Taller cuento | Entre dos guerras, por Eugenia Nájera

Oraq por fin abrió los ojos, pero comenzó a dudar de su estado consciente y hasta de su inconsciente y de todo a su alrededor. Los golpes, sangre, heridas y su alma dolían. Eso era muy real. Su respiración comenzó a hacerse más rápida. Relámpagos azotaron su mente, donde veía a la raza calik como monstruos. Revisó su agenda, el calendario de la pared… Luego aquel extraño y extinto papel minog que empuñaba su mano derecha.

Corrió y bajó las escaleras, sus heridas volvieron a sangrar. Cuando entró al gran comedor, preguntó a su madre por una energía que sentía en su habitación pero que no podía ver. Ydrak trató de disimular la impresión y le contestó que era un efecto secundario del shock por el accidente que tuvo. Él no recordaba nada, solo un amargo sabor en su boca que no desaparecía. De  pronto lo invadió la paranoia.

Su madre ordenó que se retirara el personal de servicio para que no escucharan la discusión que estaba por comenzar al ver el estado alterado de su hijo. Creó una barrera. Él la detectó, pidió ver a su ejemplar de burek, “Kerub” y las flores del jardín, su comida favorita. Al darle evasivas se dio cuenta de toda la farsa pero disimuló.Piensa, piensa” se dijo en su mente. Ydrak colocó con sigilo su mano derecha sobre su daga oculta en el brazo izquierdo, bajo las amplias mangas de encaje azul de su vestido. “Me voy a mi cuarto”, pronunció su hijo y se retiró.

Durante días rechazó con disimulo a su madre, tampoco quiso comer ni beber nada. Cuando le ganó el hambre, entró a escondidas a tomar alimentos de los sirvientes. Y aunque mandaba llamar a Odraz no apareció el joven sirviente, solo le daban pretextos y más mentiras. En cuanto tuvo oportunidad lo buscó; en efecto había sido aprisionado y torturado por no haberse cersiorado que Oraq bebiera todo el líquido del cuento negro.

Su madre lo descubrió, llegó con todo un séquito desconocido. Ella era una psicópata diosa de la muerte. Oraq ya no confiaba en nadie, ni siquiera en sus padres, ellos también estaban involucrados en su “amnesia”. Todos eran títeres bajo el control de la raza calik. Él por azares del destino había logrado escapar de su brebaje, pero ahora todos querían matarlo.

Oraq ordenó que liberaran al sirviente, pero nadie obedeció.  “Eres un monstruo”, dijo a su madre; ella solo respondió indiferente: “Lo sé. ¡Ahora vas a obedecer y punto!”. Él sin titubear respondió “¡Nunca! Nos vamos de aquí”. Acto seguido Ydrak dio la orden a sus hombre de atacarlo sin contenplaciones.

Se defendió de los guardias. Incluso su madre lo enfrentó, pero él solo levantó su mano y no pudo atacarle, a pesar de los ojos furiosos y gélidos de Ydrak. Corrió hacia el sirviente, lo liberó, y sostuvo sobre su hombro para que pudiese caminar. “¡Retira a tus guardias o yo mismo me asesino!” ordenó. “¡Déjate de estupideces!”. Oraq comenzó a dar pasos lentos. “Por lo que veo soy muy valioso para ustedes, ¿no?”. Su madre se indignó. “Todo por un insignificante sirviente”.

Oraq sacó una daga y se hirió el cuello. “¡Detente!”. Se exaltó su madre y mandó a sus hombres retirarse. Todos retrocedieron. “¡No sabes lo que hay ahí afuera!”. Le gritó: “¡Tampoco lo que hay aquí dentro!”, alzó la voz su hijo. Ydrak creó una interdimensión como último recurso para aprisionarlo, pero, sin saber cómo, logró escapar de su poder. Entonces ordenó a su mejor asesino partir para matarlos.

Era un día hermoso, pero una vez más intentaron asesinarlo. Oraq logró sobrevivir. Sin embargo, el día aún no terminaba, el crepúsculo caía y estaba frente a la muerte otra vez.

