Cuento | Visión de túnel, por J. J. Samaniego

[Texto resultado del Taller de Cuento: julio 2021]

Un acto violento es siempre traumático. Tan pronto como ocurre causa una cicatriz en nuestra psique que comienza a infectar y a desordenar todo. Nuestra mente se defiende ocultando o modificando lo que nos puede lastimar. El trauma, convierte una sencilla sucesión de hechos en una narración compleja con imágenes inconexas, un laberinto.

—¿Por qué lo dice? —me preguntó el hombre de gabardina y sombrero que estaba a mi lado.

No lo conocía, pero estaba de este lado del perímetro, así que debía ser uno de los nuestros, de otra delegación seguro. Cuando había un oficial caído todo el que estuviera libre y en la zona era asignado a la escena del crimen, la jurisdicción quedaba para después. Al otro lado de la cinta perimetral, las luces de las patrullas se fragmentaban en los reflejos del pavimento mojado por la llovizna. La mañana gris permitía percibir los flashazos de los reporteros, cazando la imagen de los cadáveres embolsados mientras los subían a la ambulancia forense.

—Los testigos —le contesté, mientras señalaba a mi compañero que estaba interrogando al jardinero—. Ese de ahí es el testigo principal, estaba trabajando atrás en el jardín cuando ocurrió todo. Escuchó voces discutiendo; luego, balazos. Mira cómo le tiemblan las manos, no es capaz de recordar cuántos disparos escuchó ni cuántas personas discutían. Eso es el trauma. Por eso, la mayoría de las veces, las declaraciones de testigos o víctimas de un crimen no son confiables: la sensación de peligro y el intenso estrés que experimentan provocan que la mente se paralice, hasta la vista se puede nublar dejando solo un campo de visión limitado, como estar dentro de un túnel y únicamente poder ver la luz al final de él.

—Lo llaman efecto visión en túnel. —me dijo el hombre de la gabardina, yo asentí—. ¿Podrías darme un recorrido por la escena del crimen? —No le vi inconveniente, encogí los hombros y nos dirigimos a la entrada de la casa.

—El atacante entró por la puerta principal, no hay signos de que haya sido forzada —comencé explicándole—, eso nos confirma que tenía llave. Y seguramente entró con prisa, porque dejó la puerta abierta. En el resto de la casa no hay mucho de interés, la habitación principal es donde sucedió todo, vamos.

La habitación tenía aún el sabor a cobre que deja la sangre en el aire. El rojo que teñía la cama se desparramaba desde el centro del colchón hacia el lado derecho hasta derramarse por la orilla y formar un pequeño charco en el suelo. Una segunda marca de sangre en el piso se ubicaba unos dos metros frente a la cama, rodeada por una cinta que indicaba el espacio antes ocupado por un cuerpo.

—La teoría del crimen es muy sencilla —seguí explicándole—: el esposo entra a la casa, se apresura hasta la habitación principal, sorprende a su esposa en la cama, discuten, él debía ya venir armado, le pega dos tiros a Martha, su cuerpo queda inerte en el lado derecho de la cama; luego, arrepentido, él decide matarse aquí frente a la cama. Caso cerrado.

El hombre de la gabardina me miró extrañado, examinándome. Sus ojos —no había puesto atención en ellos antes— eran de un color indeterminado, como borrados.

—Algo no encaja, ¿no crees? —me preguntó. Yo también lo sentía. No sabía qué era exactamente, pero sí, faltaban piezas.

—¿Algo como qué? —le repliqué.

—En primer lugar, no me trago eso del arrepentimiento, que se haya suicidado.

—No sería la primera vez.

—Cierto, pero, entonces, ¿de qué iba la discusión? Quiero decir: el esposo entra apresurado, aparentemente ya viene armado. Parece que hubiera regresado a casa por una razón específica, tú mismo dijiste que había sorprendido a la esposa. ¿Sorprenderla cómo? ¿A qué te referías?

—No sé —contesté. Aquel hombre estaba haciendo muchas preguntas. Muy válidas, de acuerdo, pero me estaban provocando un tremendo dolor de cabeza.

—Tal vez no se suicidó. Tal vez ella también estaba armada y se mataron mutuamente.

