Cuento | Bisonte, por Juan Muciño Díaz

Encontré un bisonte europeo en mi cuarto el otro día. Por las condiciones en las que está (la habitación, no el bisonte), tal vez llevara allí mucho tiempo. Su enormidad me asfixia. Ocupa todo lo que no es mi cama, solo queda espacio para dar dos pasos y salir, dar dos pasos y acostarme. Dormir. Intentar dormir.

Siento en los huesos su respiración. Él no se ha movido nunca, solo me observa. Siento en el tensar de sus músculos una presión en el cráneo que me va a matar. El edificio entero retumba, con todos los cristales, cada que sus pulmones se vuelven más grandes, y luego más pequeños; si es que algo en él puede denominarse “pequeño”.

Me pesa en todas partes. Cargo la densidad de su sangre a donde quiera que voy. En mi cocina, en mis largos trayectos, en la escuela y en mi familia. No puedo perderme, no puedo arrancarme la inminente realidad de saber que me está esperando, que nada ha cambiado y que él sigue y seguirá cuando yo regrese a donde se supone que regreso a descansar.

Estuve investigando y descubrí que existen subespecies del bisonte, cada una más fea y con menos forma. Supongo que de estas cosas solo surgen cosas peores. Supongo que no lo entiendes hasta que lo tienes enfrente, hasta que te quitó tus cosas y ya no puedes escapar.
Cada noche somos solo él y yo, y estas cuatro paredes que no me alcanzaban ni cuando estaba yo solo. Creo que me he olvidado de cómo dormir, ya ni siquiera me consuela intentarlo, o pensar que lo intento. Doy dos pasos y me acuesto, y volteando a la pared pretendo estar dormido para que el bisonte, suponiendo que le importa, crea que duermo.

Su mirada me persigue cuando camino. Su respiración, su sudor. Siento cómo me busca cuando no estoy, escucho su pelaje frotarse entre sí cuando abro la puerta y una corriente de aire recorre su piel. Encuentro sus poros, y sus pesadas pestañas que caen y me dan medio segundo de privacidad.

Al pasar los meses, me habitué a él y a su peso en mí. No dejaba de costarme respirar pero andaba por donde debía. Se me notaba en los ojos, en las ojeras y en la boca que había algo que no me dejaba ir. Estaba aparte, desde abajo en la orilla, desde esa parte del fondo a la que no llega la luz.

Algunas noches solo me siento a verlo. Quedamos de frente y respiramos a la misma velocidad, no parpadeamos, no nos decimos nada. Él me reta y yo solo espero alguna reacción suya, pero nada se mueve, solo todo el mundo. Al amanecer me levanto y sigo con la rutina. Ningún trayecto me parece ya tan largo. Ni veintiún kilómetros ni dos pasos. Todo está igual de lejos.

Lo escuché moverse tras de mí. Me va a matar. Respira fuerte y se acerca. Intento con todo lo que tengo quedarme quieto mirando a la pared como si siguiera dormido. De un movimiento sube sus patas delanteras a la orilla de la cama y ésta se rompe, queda inclinada y me empiezo a deslizar hacia él. Usó las uñas de la mano derecha para aferrarme a las costuras del colchón. Me va a matar.
Estoy a diez centímetros de que me aplaste las costillas, de que me rompa las piernas. En un solo movimiento suyo: mi columna, mis brazos, mi cuarto entero, los lugares donde caminaba, a donde quería ir, el poder ir, todo. Siento el calor de su respiración en la espalda. Escucho la madera quebrarse debajo de mí. Me va a matar.

Con la tormenta que cae nadie escucha nada, nadie me escucharía. Ni siquiera yo puedo escucharme bien entre mi corazón, los músculos del bisonte y los truenos de fuera, el granizo que quiere romper mis ventanas, el viento que sopla lo suficientemente fuerte para tirar las repisas de la terraza y distraer a la bestia, que baja de mi cama y sale del cuarto.

Es mi oportunidad. Debo salir de aquí, huir para siempre. Dejar mi departamento y todos mis muebles que seguro destruirá. Me gustaban mis sillones. El bisonte no estará mucho tiempo distraído. Es ahora. No hay electricidad en toda la cuadra. Me duele la cabeza. En un brinco salgo del cuarto y llego a la sala.

No lo escucho más, no sé dónde está. Podría encontrarlo en cualquier momento. Los relámpagos alumbran fugazmente mi casa y veo su sombra mil veces, enorme y contundente, viniendo por mí. Me absorbe el miedo y no puedo más que caer ante los disparos de luz, todas sus sombras, y luego un rugir del cielo y la oscuridad. Está en todas partes. Huyo y busco refugio debajo de la mesa. Cubro mis oídos con los brazos.

