía el nombre más bonito de los cinco, era la más vivaz pero gritaba y peleaba como si de eso comiera. No logro recordar realmente sus rasgos ni sus tacones de mal gusto. Justamente Camelia fue la primera. Siempre fue la más escéptica respecto al pacto y por supuesto no lo esperaba, pero cuando el diagnóstico fue unánime, quiso hablar conmigo en un café. Tenía los ojos hinchados de miedo. A los tres meses ya era incapaz de respirar por su cuenta y sus hijos estaban dispuestos a pulverizar sus ahorros con tal de mantenerla conectada. Entonces me llamó por teléfono. Por supuesto acudí y exactamente a las 3:27 a.m., como me lo pidió, la desconecté.
Después fue Nicolás. Su caso fue muy surreal, lleno de sopor y bloqueador costosísimo. Me pagó el boleto a Barbados con una semana de estancia. Nos ahogábamos en caipirinhas con exceso de azúcar, sentados al ras del agua fantasmagórica de tan pura que era. De pronto yo sentía la arena atorada entre los dedos de los pies, finísima y tibia, y recordaba cuál era mi único propósito en ese paraíso. Nicolás tenía apenas cincuenta y ocho años pero me dijo que estaba seguro de haber vivido los momentos más felices de su existencia. Nadine acababa de abandonarlo por su profesor de yoga y se había ido con todo lo que Nicolás le compró. Él estaba tranquilo, sabía que algún día eso pasaría y no le guardaba ningún rencor a ella. Nos despedimos como hermanos el último atardecer que presencié en la isla. Al día siguiente nos lanzamos en paracaídas, Nicolás gritó mucho y yo también pero no sé por qué. Por supuesto yo me había encargado antes de romper el hilo de su paracaídas.

Luisa. Luisa siempre fue la más lúdica de los cinco, seguía siendo una niñita a sus sesenta y un años. Sostuve su cabeza firmemente bajo el agua caliente, mientras sus cabellos se enredaban con los bordados larguísimos de su bata. Se hizo algo de lodo junto a la tina porque yo no me quité los zapatos. A ella le parecía hermoso el pacto, casi tierno. Me regaló su última pintura, una tira de lienzo empapado de azul con muchos dibujitos que parecían niños. Le puso tanto azul porque sabía que a mi me gustaría y no tanto porque ella así lo quisiera, me lo dijo. Había estado investigando durante años el día más propicio para su muerte según los astros y una cantidad no sé qué de teorías místicas. Su esposo estaba de acuerdo porque también creía en esas narrativas y estaba seguro de reencontrarla en la vida siguiente. Me lo contó mientras desayunábamos y la luz de su ventanal entraba en patrones hexagonales. Esa mañana deseé poder experimentar tanto fervor crédulo como él; creer en una caja de cereal o en un dios, daba igual, pero lograr creer con tal magnitud de voluntad.

Después solo quedó Amauro, inagotable espejo. Desde que teníamos diecisiete supimos que había demasiado paralelismo entre nuestras vidas como para tener margen de admirarnos o despreciarnos. En la academia y entre las mujeres nos batíamos como dos portentosas bestias; cada quién obtuvo sus respectivas conquistas pero la complicidad fue siempre irremediable. Yo no hablaba a menudo con él como con Nicolás o Luisa, solo nos reuníamos cada tanto, cuando el ruido de los otros ya era insostenible. Bebíamos café cargado, dejábamos caer la espalda sosegadamente en el respaldo y charlábamos como perros viejos. No ahondábamos en contarnos los pecados cometidos, si es que eso existe, porque leíamos los gestos del otro de memoria. Amauro y yo estuvimos metidos en la misma trinchera durante casi cincuenta años.

Hasta hace dos días. Desde la noche en que dejé a Amauro siendo comido por la luz del pasillito, he dormido sin sentirlo; me acuesto sin cansancio y me despierto siete horas después, completamente igual. Experimento todo lentísimo, diría que chicloso. Por ejemplo, ahora conduzco velozmente, 160 al parecer, pero soy capaz de ver cada detalle de la carretera, los árboles y las colinas. Ahora el aire es fresco, casi perfumado, podría quedarme así conduciendo el resto de mi vida, sin volver a mi apartamento, sin que mañana sea lunes, sin sentir el espacio dilatarse porque ahora sólo quedo yo de los cinco. Me parece que mientras siga conduciendo la inmortalidad no podría alcanzarme.

De pronto una luz dura y amarilla infecta el paisaje, crece veloz y ahora se mezcla con un bufido de tráiler. Me quedo ciego de a poco, como si el monstruo quisiera arrullarme. Impacto uno, impacto dos. Un dolor agudísimo, se me está rompiendo en trozos el pecho. Me salen arroyos de sangre de la boca, de muchos huecos en mi cuerpo recién inaugurados. Hace frío. Quiero alejarme de aquí, debo salir o el ave vendrá a comerme los ojos. Entonces me doy cuenta: tengo una lámina de acero que me atraviesa el pecho, desde la clavícula hasta el vientre, al menos mi corazón y mis pulmones deben estar perforados. El hombre del tráiler me mira horrorizado, tieso de pavor mientras atino a ponerme de pie después de haber gateado. Avanzo no sé cómo y encuentro mi cigarro, sigue encendido, lo recojo. Así que es cierto: soy inmortal, qué insoportable. Muero de frío, doy calada tras calada al cigarro y no logro calentarme.


Zamani Estrada. Egresada de Comunicación Social por UAM-X, ha participado en diversos proyectos cinematográficos y de gestión cultural. Pianista y escritora por esclavitud y goce. Mujer mexicana de 25 años.

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