Taller de cuento | El clack, por Susana Morán

Silvana lleva una vida llena de contradicciones. Piensa todo tanto que por momentos se tiene que quitar la cabeza y llevarla en sus manos, pues, si no, sus pensamientos le pesan demasiado.

Cuando quita la cabeza de su lugar, arriba del frágil cuello, y se la pone en sus manos, Silvana se percibe más en calma; sin embargo, tiene una sensación de que en el lugar que quedó no está vacío, quedan como las secuelas de sus pensamientos locos, que salen del cuello hacia arriba en forma de ramificaciones o raíces. ¿Será que las raíces que no tiene en sus pies las tiene en su cabeza de alguna manera? Estas raíces no saben hacia dónde ir, hacia dónde crecer, no están en la tierra, están medio flotando en el aire sobre el cuello. Por lo mismo Silvana a veces flota con su ligereza por los lugares, está pero no está, se relaciona con muchas personas, pero todo es siempre de modo muy frágil y superficial, le cuesta profundizar, tiene miedo a ser lastimada, por lo que no sabe bien de dónde viene ni hacia dónde va. A Silvana le gusta observar desde afuera, desde arriba, desde el aire y analizar y sacar sus propias conclusiones que después le hacen que su cabeza sea tan pesada y no la pueda cargar arriba del cuello tan frágil.

Hace algún tiempo, de forma muy casual mientras se sentaba para descansar en el suelo, Silvana dejó su cabeza a un lado de sus piernas, reposando en el pasto y se dio cuenta de que así ella se sentía más ubicada, más tranquila, empezó a tener consciencia de a dónde quería ir y qué quería hacer. Le pareció un descubrimiento inquietante. Silvana no podía estar mucho tiempo sin su cabeza arriba de los hombros, ya que solo así podría pensar claramente, de modo que se la colocó de nuevo y tuvo una idea genial: ¿y si se empezaba arrastrar por el suelo como una serpiente, reptando y reptando?… Lo probó y, con su cabeza bien colocada en el cuello para poder pensar mientras se arrastraba, todo su cuerpo comenzó a reptar cual víbora, con movimientos lentos pero seguros. Al principio estuvo divertido, pero después de un rato se dio cuenta de que era cansado, muy cansado, arrastrarse por el suelo sin agilidad, todo el cuerpo tocando la tierra. Además, veía todo desde abajo para arriba, con una perspectiva muy diferente a la que estaba acostumbrada, y esto le daba miedo e inseguridad. Para Silvana sin duda era mucho más bonito, cómodo y divertido ver todo desde el aire, medio flotando… flotando y observando y sacando conclusiones…

Silvana siguió esforzándose con nuevos intentos: esta vez intentó hacer parado de manos para tener las raíces más cerca, pero todos estos nuevos movimientos eran muy cansados y le costaba mantener el equilibrio, claro, era mejor que arrastrarse por el piso, pero Silvana se sentía más desequilibrada. Sus ropas, que eran ligeras, le resultan incómodas en esa posición, pues se caían hacia la manos y le impedían ver y avanzar como quería. Se sentía ligeramente atrapada al estar boca abajo.

Después de hacer otras pruebas, regresó a su posición inicial y se colocó la cabeza en su lugar para pensar de nuevo qué hacer, pero solo se le ocurrían divagaciones y juicios creencias e ideas de los demás, por lo que no llegó a ninguna conclusión. El cuello le dolía mucho por haber estado parada de manos y haberlo forzado con posiciones extrañas y poco anatómicas. Silvana, frustrada como estaba, comenzó a acariciarse el cuello, primero suave y cada vez más profundamente, mientras seguía teniendo pensamientos imparables con su “cabeza pensante”. De pronto sintió un clack, un ruido en su cuello, como que algo se hubiera movido adentro. Al principio sintió miedo pensando que tal vez algo se le hubiera roto, pero siguió sobándose y poniendo atención al lugar donde había sentido el ruido, el clack y sintió como un flujo de algo que empezaba transitar de arriba abajo y de abajo hacia arriba, Silvana se sintió confundida y medio asustada; no sabía si eso era bueno o malo, pero definitivamente el clack había detonado en su cuerpo algo nuevo.

Permaneció por minutos muy quieta, poniendo extrema atención a ese fluir en su interior que atravesaba el cuello, y pronto sintió como un palpitar, algo empezaba a moverse en el interior de su pecho, debajo del hombro izquierdo. Ese palpitar y vibrar, esa extraña manera en que sus entrañas se movían solas a la altura del pecho la asustó muchísimo, pues nunca lo había sentido antes. Silvana comenzó a llorar sintiendo que iba a morir, ese clack muy probablemente la llevaría a la muerte o algo parecido. Se dejó caer al piso, bajó ligeramente la cabeza, cerró los ojos como en posición de resignación hacia la muerte y despedida . Entre tanto, el palpitar de su pecho se había hecho más suave y calmado. Advirtió que su cabeza, aunque seguía en su lugar, ya no estaba piense y piense. Algo se haba calmado también ahí. Siguió prestando atención con los ojos bien cerrados a lo que sucedía en su interior y sintió como un haz de luz que conectaba su cabeza con su pecho, como un fluir mágico de arriba abajo y de abajo hacia arriba .

