Cuento | Amnesia, por Fernanda Olguín

[Texto resultado del Taller de Cuento: julio 2021]

Y, de repente, sin más, la vida ya no supo tan amarga.

Joel se despertó esa mañana con la sensación de haberse quitado de golpe un gran peso de los hombros, hasta el aire que respiraba le sabía diferente. 7:00 am marcaba el reloj al despertar, extraño, pues siempre se despertaba rayado para llegar a tiempo al trabajo. Tomó un baño, calmado, disfrutando el agua caliente recorrerle el cuerpo. Pudo beber tranquilo su café, disfrutando cada sabor, hasta tiempo de desayunar le dio. Algo que nunca había podido cambiar en su vida era la impuntualidad, un mal hábito que siempre le acarreaba problemas, el día pintaba para que todo saliera bien. Salió de su apartamento y saludó al portero sin obtener respuesta; con una mueca desencajada, el enclenque anciano le volteó la cara. “Amaneció de luna el viejo gruñón”, pensó. El día se le reglaba hermoso, así que no le dio importancia al incidente, eso no se lo arruinaría.

La mañana le sabía diferente, tenía un “no sé qué” muy agradable. Nunca había tenido el tiempo de apreciar los pequeños detalles, todo era conocido pero nuevo a la vez: los distintos olores de la ciudad, los puestos de comida se mezclaban con los azares de marzo, la primavera regalaba los aromas más increíbles, el trinar de los pájaros y el aire soplar calmo era simplemente increíble.

Inmerso en sus pensamientos y disfrutando todo, se la topó. Su cara extrañamente familiar le sacó un buen susto; viejita, encorvada, vistiendo harapos, pelo cano y el rostro plagado de arrugas como líneas en un mapa, tranquila, poniendo botellas de distintas formas y tamaños en una mesa. Nunca la había visto, pero había algo en ella tan peculiar y tan conocido que le aterrorizó.

Apretó el paso tratando de sacar la imagen de su cabeza, pero esa sonrisa de escasos, amarillos y manchados dientes era difícil de olvidar. Un escalofrío le recorrió de pies a cabeza, arqueándose al punto de casi devolver el estómago, quemándole la garganta y dejando un sabor amargo.

Llegó al edificio donde trabajaba dando los buenos días al guardia de la puerta, pero este no respondió. “Qué raro, hoy todos amanecieron de Luna”, dijo para sí. Subió las escaleras a paso veloz, abrió la puerta de cristal impecable con cuidado, como siempre, y entró. Sintió miradas como cuchillos, acosadoras, se sentía una energía rara y tenía la sensación de que él la provocaba. Un día raro en realidad. Llegó a su cubículo y estaba ocupado por alguien más. “¿Qué chingados?”, dijo en voz baja.

—Disculpa, estás en mi lugar —le dijo al hombre que ocupaba su puesto.

Extrañado, le miró de arriba abajo barriéndolo con la mirada y le ignoró.

—¿No escuchaste? Tengo que trabajar.

—Si sigues molestando, voy a llamar a seguridad —le respondió el hombre, molesto. Extrañado caminó por el pasillo, todo era demasiado raro, cerraba los ojos y solo podía ver la sonrisa chimuela de aquella extraña anciana. Abrió los ojos y se topó con Laura, su colega y amiga del colegio.

—Laura, qué bueno que te veo —le dijo—, no entiendo qué pasa: alguien está en mi cubículo y todos me miran extraño, ¿me corrieron y no supe? —dijo Joel ya desesperado.

—¿Cómo sabes mi nombre? ¿Buscas a alguien? La recepción está en el lobby, si tiene alguna cita con alguien, ahí le pueden informar.

Si esto era una broma, se estaba tornando demasiado pesada. Todo era demasiado confuso, todo empezó a darle vueltas, sudaba frío mientras era escoltado por corpulentos hombres que le invitaron a salir del edificio. Visión borrosa, de nuevo el sabor amargo en su garganta y la sonrisa que cada vez se clavaba más despiadada en su mente mientras se pellizcaba el brazo constantemente para comprobar que lo que pasaba no era un sueño.

