Cuento | Mil palabras, por Arlette Luévano

Quedaban tan pocas cosas ya, que todo podía ser nombrado con sólo mil palabras. Se sentían tan nimias, tan frágiles, que ni daban ganas de pronunciarlas para que no se gastaran. Así las guardaron bajo la lengua, para olvidarlas, para que disolverlas.

El viento se escuchaba sobre las ruinas, entre los cadáveres, más fuerte que el río. El viento parecía cantar y alimentaba los sueños de los silenciosos humanos.

Yo no quise que las palabras desaparecieran y fui gritándolas por todos lados, para que alguien las escuchara y no las dejara caer en el olvido. El viento me escuchó pero barrió muchas de ellas. Parecía envidioso, tenía previsto reinar el caos sonoro. Tenía un plan. Un buen plan.

Con furia sacó el agua de su cauce, derrumbó los últimos árboles, erosionó todos los suelos, despeinó las nubes, limpió los escombros, perdió la ropa de los hombres, los refugios. Quedamos expuestos y a punto de la muerte. Silenciosos para siempre.

De nuestras tripas desfallecientes nacieron pequeños vientecillos, que salieron sabiendo la canción de su padre.

Así se oye ahora el desierto cuando se dispersan sus granos.


Arlette Luévano (Aguascalientes, 1976). Poeta, narradora y tiene interés en las artes visuales. Ha publicado sus fotografías en suplementos y revistas culturales y participado en exposiciones colectivas.

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