Cuento | Nocturnas, por Edgar Francisco Rodríguez

[Texto resultado del Taller de Cuento: julio 2021]

Había soñado esa noche con la tía Lázara. Fue raro, porque ya ni siquiera se acordaba de ella, bastante le había costado olvidarla, huyendo al recuerdo, de ciudad en ciudad desde que había salido del pueblo y ahora de repente se aparecía entre sueños, como cuando de niño se aprontaba a la hora de comida en casa de los abuelos. No le dio importancia al sueño y trató de continuar su día con normalidad; sin embargo, aquel día no tenía nada de normal.

Regresó tarde a casa, había tenido tanto trabajo que incluso el hambre con la que a diario volvía se había tomado un descanso. El sofocante calor de mayo lo hizo abrir las ventanas, luego se tumbó en la cama dejando que el cansancio, que ya lo dominaba, terminara de apoderarse de él y lo entregara al sueño.

La tía Lázara no era el ser más agradable de la familia, para ser exactos, no era un ser agradable. Nadie la invitaba a las fiestas familiares y, en la medida de lo posible, evitaban encontrarse con ella; era fácil que, cuando los niños pequeños se portaban mal, mejoraran su conducta con solo decirles, de forma amenazante, que la tía Lázara se los llevaría. Ella parecía no notar el rechazo o, al menos, parecía no importarle; seguía yendo a las reuniones, vestida estrafalariamente, con sus faldas anchas y largas, sus pañoletas en la cabeza y un montón de colguijes en el cuello. Hablaba, como siempre, de cosas raras y enunciaba perjurios y profecías. Era extraña, lunática y gustaba de ir abrumando a todos diciéndose profeta.

Una tarde de julio, ya casi para oscurecer, cuando Irineo iba de vuelta a casa, una tormenta impidió que pudiera continuar. Estaba cerca de la casa de la tía y, aun cuando jamás había entrado, prefirió acercarse y llegar en lugar de continuar bajo la lluvia que, con fuertes ráfagas, lo empapaba. Tocó la puerta. Aun con el sonido del agua, podía escuchar el tintinear característico de la mujer. Abrió, le dio una mirada rápida de arriba a abajo, extrañada y sin decir nada, le hizo una seña para que se adentrara.

Era una casa normal, no era cierto lo de los cráneos, las velas y las ofrendas que, según se decía, se hallaban por toda la casa; al fondo de la cocina, un fogón ardiendo con unas ollas de las que se desprendía un olor apetecible. No se dio cuenta que la mujer había desaparecido, hasta que reapareció cargando una manta.

—Ten, trata de secarte —dijo sin más.

Irineo obedeció. La mujer se acercó al fogón y sirvió dos tazas, lo invitó a sentarse y le extendió una.

—Gracias, tía —dijo Irineo—. ¿Crees que pase pronto?

—¿La tormenta? En un rato pasa, hemos hecho enojar mucho al tata como pa´ que nos mande tanta agua.

Irineo sonrió. La luz del fogón daba directamente al rostro de la mujer: moreno, con las arrugas surcando la frente y las mejillas, como prueba palpable de que los años pasan. La mirada de la mujer se clavó en la ventana y se persignó de inmediato. Irineo se asustó un poco.

—Anda, que tenemos visita —dijo mientras seguía persignándose—, la muerte aquí anda —agregó mientras se levantaba y apuntaba la mariposa negra que se hallaba pegada a la ventana.

La espantó tres veces diciendo “aquí no es, aquí no es, aquí no es”, pero la mariposa no se inmutó. Siguió ahí, bajo los ojos preocupados de Lázara y los incrédulos pero sorprendidos de Irineo.

—¿Sabes lo que se dice de las mariposas negras? —preguntó Lázara, rompiendo el silencio que ahora ocupaba la casa, pues la tormenta había pasado ya y eras unas cuentas lloviznas las que caían—, que te avisan la muerte —profirió Lázara ante la nula respuesta del sobrino. Y se rió.

Irineo sintió miedo. No el miedo de cuando le decían que la tía se lo iba a llevar, porque ahora estaba con ella; sintió miedo de lo que esa mujer sabía y, por un momento, lo aterrorizó el pensamiento de que todo, todo lo que la tía Lázara había dicho durante los años, fuera cierto.

—Debo irme —dijo sin más.

—Anda muchacho —respondió la mujer —que l’agua ya no moja.

No le dijo a nadie de su encuentro con Lázara y, aunque esa noche estuvo inquieto y no dejaba de pensar en lo que ella había dicho, pronto dejó de darle importancia, sobre todo porque en esos días estaba bastante enfrascado en cosas propias de su edad: el alcohol y el sexo. Sus visitas a la cantina del pueblo se habían hecho frecuentes, y sus encuentros pasionales con Plácida se daban hasta tres veces por semana. La mujer era casada, pero sin importarle, se escurría de su casa para encontrarse con el hombre, siempre en el mismo lugar: una troje vieja, cerca de la casa de Lázara y que, según decían en el pueblo, la loca usaba para sus sacrificios. Sin embargo, Irineo y Plácida sabían que no era cierto, pues nunca habían visto a la mujer cerca de ahí, y vaya que lo visitaban seguido.

