Cuento | Flores de invierno, por Abril Pimentel

Siempre que la neblina cae sobre este pueblo no puedo evitar pensar en Alfredo. Hace ya varios inviernos que lo enterramos y desde hace apenas unas semanas que, sobre su tumba, empezaron a nacer flores. Me gusta ir a leerle el libro de cuentos que dejó a la mitad, colorear junto a él los dibujos que no terminó o llevarle una muda de ropa diferente cada semana para que así pueda sentirse un poco más limpio entre tanta tierra.

Alfredo, tu nombre no me deja en paz. Alfredo, veo tu recuerdo en todos los carruseles y columpios, entre las butacas del circo y de la escuela, en el río y la piscina, en todos los juegos de una infancia imaginaria. Alfredo, te oigo todas las noches, cuando suena el teléfono que está desconectado, cuanto tocan el timbre y no hay nadie, cuando un llanto que ahoga a la noche me despierta y es tu voz. Alfredo, te siento en todos lados, siento cómo mi semilla estéril florece y creces en mi vientre, cómo te alimentas de mi vida y de mis pensamientos, siento cómo, cada que cae la neblina en esta ciudad vuelves a nacer y yo vuelvo a amar. 

Alfredo está enterrado en el jardín de la antigua casa donde crecí. Los nuevos dueños no lo saben y es mejor que siga siendo un secreto. Hay cosas que no se deben decir y la muerte de Alfredo es una de ellas. Para llegar hasta esa casa tengo que salir, sin hacer ruido, de la habitación donde actualmente vivo, caminar por un pasillo blanco de puertas infinitas, cada una de ellas marcada por un número, saltar por la ventana y correr con todas mis fuerzas para que los vigilantes no me vean. Cada día junto a Alfredo se me hace más difícil porque estoy envejeciendo y mi cuerpo pierde agilidad para hacer todos estos malabares. Después, si tengo suerte, tomo el último camión que me lleva al pueblo vecino, donde está la casa, donde está el jardín, donde están las flores que apenas nacen, donde está Alfredo. A veces tengo que pedir un aventón, pero como la gente no siempre es amable o se espanta por mi aspecto de mujer marchita, tengo que caminar. Después entro a la antigua casa a hurtadillas. Con eso no tengo problema porque si bien, hay cosas que he olvidado, esta casa me la sé de memoria. Llego al jardín, me tiro con los brazos abiertos sobre el césped y con ese abrazo sé que toda la odisea que tengo que hacer para llegar hasta Alfredo vale la pena. Por suerte en esta casa no hay perros, por suerte mis padres ya murieron, por suerte los nuevos dueños casi nunca están, por suerte no tienen cámaras de seguridad, por suerte tantas cosas. 

Alfredo, te amo cada que te alimentas de mis senos, cada que te siento en tu sillita en la cocina y sin parpadear me observas con tus grandes ojos, te amo porque nunca machas tus baberos ni tu ropa, ni ensucias tus pañales, te amo porque siempre me das la oportunidad de elegir el cuento para leerte cada noche. Alfredo, te odio porque no has aprendido a hablar y quizá nunca aprendas a amar, te odio porque cada que te ayudo a caminar, tú no haces ningún esfuerzo y te caes. Te odio porque, a pesar de que estamos en la misma casa, en el mismo pueblo y en el mismo país, ya no te puedo tocar y eso me hace extrañarte más.

Siempre que la bruma cae sobre este pueblo, me dan ganas urgentes de volver a ver a Alfredo, y yo siempre me repito que uno nunca debe quedarse con las ganas. Mientras estoy tirada sobre el pasto helado mis uñas empiezan a raspar la tierra.  Primero es como una caricia y después una urgencia voraz que se mezcla con gemidos de rabia y lágrimas. De repente, el pequeño ataúd que algún día fue blanco comienza a aparecer. Cuando lo enterré, el único que me acompañó fue Hugo mi hermano, mis padres veían con terror ese evento, desde la ventana. Estaban enojados, primero porque no querían que Alfredo fuera enterrado en el jardín, segundo porque no permití que nadie abriera el ataúd, si alguien tenía que quedarse con su última mirada era yo y tercero porque el no avisar a nadie más sobre la muerte de Alfredo era un delito.

