Taller de narrativa | El vuelo del colibrí, por Edu

[Este ejercicio del taller se muestra tal y como fue escrito para mostrar los avances en la escritura: no pasó por proceso alguno de corrección ortotipográfica y/o de estilo]

El agua escurre por fuera de aquel armatoste de cuero, el viento sacude con violencia el cableado y cae una incesante lluvia de mediados de abril. De esas que anuncian la proximidad de la época de lluvias, pero que sorprenden por su naturaleza impredecible. El fin de la tormenta lo anuncia una granizada que cae casi seca, pero que logra lastimar las hojas de las plantas que hay en las azoteas.

Esto no le preocupa a la inquilina de aquel zapato colgado en el tendido eléctrico; que ha encontrado un hogar para cuidar de sus huevos, frutos de los albores de inicios de primavera. Ver llover desde lo alto, seguros de cualquier gato de los tejados o algún tlacuache. Es casi que un placer, y en su inteligencia de ave puede reconocer que la impermeabilidad es una gran cosa. Después de todo, la vida vale lo que el cuerpo calienta.

El colibrí macho, no se sabe si por mandato genético o sólo porque que sí, se había enamorado de una flor bailarina; a la que visitaba y cortejaba celosamente desde hace poco. Total que ya tenía un nido seguro y fuentes de comida relativamente cerca. Ni hablar de acercarse a aquel arbusto donde aquella flor había hechizado a su macho; para qué revivir malos recuerdos. ¿Existe el olvido? Por suerte la primavera comenzó generosa con flores y néctar… ¡qué más podía necesitar un ave de mil latidos por segundo? Azúcar y agua. El resto son detalles.

Abajo pasaban veloces (pero no tanto como ella podía volar) extrañas máquinas con luces, que se desplazaban como deambulantes. Peor aún otros seres que andaban sobre sus piernas traseras, corriendo a como se les veía angustiados. No tenían un techo sobre su cabeza.

Pasada la noche tempestuosa, el sol comenzó a alumbrar el interior de aquel zapato. Los primeros rayos inundaban el ángulo superior, un poco más arriba de donde yacían cómodos y calientos y ella y sus futuros pichones. Aquella era como un dúplex de apartamentos listos para ocuparse; aunque por ahora uno seguía vacante. Si se preguntara, quizás la pajarita piensa que ojalá no vaya a tener vecinos ruidosos. Que ya mucho tendrá con su camada, que nunca llega a ser muy grande; pero que tendrá que escucharlos pidiendo comida —pobres criaturas de ojos cerrados— casi todo el tiempo. Mientras ella tendrá que salir con las fuerzas que le provea el néctar y el escaso descanso; y buscarle a sus pichones algo más sustancioso. Digamos que algún gusano o pequeño insecto.

Los zanates revolotean por ahí, molestosos como son, tanto para con las frutillas que se ven dentro de los espacios cerrados a donde corre esa agente angustiada bajo la lluvia. Pero también los zanates saben ser hostiles con otras aves. Mejor andarse de lejos. Por suerte sus rutas y alturas de vuelo son distintas, ni hablar de la velocidad centelleante de un colibrí en pleno vuelo. Y tampoco son tan pequeñas como para poder entrar en el otro zapato desocupado. No, por ahora seguía sin vecinos y así estaba mejor.

A media mañana el día parece como de otros colores, más claros los azules y los blancos; el aire de una limpieza que sólo pasa después de una noche lluviosa.

Lo que sí, varias avispas estuvieron intentando entrar. Claro, ahora que veían inquilinos se pensaban que era mejor venirse a explorar un lugar al que ya una le ha metido tanta energía. Se veía cada tanto cómo regresaba furiosa, volando a toda prisa para espantar las avispas. Poco a poco entendieron el mensaje, y ya tampoco quisieron iniciar la empresa de hacer un panal con vistas panorámicas. El calor comienza a ser calcinante, por suerte una brisita de los cerros venía a refrescar de cuando en cuando.

A lo lejos las montañas del valle, la vista excelente desde su columpioso hogar. A veces el viento, en su mecer, lo gira para el oeste, para el norte y para cualquier lado en realidad. Pero normalmente unos pinos que hay en la cara sur del tendido, hacen que no haya vientos fuertes todo el tiempo, y normalmente la boca del zapato (que en otros tiempos sirviera a algún pie humano, que quién sabe porqué habrá decidido lanzarlos un día y que se enredaran allí) está casi siempre dispuesta hacia el lado norte del valle. Los cerros comienzan a verdearse, ahora que los encinos y acacias y otras deciduas comienzan a retoñar.

Desde esa privilegiada vista es posible otear en los jardines de algunas casas, especialmente en las que tienen tulipanes o bouganvileas o hibiscus o bailarinas (¡qué coraje las bailarinas!). Pero cierto que el néctar de las bailarinas es especialmente embriagador. Sólo que no como para llegar a embrutecerse y confundirse tanto como para que aquellos pétalos rojos le parecieran alas; o aquellos sépalos dispuestos como plumas, pudieran parecer un mejor prospecto. Cosas de machos será; en lugar de ayudar con los deberes de crianza para la nueva camada de colibricitos que estaba por venir. No sabía contar, pero eran 3 huevecillos. Los veía con curiosidad, con movimientos de cabeza que le permitía ver con un ojo un huevo a la vez.

Como las aves no saben de tiempo, no sería fácil precisar cuando… pero quizás cuando fue chica, quizás recién salida del cascarón, vivió en otro lugar. Un lugar sin cables que se extienden entre postes; y que alumbran la noche. La noche que fue hecha para reponer energías; para hibernar y reflexionar. Y poco a poco esos cables fueron penetrando. Aunque seguramente no fue ella misma, sino sus ancestros; por esa memoria genética que permite sentir un recuerdo. Pero ahora no había prístinos bosques para volar a toda velocidad a baja altura, como una flecha con precisión infalible. La colibría mira desde su zapato colgado hacia el sur, hacia esas montañas que seguramente albergan aún aquellas flores silvestres de todos los colores: blancas, amarillas, naranjas rojas, rosadas, violetas. Seguro allí se podría volar por kilómetros sin tener que regresar a ningún zapato o nido. Quizás la vida allá era dormir donde cayera la noche, y seguir pecoreando sin pensar en huevos ni machos brutos.

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