El lugar era grande y con un tapanco muy seguro, aunque cualquier espacio era bueno cuando se trataba de enredarse en los brazos de Irineo, aun sabiendo en los graves problemas en los cuales podría ponerlos aquello; poco importaba en esos momentos, cuando se entregaban a su deseo. Llevaban ya algún tiempo en esa situación, y hubieran continuado de la misma manera de no ser porque, una de esas tardes de fortuitos encuentros, cuando ambos llegaban ya al clímax, entre el sudor de sus cuerpos, el olor a pasturas y los incesantes jadeos, Irineo se percató de la presencia de alguien más en la troje.

Interrumpió bruscamente la cadencia corporal que mantenía con la mujer y clavó su vista en una esquina; la mujer, asustada, intentó preguntar qué pasaba, pero se aterrorizó cuando de atrás de unos manojos apareció un chiquillo. Con la poca luz que aún había, pudieron reconocer al hijo de unos empleados del esposo de Plácida. El niño, asustado, quiso decir algo, pero Irineo, sin sobreponerse a la sorpresa y con la furia y el miedo por haber sido descubiertos, reaccionó lanzándose sobre el chiquillo. Todo fue muy rápido. El niño, igual o más asustado que los amantes, intentó bajar de la troje antes de que aquel hombre desnudo lo atrapara. Eran acaso cuatro metros los que separaban el tapanco del suelo; sin embargo, con la poca luz, la rapidez y el miedo, perdió el equilibrio y cayó.

Desde arriba, en los ojos de un hombre atónito y una mujer enfundada en pánico, se reflejó el cuerpo del niño en el suelo, una mancha bajo él comenzaba a crecer. Lo que nadie observó fue la mariposa negra que voló y que estaba en lo alto del tapanco, desde antes incluso que los amantes llegaran, pero ahora tenía otra visita qué hacer.

Regresaron a sus casas, sin el júbilo corporal y con la preocupación, el remordimiento y el asco por lo que acababa de pasar. Al día siguiente se anunciaba en el pueblo la desaparición del chiquillo. Ahí supieron ambos su nombre y ambos se integraron también a las cuadrillas de búsqueda. Pocos días pasaron antes de que dieran con el cuerpo, atado, en el tapanco de la troje de Lázara, posicionado en forma de cruz y cubierto con rastrojos. Tremenda visión se llevaron los buscadores y tremenda historia se empezó a correr: la loca se había cansado ya de sacrificar animales y, en su lugar, había entregado al pequeño Refugio.

Poco tardó en organizarse la gente y, enfurecida, acudió a casa de Lázara. No tocaron la puerta, la derrumbaron. No se detuvieron a mirar la impecable limpieza del hogar, ni se percataron de que no era lo que ellos creían. Frenéticos, fuera de sí, sacaron a la mujer al patio y reclamaron; los padres de Refugio, con el llanto apagado y el odio en la mirada, fulminaron a la mujer mientras los demás lanzaban contra ella las piedras del patio. Irineo, temblando, con el nudo de la culpa asfixiándolo la miró por fin, la mujer ya lo miraba a él. Estaba ensangrentada, las piedras habían hecho lo suyo. No oponía resistencia, ni respondía nada ante los ataques y, como si con aquello admitiera su culpa, renovaba el frenesí de la muchedumbre.

Irineo despertó sobresaltado, estaba sudando, no supo qué hora era, iba a ver el reloj; sin embargo, quedó paralizado cuando volteó a la ventana y observó la pequeña mariposa negra. Tragó saliva pidiendo, a quien fuera que escuchara pensamientos y tuviera el poder, que aquello fuera un sueño, pero no… Fijó más su atención y se percató que todo, todo en aquel espacio, estaba cubierto de mariposas, pequeñas mariposas negras que le daban forma a las cosas: las paredes, los cuadros, los muebles. Se miró a sí mismo y se dio cuenta de que su cuerpo también se formaba de ellas. Centenares de mariposillas nocturnas revoloteaban mientras hacían sonar con sus alas el tintineo de los collares de la tía Lázara.


Edgar Francisco Rodríguez Díaz. Guadalupe y Calvo, Chihuahua, 1998. Ha participado en concursos de creación literaria como poesía y cuento, en éste destacando en “Cuentos para Don Quijote” y “Voces del Quijote”. Ha sido líder para la educación comunitaria, asistente educativo en el Consejo Nacional de Fomento Educativo y actualmente estudia la licenciatura en psicología en el Instituto de Investigaciones Sociales de Chihuahua, en Hidalgo del Parral.

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