Te extraño porque no pude ser madre después de ti, porque contigo conocí la dicha y la exaltación, porque sacaste lo mejor, lo peor y lo monstruoso que hay en mí. Te extraño porque nunca nadie me había regalado flores y el día en que naciste llenaron mi cuarto con esas flores que solo nacen en invierno. Te extraño porque cada que las huelo me recuerdan a ti. Entonces aparece de nuevo la urgencia y te vuelvo a buscar como loca por toda la casa, por todo el pueblo y por todo el país, una voz me dice “una busca por fuera lo que debe buscar dentro” y me calmo, porque sé que tiene razón. 

Mis manos tiemblan y no es solo por el frío de este helado invierno. Abro el ataúd y ahí está él, un poco polvoso, un poco lacerado por el tiempo y por la humedad, con sus ojos grandes bien abiertos, con su sonrisa roída, con sus cabellos desteñidos, con algunas partes de su cuerpo descocidas, hay cosas que cobran más belleza cuando están deterioradas. Siento el impulso de abalanzarme sobre él, de cargarlo y llevarlo conmigo, pero un grito de mujer irrumpe la noche. Hoy sí estaban los dueños de la casa, hoy sí había perros, hoy sí instalaron las cámaras de seguridad, hoy vi de nuevo a los fantasmas mis padres asomarse por la ventana, hoy no hubo suerte. 

Alfredo, pienso en ti mientras estoy sentada en esta silla fría de la comisaría, mientras el policía me pregunta qué hacía desenterrando a un muñeco en un jardín ajeno, y lo veo más atónito aun cuando me pregunta por qué alguien enterraría un muñeco. Pienso en ti, no solo cuando la neblina cae sobre este pueblo, porque tú eres parte de mí, ¿lo recuerdas? Puedo decir muchas mentiras: a la policía, a mis padres o a mi hermano, pero el amor que siento por ti no es una de ellas. Por eso después de esa noche en la que mis abrazos fueron tan fuertes que ya no despertaste, desprendí con un cuchillo tus partecitas y con la paciencia que siempre me ha caracterizado las fui licuando junto con las flores que solo nacen en invierno, las flores que hoy había comenzado a crecer en tu tumba simbólica. Yo no quería entregar tu cadáver a la tierra, tú no merecías ser comido por los gusanos, ni las ratas, ni las polillas, ¡Que a nadie más se le ocurra tocar su cadáver! Gritaba en la cocina vacía mientras apuntaba a todos lados con el cuchillo sangrante y veía a las aspas disolverte. Después te bebí, sentí cómo bajabas por mi garganta, recorrías mi estómago y por último, te posabas en mi vientre y yo lloraba de felicidad porque sabía que a partir de este momento tú y yo volvíamos ser uno. 

Alfredo, no importa la neblina, el libro de cuentos que dejaste a la mitad, el odio que sentí cuando no soportaste mis abrazos. No importan mis padres mirando por la ventana o el grito de mujer que me delató, no importa el muñeco que me ayudó a soportar tu pérdida, al que intenté hace un sustituto de ti y del que después no pude desprenderme porque una parte de mi amor por ti estaba enterrado en esa tumba, y por lo tanto tenía que venerarlo como si de tu cuerpo real se tratara. Alfredo, no importa esta vejez que pronto me va a matar. 

“Después de todo, no pueden culpar a una mujer por desenterrar un muñeco”, le digo al policía y este llama a una patrulla para que me regresen a mi cuarto de hospital, a media noche, en esta ciudad de bruma y humedad. 

Lo único que importa es el secreto que tú y yo tenemos. Alfredo lo único que importa que, mientras yo viva, tú siempre vas a existir dentro de mí. 


Abril Pimentel (México 1995). Actriz de teatro, dramaturga en proceso y psicóloga en sus ratos libres.  Su obra de teatro La telaraña de mamá ha sido publicada en la antología Relata en Colombia (2019): uno de sus intereses principales se centra en la implementación del arte en lugares de exclusión social, tal es el caso de su obra Manifiesto de la locura por coincidencia (2019). Anteriormente ha publicado con la Revista Palabrerías “El legado de Isadora”. 

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Angel dice:

    Excelente trama y una magistral narrativa, me atrapo la historia, ya espero el próximo cuento.
    Felicidades Abril Pimentel

    Me gusta

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