No luches el nacer flor: Brujas, de Brenda Lozano

Publicación: 2020
Editorial: Alfaguara
Páginas: 176

Con los ojos vendados me dijo que la clarividencia como tal no existe, que es tan sólo certeza. Así como la certeza de que te estás quemando la mano en el fuego.

En el pueblo de San Felipe han asesinado a Paloma, una mujer muxe; maestra de una magia peculiar a la que llaman El Lenguaje. Atraída más por el contexto sociocultural que el morbo, Zoé, una periodista de la capital, llega al pueblo a investigar. No es algo de detectives, no obstante: ella hará una suerte de entrevista extensa a Feliciana, una chamana muy famosa que es prima de la mujer asesinada. Y como buena curandera, ella ve más dentro de Zoé de lo que esta quisiera mostrar. Así comienza Brujas (Alfaguara, 2020), la tercera novela de Brenda Lozano.

Dos mujeres, dos perspectivas

La historia, justo por eso, entrelaza dos puntos de vista. Feliciana cuenta su historia familiar, cuyo principal desafío consistió en que El Lenguaje sólo fuera usado por hombres; recuerda con melancolía su relación con Paloma, quien la animó a aprovechar su legado y apropiarse de su talento. Zoé reflexiona sobre su familia también. Ambas utilizan El Lenguaje para explicarse a sí mismas, para entender quién fue Paloma.

Desde el principio esta exploración lingüística de Brenda Lozano (tanto del lenguaje mágico como del mexicano), junto con su aparente incertidumbre estructural —mis eufemismos para decir que los acontecimientos suceden en desorden y el diálogo naufraga— me recordaron a Temporada de Huracanes, de Fernanda Melchor.

Comparten el mismo flujo de la prosa: continua, imparable, en la que signos de puntuación caen con precisión mesiánica.

Igualmente, un asesinato arranca la historia. Este crimen también la terminará para así cerrar el ciclo, pero es que al final no es relevante. Será la chispa que enciende la pólvora, pero ese reguero oscuro —donde los demás personajes interactúan, sufren y crecen— es lo verdaderamente interesante de la novela: el ambiente empobrecido de un México que no se conoce tanto como debe.

Le vamos a hacer una tumba hueca para tener adonde llorarle aunque sea a su nombre que eso no muere, el nombre no tiene horas ni tiene tiempos porque ese es el mismo nombre que se dice a alguien cuando vive y cuando fallece porque El Lenguaje siempre está vivo (…)

El Lenguaje de Feliciana

Feliciana cuenta acerca de su pueblo y de su talento con el desorden de su memoria pero con el fuego y autenticidad de su carácter. Es una mujer que ha vivido de todo y se las sabe todas, que no le da miedo ser quién es. Más sabe la diabla por vieja que por diabla, ¿o así no iba el dicho? Las tradiciones, explicadas por ella, obtienen un tinte encantador. Aprenderemos cómo conoció El Libro, cómo hizo sus primeras curaciones, cómo funcionaba esta magia en su familia. Y esta magia se maneja muy bien, no tiene connotaciones de ‘peligro’; es un misterio que se ha ido olvidando, un arte sagrado que fue demonizado por la religión. En su ambigüedad está su encanto. Y claro, la fama que llega con este talento no es lo importante: al final Feliciana y sus hijas quieren una vida sencilla.

El respeto de Feliciana por la tierra, por la sangre y por la vida (a pesar de las tribulaciones) es pegajoso, inspirador. Lozano de verdad construyó una personalidad maravillosa en Feliciana.

Pero si una flor nace flor no hay forma de que sea mata por mucho que uno quiera que sea mata y eso es lo que te vine a decir, eso es lo que le vas a contestar Feliciana, y eso se lo vas a probar a tu abuelo Cosme y también a los demás se los vas a probar, no les vas a decir es el camino que es mío porque ya lo recorrieron mi papá Felisberto, mi abuelo y mi bisabuelo, les vas a decir mío es el camino porque yo soy Feliciana.

Y este relato (y retrato) por sí solo hace que la novela se sostenga, y no solo eso, que te arrastre. Yo gustosa habría leído 300 páginas de Feliciana debrayando. El problema es la narración de Zoé, la reportera.

Zoé y Leandra

Nunca entendí del todo cuál era la relevancia de la historia de Zoé y Leandra. Parece desconectada del argumento principal. Brujas tenía todo lo que deseaba: el contexto de los muxes y de las raíces indígenas, el misticismo alrededor de El Lenguaje y la historia entrelazada de mujeres con alta sensibilidad; desafortunadamente nunca sentí emoción o conexión con nadie. Ni siquiera sabiendo el destino fatal de Paloma. Entrelazar más las dos voces narrativas o explicar más acerca de los muxes habría servido, creo yo.

Es fácil identificarse con Zoé y Leandra, con su contexto clasemediero de la ciudad y su manera de existir siendo mujeres en el México de la década del ochenta. Pero en sus capítulos no se juega con el lenguaje o la estructura, y francamente sentía que mi lectura se estancaba cada que acababa un capítulo de Feliciana y tenía que ir con Zoé.

Tenemos que nacer con algo de brujas para defendernos

Si se hubiera explorado más la vida de Paloma —quizá algunos capítulos con el punto de vista de ella, o de algún hombre del que amó; pues la conocemos solamente a partir de recuerdos— Brujas habría fluido mejor. Pero disfruté muchísimo las metáforas, del tren de pensamiento de Feliciana, sus expresiones y recuerdos, el pueblo donde está ambientado todo. No llega a ser tan oscuro, violento, con olor a podredumbre y sexo, como en Temporada de Huracanes. Lo prefiero así.

—Ya sé por dónde esto —dijo guardando hojas secas en una pequeña bolsa de plástico—, todas las mujeres nacemos con algo de brujas para defendernos.


Alicia Maya Mares (Ciudad de México, 1996) es graduada del 12º Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra. Ha publicado en la sección “Piensa Joven” del Heraldo de México, en las revistas digitales Carruaje de Pájaros, Colofón, Origami y Efecto Antabus, y le lee esta columna a sus cuatro gatos. Creció al lado de un árbol de jacarandá y todas las noches sueña con música, pero nunca puede transcribirla.

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