Cuento | Domingo de viaje al sol, por J. Azeem Amezcua

Calificación: 6 de 10.

Nota de la profesora: el reporte era sobre su fin de semana, no un cuento de su imaginación, no lleva cero porque es una buena narración para un niño de diez años de edad, pero solicitamos la presencia de los padres o tutores para platicar del tema. Favor de traer el reporte con ustedes para guardarlo en el expediente. Gracias.

Domingo de viaje al sol

Por Gerardo Flores

El domingo. Mi mamá me despertó muy temprano para ir con mis tíos y mis primos a visitar Teotihuacán. Me gusta ver las pirámides, las más grandes, la del sol y la de la luna. Aunque no me gusta que siempre se siente mucho calor y me da mucha sed. Dicen, que al llegar hasta arriba y tocar el puntito de metal que está en el centro puede recargarte de la energía de los astros. Antes también creía eso, pero ahora sé que no es cierto.

Primero, hacemos un viaje en carretera que dura como una hora. Ni siquiera desayunamos para evitar el tráfico y ser de los primeros. Sobre todo, alcanzar lugar en las quesadillas y entrar a las ruinas antes de que lleguen muchas personas y extranjeros. Me gusta ver el camino pasar, aunque nunca me dejan la ventana para mi, se la dan a mi primo el mayor, o se las quedan los adultos. Pero lo que alcanzó a ver me gusta. También las quesadillas. En el camino me da hambre, pero me aguanto para que sepa mejor, como dice mi papá.

Después de las quesadillas, entramos. A veces hacemos recorrido por el museo y las exposiciones, pero esta vez fuimos directo a la pirámide de la luna. Para llegar hasta arriba mientras todavía no salía completamente el sol. Mi tía se pone muy enferma si le da mucho calor, entonces querían que subiéramos a las dos pirámides antes de que sol quemará con toda la intensidad que tiene del medio día. Subir la pirámide de la luna no tuvo problema, había una nube gigante arriba que nos dio sombra todo el camino. Llegamos hasta arriba, y todos pusimos nuestro dedo en el puntito para recargar energía. Como todavía creía en eso, me sentí más fuerte, entonces tuve más energía para bajar y correr a la pirámide del sol.

Cuando estábamos en el primer escalón, mi primo me dijo que la pirámide del sol, daba más energía porque era de día. También le creí eso, pero después, cuando llegamos arriba descubrí que no era verdad. Me retó a una carrera para ver quién llegaba primero. Siempre me gana en todo, pero ayer gané yo. Él es más alto, pero por eso le costaba más trabajo subir los escalones, yo como soy más chico subía más rápido. Después, mi mamá me regañó mucho por adelantarme tanto, dijo que estaba muy asustada y que no lo hiciera otra vez.

Llegué hasta arriba cuando eran casi las doce en punto. Me sentí muy feliz de ganar, pero también muy cansado. Entonces fui al puntito de recarga, y descubrí que en realidad era otra cosa. Cuando lo toqué, no había ninguna nube arriba de nosotros, tampoco había nadie en la punta de la pirámide, solo estaba yo. Mi dedo toco ese punto, y repentinamente, ya no estaba en la Teotihuacán, estaba en el sol.

El lugar, no era caliente. No había fuego. Es cierto que todo se veía rojo y oscuro, como si fuera de noche y muchas luces de la calle estuvieran prendidas. Al principio me asusté mucho, el paisaje ya no era el mismo. No estaban ni mi primo, ni mi mamá, ni mi papá. Seguía en una pirámide muy parecida, solo que esta se veía nueva. Quería ver a cualquier persona, pero igual que antes seguía solo. Caminé hasta el borde y pude ver toda una ciudad de piedra con tonos naranja y amarillo por todas partes. Se parecía mucho a la ciudad de las maquetas del museo, también a los dibujos que hay en los libros. No era igualita, pero si parecida. Me gustó mucho cómo se veía todo, pero me acordé muy rápido de mi mamá, de mi papá y de toda mi familia. Iba empezar a llorar cuando se me ocurrió volver a tocar el mismo punto de la pirámide. Corrí de regreso al centro. Era diferente a la pirámide del sol de Teotihuacán, era más grande y tenía dibujos y letras que no entendí. Tampoco me quedé mucho tiempo. Toqué el metal. Entonces sentí mucho calor, como si me quemara. Cerré los ojos porque me ardía y cuando los abrí, ya estaba de regreso.

En la pirámide, había mucha gente, mi mamá y mi tía lloraban. Mi papá y mi tío estaban buscando en los bordes algo. Mis primos estaban sentados en la escalera. Me preocupó mucho mi mamá, así que fui a verla. Me abrazó muy fuerte, también me lastimó. Mi mano todavía me ardía mucho, se la enseñé y lloró más, me gritó más, fue cuando me regaño.

Bajamos de la pirámide. Me llevaron con los doctores que me pusieron pomada y vendas. Luego nos fuimos. No hubo museo, no hubo más quesadillas y no hubo más viaje. Volvimos a apretarnos todos en la camioneta de mi tío, tampoco me tocó ventana, pero al final no me enojé, porque me dormí todo el camino. En la tarde comimos pollo toda la familia en mi casa, después se fueron mis tíos y mis primos. Entonces ya no hicimos nada juntos. Yo sí, hice mi tarea y ahora si ya.

Nota para expediente: Los padres vinieron a una reunión con la profesora. Dejaron que el reporte del viaje se quedara así, ya que por sugerencia del psicólogo de la policía del Estado de México no conviene forzar al niño para contar donde estuvo durante la media hora que se perdió.

J. Azeem Amezcua (Ciudad de México, México, 12 de septiembre de 1991). De los 15 a los 18 años escribió algunos cuentos y poemas. A los 18 años empezó un grupo de escritores amateur llamado Anominis, activo por más de tres años. Desde entonces ha participado en algunos concursos. Participante del NaNoWriMo 2020, con reto terminado. Actualmente, cuenta con algunos cuentos publicados en la antología “Hoja en Blanco”, y otro cuento en la “Antología 21-1” de Kanon Editorial.  

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