Taller de cuento | Crack, por Metzli Rivas

Crack.

Se había roto.

Estaba acabado, se lo van a cobrar como nuevo, ¡una antigüedad de casi 100 años! Siempre que sus familiares iban de visita, se le quedaban mirando fascinados por lo bien conservado que estaba, derramaban astutos elogios y empalagosos cumplidos. Y ahora, el primer día que se quedaba él solo, lo había roto.

“¡Tengo que huir!”, pensó Javier desesperado. Acababa de llegar un paquete para su padre: vaciaría la caja y lo devolvería (como había visto que hacia su padre cuando le llegaron unos jabones para lavar en vez de los cauchos que había pedido).  “¡Sí quepo!”. Era una gran idea, así se iría a China.

Corrió a subirse a una silla para alcanzar de la alacena unas latas de atún. “Cuando llegue podré vivir intercambiando conchas de chocolate; no, no conchas, sushi, porque voy a China, por ‘tatuajes’ de cadenita como Ari “, pensó, aunque aún seguía practicando las flores porque las niñas siempre le pedían que dibujara pulseritas con flores en sus muñecas.

Su prima Ari era tatuadora y era tan genial… le parecía asombroso cómo la gente, a pesar de gritar, aullar y decir palabras fuertes (esas palabras que su padre susurraba), al final salía con una sonrisa reluciente y presumiendo el dibujo que le había hecho. Cuando su mamá lo vio practicando en su brazo derecho, se echó a llorar y se fue de la casa. Nunca más se pintó ese brazo y prefirió ir practicando con sus compañeros de salón.

La maestra no entendía su plan de negocios, en realidad no ganaba dinero, intercambiaba lechitas de sabores, pan y uno que otro sándwich sin chile. Obvio, mientras más grande la comida ,más bolígrafos de colores utilizaba y más grande era el dibujo (caballos con cuernos, sirenas de dos colas, un perro esponjado o un gato de cabeza).

Aun recordaba la regañiza que le metieron por pintar a un compañero en la cara con pluma roja, decorándolo con cicatrices de zombi. Era el trabajo que más le daba orgullo. Pero como habían amenazado con expulsarlo por las quejas de los otros padres, tuvo que faltar unos días a la escuela. Lo que le daba más coraje era que ya no pudo hacer el dragón payaso. ¡Ay!, tanto que se le antojaba esa torta de milanesa que le había prometido Toñito.

En fin, con más coraje acomulado y todo un mundo de posibilidades repaso el plan: tendría que tomar las plumas de Laura. Se enojaría, seguramente, pero para entonces él estaría en pleno viaje.

Tal vez se hiciera rico con el intercambio de lonches, así que se llevaría a Mollejas. El gato panzón lo protegería: su pelo negro y su ojo tuerto asustaba a cualquier persona, los incomodaba tanto que mejor cambiaban el tema o se iban, aunque en el fondo era el gato más abrazable que conocía (y conocía tres). Le pondría pasta de dientes, diría que tenía rabia y con eso alejaría a la mafia china para que no los molestaran. Así el atún lo podían compartir.

Con su caja llena de cinco latas de atún, ocho plumas de colores, una pasta de dientes medio apachurrada, un plumón negro, un gato panzón y su talento, se dispuso a meterse. En eso estaba cuando… Un grito de la habitación de al lado lo espanto

—¿Javier, estás allí?

—¡Abuelo! —gritó con entusiasmo el niño—, ¿no estas roto? Yo pensé… No te movías, sonó tan feo…

—Naaa, es la espalda que me cruje cuando me quedo dormido en la silla, pero ¿qué hace allí guardado Mollejas?

—Mmm… ¿enfrentarse a la mafia china? —le contó Javier, dudando en decirle al abuelo sobre su huida.

—¡Ay, Javier, qué cosas dices! Vente, vamos a cocer unos frijolitos para espantar el hambre.

—¡Qué bueno! El atún no me gusta, se lo iba a terminar dando todo a Moy.

Y así Mollejas, desilusionado de no pelear contra la mafia, se puso a jugar con las plumas en la caja.


Metzli Rivas. Es Millenial. Cursa la carrera de Estudios Latinoamericananos en la UNAM, lo cual en vez de llenarla de certezas la llenó de dudas para entender la vida. Fue docente, teatrera, vendedora, pintora de banquetas, parlotera y escuchadora casi profesional. Actualmente se autoclasifica como escritora de nube, pues de vez en vez se le cae algún escrito al Whatsapp para que lo lea un público virtual.

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