Taller de cuento | La hija de la luna, por Flavia Leticia Orta Rodríguez

Mis padres nunca se imaginaron que se pudiera amar tanto a un ser tan diminuto y desvalido, del cual no sabían nada, excepto que era su hija.

Nunca tan oportuno fue para una bebé nacer en una familia de padres cultos, que entendieran la gravedad de su situación y, en lugar de rechazarla, la aceptaran sin condiciones. Con sus mentes en tremenda sincronía comprendieron que era urgente establecer un plan de huida y llevarlo a cabo apenas salieran del hospital con su preciosa carga entre los brazos. Las explicaciones salían sobrando, entre menos personas supieran, más seguridad había de guardar el secreto.

Me nombraron Mwezi, que en suajili significa Luna. Me criaron en un país ajeno, sin abuelos, sin tíos… solo los dos. Así crecía envuelta en sus palabras, mecida en sus cantos. Los tanzanos lo dicen todo cantando y bailando y en sus cantos nunca hubo tristeza. La escuela, ¿quién necesita escuela cuando tienes dos maestros disponibles a toda hora? Mientras me contaban historias interminables, aprendí español, inglés y por, supuesto, el suajili.

Cada cumpleaños teníamos sesiones de fotos, nos poníamos nuestras mejores ropas y mi mamá cocinaba un delicioso pastel de zanahoria. Nuestros entretenimientos eran cada vez más sofisticados: en las noches claras y despejadas subíamos al techo para ver la luna y las estrellas. Era evidente que mis padres tenían una estrecha relación con los astros y, sobre todo, con la luna. Durante esas veladas nocturnas, mientras mis padres, sentados en el techo muy juntitos, miraban el cielo, me di cuenta de que una persona nos observaba; con el telescopio pude ver que tenía unos binoculares, es fecha que aún me pregunto por qué no se lo comenté a ellos.

Últimamente les ocultaba casi todo lo que pensaba, cuando antes nunca hubo secretos entre nosotros. De pronto mi imagen reflejada en el espejo era motivo de múltiples reflexiones; no podía evitar compararme con ellos y las dudas me atormentaban: ¿es que acaso era adoptada?, ¿acaso mis verdaderos padres habían muerto? Pero de inmediato pensaba que esos dos seres maravillosos con los que vivía no serían capaces de ocultarme algo así. Otras cosas que me molestaban eran no tener amigos y no salir a la calle de día: una extraña sensación comenzaba a carcomer mis entrañas y, aunque mi padre siempre decía “ante todo uno debe procurar siempre la verdad”, estaba segura de que algo me ocultaban y yo iba a descubrirlos.

Una noche en la que no podía dormir subí al techo, algo que estaba estrictamente prohibido, tomé el telescopio y, lentamente, lo llevé a la dirección donde aparecía el espía. A través de la suave y transparente tela que cubría su ventana pude ver la espalda de ¿un chico? sentado frente a una computadora —supe que era una computadora porque en casa mis padres tenían cada uno la suya y también estaba estrictamente prohibido usarlas sin un adulto presente… parece que llegar a los once años es la época de los “estrictamente prohibidos”—: cabello crespo, piel morena, se veía un poco más grande que yo. Muchas preguntas se vinieron en cascada; ¿quién era ese chico?, ¿por qué nos espiaba? De pronto una persona entró a la habitación y se puso a mirar junto con el chico algo en la pantalla de la computadora; luego, en seguida, salió nuevamente.

“¿Por qué nos espiaban?”, latía la pregunta en mi mente. En ese momento pude ver que el chico se paraba de su silla. Impávida sostuve el telescopio apuntando hacia allá; al darse cuenta se asomó disimuladamente por la ventana: la luna perfilaba claramente mi figura. De inmediato tomó un cartón y escribió con letras grandes “TENEMOS QUE HABLAR NO TEMAS SOY UN AMIGO NOS VEMOS MAÑANA YO TE BUSCO”. Como pude regresé a mi habitación las piernas me temblaban, puse la cabeza sobre la almohada y me dormí.

A la mañana siguiente me desperté de excelente humor, al fin tenía un amigo y, al parecer, me conocía muy bien. Todo hubiera sido diferente, pero una mente dominada por el orgullo no piensa correctamente; me hubiera acercado a mis padres a narrarles lo ocurrido, pero simplemente me guardé todo para mí, pensando que por fin iba a descubrir toda su maraña de mentiras.

Ese día mi papá tuvo un accidente automovilístico y mi mamá fue corriendo al hospital. Por primera vez me quedé totalmente sola. Me hizo prometer que no haría ninguna tontería; al verla tan angustiada, con toda honestidad, le dije podía confiar en mí.

Todo era silencio; de pronto escuché “Wezzi”, “Wezzi”. Lo vi descender a la planta baja y no pude dejar de asustarme. El chico espía me vio asombrado, se puso frente a mí y solo dijo “eres muy hermosa”.

Después de reponerme de la sorpresa traté de hablar, pues tenía muchas preguntas que hacerle… ¿mi voz?, ¿dónde estaba mi voz? De repente apareció la otra persona que vi a través de la ventana. Ambos hablaban suajili; mi voz seguía perdida y ellos pensaron que no entendía lo que decían, así me enteré que venían por mí, que un auto nos esperaba afuera para ir a una pista clandestina donde la avioneta del jefe nos esperaba: iríamos a Barcelona y de ahí a Tanzania.

Yo no entendía nada, me preguntaba si ese jefe sería mi verdadero padre. Cuando llegamos una mujer rubia me recibió, me miraba con curiosidad tocando mi cabello. “¡Pero coño!, ¡qué chavala más bella!”, decía asombrada, “¡Esos ojazos azulitos¡ ¡madre mía!”. Lo que dijo a continuación me dejó helada: “¡Es una lástima que tenga que morir!”.

Estuve a punto del desmayo. Me aferré al respaldo de una silla. De otra habitación se escuchó una voz que decía “¡con tu vida respondes por ella, Lola!”, después un portazo. En seguida, en un español perfecto, le dije “¡Por favor, déjame ir!”. Ella me miraba con tristeza.

—¡Que nos matan a las dos, mi niña! —dijo mientras me amarraba; después me dejó sola.

No sé cuánto tiempo pasó, a ratos lloraba, a ratos dormitaba. Tuve intensas ganas de orinar y le grité por su nombre, me di cuenta de que estaba sola. De un golpazo se abrió la puerta: “¡Policía nacional!”, gritaron con fuerza varios policías. Revisaron la casa y ahí en la cocina me encontraron, me soltaron las amarras y me llevaron con ellos envuelta en una manta.

Esa noche en los noticieros se transmitía lo siguiente: “La policía nacional salva a niña albina. La banda de narcotraficantes de Ambolike Mapunda la tenía secuestrada para llevarla a Tanzania y en un ritual obtener su corazón. Existe la horrible creencia de que las extremidades o el corazón de los albinos tienen poderes mágicos curativos o de buena fortuna. Un jovencito tanzano, antes de morir en un enfrentamiento con la policía, les dijo el lugar donde la tenían”.


Flavia Leticia Orta Rodríguez. Nació en Tampico, Tamaulipas. Madre de tres hijos y abuela de tres nietas. Estudió la carrera de Pedagogía, ya casada, y después ingresó al Programa Nacional de Salas de Lectura, donde se certificó como Mediadora de lectura. Su gusto por la lectura la llevó a la escritura. Participante del Taller de Cuento para Principiantes (junio-julio 2021).

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s