El asesino los embistió con sus plumas asesinas, los hirió, luego se lanzó contra Oraq. El sirviente defendió al joven pero no era bueno en peleas cuerpo a cuerpo, así que lo dejaron inconsciente. Luego se enfrentó a Oraq, en un punto estuvieron empatados a pesar de la gran corpulencia del asesino, pero Oraq estaba débil y ya no pudo seguir en pie, cuando estuvo a punto de matarlo. Su Kerub llegó y lo defendió. El asesino lo hirió. Oraq le gritó a Kerub que retrocediera, pero el animal siguió su feroz ataque contra el asesino hasta que ya no pudo más y cayó.

Una nueva ola de plumas del asesino se clavaron en el cuerpo de Oraq para dejarlo inmóvil. Desenfundó su espada para acabar con su vida pero por alguna extraña razón las plumas se disolvieron y en un nuevo forcejeo Oraq logró arrancar su máscara y lo reconoció. Era Bretz uno de los pocos amigos de infancia y que hacía años no sabía de su paradero. Él con rapidez alzó su espada contra él. “¡Puedo liberarlos a todos!”, gritó Oraq. Bretz detuvo el caer del filo de la hoja plateada. “¡En vez de matarme ayúdame, préstame tu poder! No confio en nadie, pero ustedes dos son diferentes. No sé por qué pero ustedes no parecen estar drogados”.

“Me estás engañando”. Su sigilosa mirada analizó el lugar para cerciorarse si había alguien más alrededor. “Estoy a punto de matarte y dices eso”, le contestó el asesino. “¡Te lo ordenaron, pero tus ojos dicen otra cosa! Nos criamos juntos, amas a Darty, ¿no quieres estar con ella?, ¿poder ver a tu familia?”.

La espada comenzó a caer. “¡Escúchame, tú solo eres el dueño de tu propia felicidad!”. Esas palabras hicieron eco en él e hizo que se distrajera y Kerub lo embistió. Intentó ponerse de pie, pero sus corales brillaron con tanta intensidad que lo cegaron. Cuando abrió los ojos un corpulento joven lo asfixiaba. El roce con el cristal lo debilitaba.

“¡Qué rayos!”, dijeron Bretz y Oraq al mismo tiempo. Luego Oraq dijo “¡No lo mates!… quien sea quien eres, ¿eres Kerub o no? ¿cómo es posible esto?”, cuestionó Oraq. “No podía revelar nada o comprometería la operación”, respondió el joven. “¿Por qué hablas como militar?”. Fue la siguiente pregunta de Oraq. “Lo soy y también un kalem”. Fue su solemne respuesta.

“¿Un qué?”, dijo intrigado. “Un ser de una raza que puede convertirse en quien quiera”. Los corales de su cara resplandecieron y se transformó en Bretz. Éste se horrorizó. “¡Vaya!”. Dijo sorprendido Oraq y prosiguió a dialogar con el asesino, quien siguió el reñido forcejeo con su “doble”. “Por favor escúchame Bretz, ¿no quieres tener una vida que no esté planeada, ni controlada, conocer la verdad con tus propios ojos, de ti, de nuestra raza, de nuestro mundo, que hay más allá de esta jaula y poder exteriorizar nuestras alas? ¡Ser libres!”.

 Bretz dejó de luchar.


Eugenia Nájera Verástegui. Tampico, Tamaulipas, México. Participante del Taller de Cuento para Principiantes (junio-julio 2021). Técnico en Computación y Serigrafista. Su pasión por la música fue la principal inspiración para comenzar a escribir y capacitarse en literatura. Ha colaborado en las revistas: El Recuento del Cuento, La Cigarra. Ha publicado en Antología de Cuentos Infantiles “Pequeños Gigantes”, Bolivia. Revista Literaria Raíces, Revista Letras Indelebles. Próximamente participará en un libro de cuentos de Perú, Diario Literario Mensual de Cuentos de Hadas y Fantasías, 1a. Antología Internacional de Cuentos de Hadas y Fantasías de Argentina.

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