Caminaba sin rumbo, no sabía qué hacer, no lograba hilar nada o tener alguna señal de lo que estaba sucediendo, decidió regresar a casa. Andaba cabizbajo y veía el suelo; levantó la mirada, se topó a la dueña de la sonrisa que no pudo sacarse la mayor parte del día. Verla le hizo vomitar, fue demasiada la impresión. Había algo en ella que le asustaba demasiado, trató de evitarla, pero ella le abordó.

—¿Cómo amaneciste?, ¿ya mejor, m’ijo?

Leves temblores empezaron a recorrerlo acompañados de un sudor frío, ¿de dónde le conocía? ¿Quién era ella? ¿Por qué le causaba tanto pavor verla?

—¿Te sirvió el remedio? —insistió la anciana.

Joel se quedó inmóvil, no sabía qué responder. ¿Tenía ella que ver con todo lo sucedido ese día?, ¿qué le había dado y cuándo? No entendía nada, la mente le daba vueltas, estaba aturdido.

—Ayer te veías desesperado y hoy te noto medio atolondrado. No te apures, son efectos del remedio, yo compro y vendo recuerdos, m’ijo, ofrezco soluciones fáciles a los problemas. Tú me das lo que no quieres y a cambio yo te doy la oportunidad una vida mejor, te quito los malos ratos, te arranco lo sinsabores de la vida, el dolor desgarrador, el mal de amores, los traumas de la infancia… todo se puede arreglar sabiendo llegar al precio —le dijo la anciana haciendo un raro movimiento con los dedos.

El corazón acelerado se le quería salir del pecho, le latía tan fuerte que podía jurar que se marcaba en su playera. No pudo emitir ni una palabra durante varios minutos que sintió eternos. Por más que intentaba no podía hilar bien las cosas, ¿en qué momento hizo el supuesto trato? ¿Qué era lo que quería olvidar?, experimentaba una amnesia repentina, una grandísima laguna mental. Sí, recordaba su nombre, sabía dónde vivía, tenía presentes los recuerdos de su infancia y juventud, recordaba dónde trabajaba y varios detalles de cuando llego a la ciudad, pero había imágenes borrosas que le venían a la mente, como sueños que no comprendía.

—Pero, si yo quería olvidar, ¿por qué los demás no me recuerdan?, ¡dígame, señora, qué quería olvidar!

—Son efectos del olvidar. Hasta el más pequeño detalle tiene su por qué, el aleteo de una mariposa, el vuelo acelerado del chupamirto tomando néctar de flor en flor, la nube en el cielo o la niña junto a nosotros que llora por el helado caído y el chamaco en la bici que la tumbó están ligados, sin una cosa no puede haber otra. Por eso la vida es tan bella, tan caótica, rara, hermosa, aún con todo y sus chingaderas, m’ijo. Aquí tengo tu vida anterior, en este frasquito, continuó, habrá alguien que la sepa apreciar, la basura de unos es el tesoro de otros… y te recuerdo que no hay devoluciones, mejor toma este periódico y búscate un trabajo, mañana no recordarás nada, ve a tu casa ahora, que todavía recuerdas, y escribe una nueva historia —finalizó.

Sin más, se fue.

Era cierto que ya la vida no le sabía tan amarga y sus hombros no se sentían tan pesados. En realidad, se había quitado un gran peso de encima y el aire le sabia diferente, pero ¿a qué costo? Continuó caminando experimentando un gran vacío en la cabeza, pero aun más en el corazón.


Fernanda Olguín. Cd. Obregón Sonora, 1982. Comunicóloga. Autora del los libros testimoniales de ayuda Crónicas de los Brazos Vacíos, manual no oficial para aprender a vivir de nuevo (2018) y Mirar al cielo, escritos entre el amor y el dolor (2019). Ha participado con colaboraciones de relato y cuento corto en la revista cultural Meui. Este año sacó su primer libro de cuento corto y relato sobre micromachismo y violencia de género, Femenina lo que se supone debemos ser.

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