—Eso es ridículo. ¿De dónde sacaría Martha un arma? —le dije. Otra vez sentí los ojos penetrantes del hombre de la gabardina y mi jaqueca se intensificó.

—¿Conocías a la víctima? —Su pregunta me provocó una terrible punzada detrás del ojo derecho.

—Esta es la segunda vez que la llamas Martha. ¿La conocías?

¿Cómo demonios iba a conocerla?, dije o pensé, no estoy seguro. La habitación parecía oprimirme el cráneo, algo andaba realmente mal.

—¿Es esta una foto de Martha? —Escuché la pregunta del hombre de la gabardina como si llegara de muy lejos. Me señalaba un portarretratos sobre el tocador.

Me pedía que viera esa foto, yo tenía miedo de hacerlo, pero algo en mí necesitaba saber. Miré la foto. En ella aparecían las dos víctimas, él y ella, abrazados, sonriendo, era una foto antigua, de cuando eran un matrimonio feliz. Eso no impidió que reconociera el rostro de Martha, el rostro que mis manos habían recorrido tanto. Sí, la conocía. Imágenes de su cuerpo desnudo enlazado al mío empezaron a taladrarme la cabeza, habíamos cenado juntos, reído, paseado por el parque. Habíamos hecho el amor en mi casa, en hoteles, en esta habitación…

—¿Cuántos cuerpos dices que se llevaron los forenses?

Quise responder que dos, pero la imagen de los cuerpos siendo trasladados apareció como una aguja en mi cabeza. ¿Cuántos eran? No podía recordarlo, me dolía intentarlo.

Solo quiero que todo esto termine, pensé y, como si aquel ser de la gabardina me hubiera escuchado, dijo:

—Ya, tranquilo. Ya vamos llegando. ¿Sabes?, creo que tienes razón en algo. ¿De dónde sacaría Martha un arma? Tal vez había una tercera persona en el cuarto. Tal vez eso era lo que el esposo esperaba encontrar, quería sorprender a Martha con su amante, por eso venía armado. —¿Cuántos cadáveres eran, coño?, ¿por qué no podía recordarlo?—. Tal vez el amante también estaba armado y, cuando vio entrar al esposo furioso, se apuntaron uno al otro, discutieron hasta que uno de ellos jaló el gatillo, el otro respondió y los tres terminaron muertos. La única cuestión sería: ¿por qué el amante de Martha tendría también un arma?

—Quizá era policía —contesté con un nudo en la garganta y llorando.

—¿Como tú? —Solo pude asentir.

—¿Por qué no miras del lado izquierdo de la cama?

¿Tengo que hacerlo?, pensé.

—Creo que necesitas hacerlo —dijo él.

Avancé tembloroso hasta el otro lado de la cama para confirmar lo que ya sabía, ahí estaba la tercera mancha de sangre, el espacio marcado del tercer cuerpo.

Mi mente comenzó a flotar. El recuerdo de mi cuerpo se esfumó; la habitación comenzó a nublarse a mi alrededor. Lo único que podía ver era una luz al final de un túnel. Ya no veía al hombre de la gabardina, pero seguía escuchando su voz mientras nos internábamos en el túnel.

Todo va a estar bien —me decía—. Un acto violento es siempre traumático. Tan pronto como ocurre causa una cicatriz en nuestra psique que comienza a infectar y a desordenar todo. Nuestra mente se defiende ocultando o modificando lo que nos puede lastimar. El trauma, convierte una sencilla sucesión de hechos en una narración compleja con imágenes inconexas, un laberinto.


Job de Jesús Valdés Samaniego. Nacido en Monterrey, Nuevo León, México. Comunicólogo. Inició su carrera profesional como editor de video para la televisora local: Multimedios, donde más tarde se desempeñó también como productor. Migró a TV Azteca Noreste para trabajar como guionista. Posteriormente, decidió abandonar el medio televisivo para dedicarse a una de sus pasiones: la docencia. En la Universidad del Valle de México impartió clases de producción y postproducción de video, apreciación cinematográfica, filosofía, narrativa literaria, entre otras. En esa Universidad ocupó el puesto de coordinador académico de la licenciatura en comunicación. Actualmente trabaja en el Tec de Monterrey en el equipo de innovación educativa y persigue su otra gran pasión: ser escritor.

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