Entonces algo más sucedió, todos los pensamientos locos que sentía habitualmente arriba de sus hombros y que visualizaba claramente en forma de ramificaciones gigantes que crecían y crecían enredándose cada vez más, hasta que sentía esa necesidad de arrancarse la cabeza y cargarla en sus manos, esas ramas se hicieron chicas, como que se callaron y se cayeron al piso, o tal vez se lanzaron intencionalmente al suelo. Silvana sintió algo, escuchó el ruido y abrió los ojos, se quedó mirándolas con atención y observó que estas ramas caídas de su cabeza empezaron a amarrarse a sus pies y a fortalecerse más y más. Mientras se anudaban singularmente a sus pies por un lado, por el otro lado se iban pegando al suelo y se iban a enraizando a la tierra.

Silvana, que ya había perdido el miedo a morirse, sentía ahora miedo de quedarse atrapada en ese lugar para siempre pegada al suelo, a la tierra inmóvil y atrapada para siempre por estas raíces enormes que tenía en sus pies, y comenzó a llorar de nuevo.

Las lágrimas, que eran muchas y muy gordas, caían en estas raíces, suavizándolas. Cada lágrima hacía las raíces más elásticas, como una especie de plastilina maleable que se podía moldear con poquito esfuerzo, solo con intención clara; así que Silvana comenzó a mover sus pies despacio, con objetivos concretos y claro que sí podía: podría llevar sus pies, sus piernas hacia donde quisiera de manera lenta pero segura, entonces dejó de llorar.

Con su cabeza puesta, sin pensamiento agobiantes, con su pecho vibrando por su flujo interno, con el haz de luz conectando ambas artes y ahora además conectada y arraigada a la tierra a través de esas ramificaciones, sintió por primera vez en su vida una paz indescriptible, como una sabiduría interior. Trató de disfrutar intensamente de estos instantes, pero no tardó en darse cuenta que esa sabiduría no era suya, no era solo suya. Poniendo atención a su fluir interno, se percató de que a través de sus raíces bien ligadas al suelo, se estaba conectando con sus ancestros, con la sabiduría y con emociones de ellos. Esto era algo que pasaba por primera vez en la vida de Silvana, quien nunca se paraba a pensar en sus antepasados, en sus orígenes.

Silvana sintió que ella era en realidad una fusión de todas las personas que la habían precedido y también estaban conectadas con ella a través de la tierra. Puso más y más atención e insólitamente se sintió tranquila, en paz con ser tal y como era sin necesidad de quitarse ni ponerse nada, sin cambiarse ni juzgarse, se empezó a gustar tal como era con todas sus rarezas.

Siguió moviendo sus pies de modo claro y preciso y, al levantar la vista, divisó un grupo de personas desconocidas a lo lejos. Últimamente Silvana había estado evitando a las personas, no a todas pero sí a la mayoría, pero en estos momentos sintió curiosidad por acercarse ellas y darse el tiempo y la intención de conocerlas o reconocerlas desde otra mirada, tal vez la nueva mirada fusionada de sus ancestros.

Las personas estaban lejos y Silvana se iba cercando lentamente, con curiosidad. Mientras lo hacia una canción le vino a la cabeza… ¿qué canción era esa? Tenía música pero no letra, entendió que esa canción era de su árbol familiar, que provenía de sus ancestros, a través de sus raíces. Cada vez la melodía estaba más clara, más fuerte , ya no se escuchaba solo a lo lejos, estaba dentro de ella, como una vibración que la hacía moverse de modo ligero tal y como ella estaba acostumbrada antes de tener raíces. Se sentía liviana, pero al a vez anclada y segura de casa paso. Sin darse cuenta se empezó a acercar más al grupo de personas y, curiosamente, ya no los sentía como desconocidos. La propia musicalidad la iba dirigiendo hacia ellos, ¿serían sus familiares, sus antepasados, sus descendientes?… Estaba segura de no haberlos visto antes, pero sí le resultaban cercanos, lo cual le dio más curiosidad.

Justo antes de llegar donde estaban las personas, apreció más clara la letra de la melodía que tan fuerte vibraba en su interior, cerró los ojos y sin darse cuenta ya la estaba tarareando mientras se movía hacia el grupo de personas todavía sin abrir los ojos. Silvana caminaba cada vez con paso más firme y cantaba cada vez mas fuerte: “Mi casa es esta piel morena donde resuenan las voces de mis ancestros. Soy la canción que tarareo camino a mi encuentro”. Silvana abrió los ojos y en ese momento se percató de que nunca más sería la misma: su vida cambiaría para siempre.


Susana María Morán Martínez. Nacida en Salamanca, España. Residente en San Cristóbal de las Casas, Chiapas desde 2001, de nacionalidad mexicana y española. Licenciada en Economía, con Maestría Finanzas Internacionales, habiendo trabajando primeramente en el sector privado y financieros, se ha ido involucrando progresivamente en el sector social y cultural. Tras una formación en Teatro aplicado a procesos Comunitarios Ha continuado con sus labores de gestión y vinculación relacionadas con sector cultural y en concreto con las artes escénicas. Es formadora de teatro y expresión corporal. Escribe teatro.

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