Me he dejado morir. La lluvia no acaba, ni el miedo de saber que el bisonte sigue fuera. Que ya lo escucho, respira hondo mientras me ve. Prepara sus muslos, tensa su cuerpo y empieza a venir directo a mí. Cierro tan fuerte los ojos que siento que me van a explotar, pero lo que explota es el cielo, y todo se cubre de una luz cegadora y el estruendo más feroz que escuché jamás. Luego de eso nada. Ligeras gotas. Ni el bisonte ni la tormenta.

Aguardo sin moverme esperando a que mi animal reaccione, pero no llega. Pasa un momento, después dos. Termina un rato y sigue solo habiendo gotas huérfanas de una tormenta que las abandonó y una negrura que parece no ser tan grande como para esconder una bestia. Cuento a veinte, agrego cinco por si acaso y dos más, uno. Me muevo despacio.

Camino con cuidado a la cocina y a tientas encuentro los cerillos de la alacena. Enciendo uno y disfruto su olor. Sigo sin ver nada. Giro a la terraza y todo parece en orden, las repisas cuelgan aún de la pared. Voy a la sala y me siento en el suelo, rodeado de una casa. Intento escuchar dónde está el bisonte, porque en algún lugar está. Aquí se siente, no se ha ido.
Empieza a helar. La noche será muy fría y no tengo a donde ir, mi cuarto está destruido y la sala me parece un lugar céntrico para encontrarlo. Pero una caja de cerillos a medio acabar no me bastará para sobrevivir hasta el amanecer. Necesito un fuego, y las vestiduras de mi sillón y algunos pedazos de su madera me servirán. Como mis antepasados, en la fogata encuentro el calor y resguardo para soportar una noche. Duermo.

O creo dormir, porque cuando abro los ojos la luz no ha llegado. Solo mi fuego débil me orienta en el paso del tiempo, tomo más del sillón para alimentarlo. Lo único que distingo es el crujir de mi fogata y la llovizna de fuera. Nada más. No puedo pasar toda mi vida esperado a que una bestia me mate en mi casa. Necesito encontrarla y que alguno de los dos termine al otro.

Le grito, gruño como un animal, le ordeno que venga. Tomo una antorcha y comienzo a buscarlo por la casa. Voy de un cuarto a otro derribando todo lo que puedo, llamándolo, provocándolo, no me importa ya que en un segundo pueda partirme a la mitad. Que se quede la casa, que se quede mi vida si quiere pero no pienso dejarlo cerca de mí un segundo más.

He manchado de ceniza las paredes, lo dibujé. Si hace millones de años funcionaba, debe hacerlo ahora. Tiene que venir con esto, tengo la fuerza para matarlo. Está aquí, lo pinté diez veces, cien, diez veces cien. No puedo perderlo, sé que sigue aquí. Cada vez parece que está más pronto a salir.
Con las manos y la cara negra, me planto en su lugar de mi cuarto. Sin nada más que mis ganas de sacarlo de aquí. Me quedo igual de quieto, respiro, y en la oscuridad veo mi cama. Me recuerdo allí, recuerdo cuando encontré a un bisonte en mi cuarto el otro día. Me recuerdo intentando dormir, luego fingiéndolo. Me recuerdo dando dos pasos para salir, ignorando primero al bisonte y luego retándolo.

Me veo a los ojos durante horas, me veo salir y volver con la misma cara. Sigo mis pasos, mis viajes, mis lugares. Me veo tan claro como lo veía a él. He pasado horas acostado, viendo la pared. No me muevo. Debería moverme. Debería ya levantarme y sacar al bisonte.

Me molesta haber tardado tanto. Si mi recuerdo lo hiciera antes. Pero no lo hace, sigue ahí acostado y me molesta. Me molesta que no haga nada. Pero va a hacerlo. Entonces me muevo a sus espaldas y camino hacia su cama. Voy a despertarlo.


Juan Muciño Díaz (1996, DF, México). Su línea de trabajo se basa en la interdisciplina y los procesos. Entiende sus proyectos como intenciones que requieren medios siempre distintos para llegar a sus últimas consecuencias; a un concepto y materialidad específicos e individuales. Desde el primer semestre en su carrera fue quedando irremediablemente atrapado en la Fotografía, la Instalación y el Arte Sonoro. Le interesa hablar de la individualidad en colectivo, de sus implicaciones éticas y psicológicas. Del cotidiano perdido y del gran formato pequeño; de la imagen, su contenido y lo que significa hoy en día.

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